En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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5 La Caza Inesperada y el Secreto en el Bosque
El sol asomó por el horizonte, tiñiendo el cielo de naranjas y púrpuras. Aún me dolía el cuerpo por la refriega nocturna, pero la disciplina forjada en mi vida anterior no entendía de lamentos. Como de costumbre, me levanté temprano, esta vez no para cazar, sino para mi tarea matutina de cortar leña. Decidí llevarme a los trillizos, pensando que el aire fresco del bosque les haría bien y así los mantendría alejados de cualquier curiosidad indiscreta en la casa. Sus risas inocentes eran el único bálsamo que calmaba mi alma revuelta.
Mientras nos adentrábamos en la espesura, ajenos a nuestros movimientos, el General Feng Shang salía a la luz del día, solo para ser interceptado por una figura silenciosa. Un hombre vestido con las sobrias ropas de un sirviente imperial apareció ante él, inclinándose con una deferencia que rayaba en la sumisión.
"Su Alteza," comenzó el sirviente, su voz apenas un susurro que el viento casi se llevaba. "Hemos investigado como ordenó. No hay rastro de ninguna mujer con las características que mencionó en los alrededores. Es como si se la hubiera tragado la tierra... o como si fuera un fantasma."
La mandíbula del General se tensó, sus ojos de hielo lanzando dagas al sirviente. "Esto no puede ser. ¡Anoche había una mujer! ¡Y no una cualquiera! Era hermosa, unos labios carnosos y naturales que parecían pétalos de rosa, un cabello negro largo hasta las rodillas que se movía como una cascada de ébano. ¡Parecía una deidad salida de un sueño, pero luchó con un látigo como un demonio! ¡Una ferocidad inaudita! ¡Jamás había visto una mujer así! ¿Cómo es posible que no la encuentren? ¿Han revisado cada cabaña, cada roca, cada arbusto de moras? ¿O es que mis hombres han decidido volverse ciegos de la noche a la mañana?" El sirviente encogió los hombros, visiblemente nervioso. "Y en cuanto a mi petición de ayer, ya sabes que yo, el Rey del Norte, oculto mi identidad bajo la apariencia del General Feng Shang. Para todos, el Rey está desaparecido, pero todo este tiempo he estado más cerca de lo que piensan, observando a mis ministros holgazanes y a mis generales inútiles. Desde niño siempre usé una máscara como Rey, porque todos creyeron que el rey del Norte había crecido en ese sitio, cuando en realidad creé una doble identidad. Nací de una concubina misteriosa que en realidad era la hija perdida de la familia Feng. Mi madre siempre me hizo llegar una máscara. Sobreviví a un incendio de niño y todos creen que mi rostro quedó quemado, por eso todos creen que el Rey del Norte tiene la cara desfigurada. Continúa investigando y encuentra a esa mujer. Y esta vez, no vuelvas con excusas tan... transparentes. También investiga a ese mocoso, Huang Yi, que ocupará el puesto de vicegeneral. Quiero saber dónde aprendió esas habilidades marciales tan impresionantes. Y hay que mantener oculto que los tres trillizos del príncipe heredero en realidad no murieron en la masacre; están con vida y los he hecho pasar por mis hijos. ¡No quiero que se repita la incompetencia de ayer!"
"Como usted ordene, Su Alteza," respondió el sirviente, inclinándose con una velocidad que sugería el deseo de desaparecer antes de ser convertido en polvo.
Mientras tanto, en lo profundo del bosque, los trillizos jugaban, correteando alrededor de los árboles mientras yo partía la leña. Sus risas eran el único sonido en el aire, pero de repente, la atmósfera cambió. El canto de los pájaros cesó, y un silencio opresivo se apoderó del lugar. De entre la espesura emergieron figuras imponentes. Un general bárbaro, un gigante de más de dos metros de altura y un cuerpo macizo como un roble viejo, apareció con varios de sus hombres. Sus armaduras eran toscas pero amenazantes, y sus rostros estaban curtidos por el sol y la batalla, con una expresión de codicia que no auguraba nada bueno. Era evidente que llevaban tiempo buscándonos; su mirada depredadora se posó en los niños con una lascivia repulsiva.
"Vaya, vaya," gruñó el general bárbaro, su voz un trueno grave que hizo eco entre los árboles. Sus ojos recorrieron mi figura con una expresión que me dio náuseas. "Un mocoso y estos niños. Tú tienes un rostro delicado y femenino, como una flor de invernadero en medio del bosque. Te ves bien. Podemos usarte como un esclavo sexual. Y a los pequeños, los venderemos al mejor postor. ¡Un día de suerte!"
La sangre se me heló en las venas. Mi corazón dio un vuelco. Aquella era la peor de mis pesadillas, una realidad que había esperado evitar. "¡Sobre mi cadáver, saco de carne inútil! ¡No van a lastimar a los pequeños!" Grité, mi voz cargada de una furia helada que competía con el gélido amanecer. —Que se atrevan a subestimarme por mi apariencia. Que se atrevan a creer que una mujer es solo un objeto. La verdadera fuerza reside en la voluntad de proteger, y esa es una fuerza que ellos jamás comprenderán.—
Los hombres del general bárbaro se abalanzaron sobre mí. Eran extremadamente fuertes y feroces, pero también lentos y torpes en comparación con mis movimientos, como bueyes intentando atrapar a una mariposa. Saqué mi látigo de mi espacio dimensional con un chasquido. El cuero se desenrolló en el aire, siseando como una serpiente enfurecida. Empecé a luchar con una ferocidad salvaje, mis movimientos ágiles y precisos. El látigo danzaba, envolviendo los brazos y las piernas de mis atacantes, desgarrando su ropa y piel con cada impacto. Cada golpe era un sonido seco que derribaba a mis enemigos, dejándolos gimiendo en el suelo. Mis patadas voladoras golpeaban sus rostros y pechos con fuerza, y mis puños impactaban en sus puntos débiles como si fueran golpes de martillo. Uno tras otro, cayeron, desarmados o inconscientes. Los eliminé con una crueldad necesaria, sin vacilar, mis ojos fijos en la protección de los niños, que se habían escondido tras un árbol, aterrados pero silenciosos, sus pequeños cuerpos temblorosos.
Entonces, el general bárbaro se lanzó sobre mí. Era una montaña de músculo, su fuerza bruta abrumadora. Medía unos 2.20 metros, y mis patadas y golpes, aunque precisos, apenas parecían hacerle mella. Era como golpear una pared de piedra que se reía de mis esfuerzos. Logró agarrarme del cabello con una mano gigantesca que parecía una garra y me lanzó contra un árbol. El impacto me dejó sin aliento por un segundo, pero logré aterrizar con un giro, evitando un golpe más grave. Inmediatamente, se abalanzó con una patada brutal que, por suerte, logré esquivar por poco, el viento de su bota acariciando mi mejilla.
"Vaya, vaya," dijo con una sonrisa cruel y una astucia inesperada en sus ojos. "Tal y como lo sospeché. Eres demasiado ágil para ser un simple mocoso de pueblo. Tu cuerpo delicado y fino... ¿Por qué una mujer se disfraza de hombre? ¡Qué desperdicio de curvas!"
Mi corazón se detuvo. El secreto. Mi peor pesadilla se había hecho realidad, confirmada por un bárbaro con intenciones nefastas. En ese momento, entendí que no podía quedar con vida. Él, o mi secreto, moriría aquí. Y no sería mi secreto.
La lucha entre nosotros se intensificó. Era la primera vez que un oponente me daba tanto trabajo desde mi vida pasada, un desafío que me recordaba la emoción de las arenas de esgrima, pero con consecuencias mucho más mortales. Cada golpe suyo era un mazo que intentaba aplastarme, y cada uno de los míos era un dardo que buscaba una grieta en su armadura, un punto débil en su montaña de carne. El látigo era inútil contra su piel curtida y su armadura, así que me vi obligada a usar mis artes marciales cuerpo a cuerpo. Era una danza brutal de supervivencia, donde cada paso, cada bloqueo, era la diferencia entre la vida y una muerte horrible. Esquivé un puñetazo que habría partido una roca, giré y le lancé una ráfaga de patadas en el estómago, pero él apenas se inmutó, como si le hiciera cosquillas. Su fuerza era monstruosa, pero su intelecto no lo era tanto.
"¡Inútil!" grité, mi voz resonando con una furia implacable, mientras esquivaba un golpe que habría roto mi cráneo. "¡Crees que el poder reside solo en el tamaño y la brutalidad! ¡Pero estás equivocado! La verdadera fuerza es adaptabilidad, ingenio, y la convicción de una mujer que se niega a ser doblegada!" —Que escuche mis palabras, que sepa que no soy una presa, sino una cazadora. Que comprenda que la mente femenina es tan aguda como cualquier espada y más peligrosa que cualquier bestia.—
Me lancé, no contra su fuerza bruta, sino contra sus puntos ciegos, sus momentos de duda. Sus puños gigantes pasaban a centímetros de mi cabeza, creando ráfagas de viento, pero mis movimientos eran más rápidos, más elusivos. Golpeé sus articulaciones, sus codos, sus rodillas, donde la armadura era más débil o su cuerpo más vulnerable. Cada impacto era un pequeño terremoto en su mole. Él bramó de frustración, su rostro cubierto de sudor y furia.