Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 8
Sara
El murmullo ensordecedor de la fiesta pareció desvanecerse en el fondo en cuanto la silueta masiva de Jhon volvió a aparecer entre la multitud.
Venía guardando su teléfono en el bolsillo de los vaqueros, con el ceño fruncido y una expresión de fastidio que se borró por completo en el instante en que sus ojos grises se cruzaron con los míos. Al notar la distancia inusual a la que se encontraba Carter, quien ahora se alejaba hacia la barra con el rostro pálido y la mandíbula apretada, Jhon aceleró el paso.
—¿Pasó algo? —preguntó Jhon de inmediato, deteniéndose a escasos centímetros de mi sofá VIP. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando cualquier rastro de pánico—. Vi a Carter cerca de aquí.
—No pasó nada que no pudiera resolver con un par de variables estadísticas, Jhon —respondí, forzando una sonrisa ligera mientras dejaba mi vaso sobre la mesa de centro—. Digamos que le recordé que las matemáticas también sirven para calcular el precio de romper las reglas.
Jhon soltó una exhalación pesada, y la tensión de sus hombros se relajó notablemente. Una pequeña sonrisa, casi de orgullo, tiró de la comisura de sus labios.
—Eres increíble, Miller —murmuró, usando mi apellido por pura inercia, aunque su tono ya no tenía nada de la distancia del primer día.
Antes de que pudiera responder, los pesados ritmos de la música electrónica que hacían vibrar el suelo cambiaron de golpe. Las luces estroboscópicas de colores disminuyeron su intensidad, bañando el salón principal de la fraternidad en tonos azules y púrpuras mucho más suaves, mientras los acordes melódicos y lentos de una balada de piano comenzaban a flotar sobre la multitud. Los estudiantes en la pista dejaron de saltar, buscando a sus parejas.
Miré hacia la salida trasera, sintiendo que el ambiente se volvía demasiado denso para mí, pero Jhon se adelantó a mis pensamientos. Dio un paso decisivo, bloqueando mi ruta de escape, y me extendió la mano derecha, esa que aún lucía los nudillos ligeramente inflamados por la pelea de la tarde.
—Solo es una canción, Sara —dijo Jhon, mirándome fijamente—. Sígueme el ritmo. Es exactamente igual a calcular una curva en el eje Y. No pienses en la gente.
—Esto no tiene nada que ver con matemáticas, Jhon —protesté en un susurro, sintiendo que las mejillas me ardían—. Todo el mundo nos está mirando otra vez. Las nerds de la facultad de ciencias no bailamos en las fiestas de campeonato de hockey. No está en nuestro diseño.
—A la mierda el diseño —respondió él, con una voz profunda que me erizó la piel.
Sin darme tiempo a retroceder, sus dedos largos y cálidos envolvieron los míos. Su agarre era firme pero asombrosamente delicado, cuidando de no lastimarme.
Me guió con suavidad hacia el centro de la pista improvisada de la fraternidad.
La multitud de atletas y animadoras pareció abrirse paso instintivamente a nuestro alrededor, dejando un espacio libre para el capitán de los Gophers.
Cuando nos detuvimos, el mundo entero pareció encogerse hasta quedar reducido al espacio entre nosotros dos. Jhon dio un paso más, rompiendo la barrera de la distancia física que con tanto recelo habíamos protegido durante nuestras dos semanas en la biblioteca. Sentí el calor inmenso que desprendía su cuerpo antes de que su mano derecha se posara con cuidado en mi cintura. Sus dedos se amoldaron a la tela de mi vestido negro, ejerciendo una presión suave pero posesiva que me obligó a dar un paso al frente.
Apoyé mi mano izquierda en su hombro, sintiendo los músculos tensos bajo su camiseta negra. La diferencia de tamaño entre los dos era ridícula; mi cabeza apenas alcanzaba el nivel de su pecho, lo que me obligaba a inclinar la barbilla hacia arriba para poder sostenerle la mirada.
Jhon comenzó a moverse al ritmo pausado de la música, y yo me dejé llevar, descubriendo con sorpresa que el chico de oro del hockey poseía una gracia natural que iba mucho más allá de la pista de hielo.
—Lo estás haciendo perfecto, genio —susurró Jhon, inclinando la cabeza hacia mí. Su aliento con aroma a menta rozó mi frente, haciéndome temblar levemente.
—Es solo un patrón de dos tiempos, Jhon. Cualquiera puede seguir una secuencia binaria —respondí, intentando usar mi lógica para ocultar el hecho de que mi corazón estaba golpeando mis costillas con una fuerza salvaje.
Jhon soltó una risa baja, un sonido vibrante que sentí directamente contra mi pecho debido a la cercanía. Me pegó un poco más a él, de tal forma que mi rostro quedó a escasos centímetros de su cuello. Pude oler el aroma limpio de su jabón mezclado con la adrenalina del partido. Mis ojos se fijaron en la pequeña cicatriz que cruzaba el puente de su nariz. En ese momento, rodeada por sus brazos, el miedo constante que había cargado en la espalda desde mi salida de Boston se disipó por completo. Me sentía segura.
Me sentía protegida por el mismo depredador al que todos en el campus temían contradecir.
Detrás de mis gafas de marco negro, mis ojos se encontraron con los suyos. La tormenta gris de su mirada estaba cargada de algo denso, una devoción silenciosa que no lograba catalogar en ninguna de mis fórmulas conocidas. Jhon me miraba como si yo fuera la única variable que importaba en toda la habitación, como si el campeonato y los cazatalentos de la NHL que lo esperaban afuera no significaran nada en comparación con este segundo exacto en la pista.
Nos mecimos en silencio durante lo que parecieron horas, atrapados en una burbuja de intimidad que desafiaba todo el caos de la casa de la fraternidad. Estaba a punto de apoyar la cabeza en su hombro, rindiéndome por completo a la calidez de su abrazo, cuando una voz madura y carrasposa rompió el hechizo a nuestras espaldas.
—Vaya, señor King. Veo que su rendimiento académico realmente floreció gracias a la excelente guía de la señorita Miller.
Nos detuvimos en seco. Jhon soltó mi cintura con una rapidez que me hizo extrañar el calor de su mano casi de inmediato. Nos giramos para encontrarnos con el profesor Henderson, el mismísimo docente de cálculo multivariable de la universidad, quien sostenía una taza de café caliente y nos observaba por encima de sus lentes de lectura con una sonrisa sumamente astuta.
—Profesor Henderson —atinó a decir Jhon, y fui testigo de un evento histórico: el gran capitán de los Gophers sentía cómo el color subía por todo su cuello hasta teñir sus mejillas de un rojo intenso por la vergüenza. Se rascó la nuca, desviando la mirada hacia el suelo—. No esperaba verlo en una fiesta de la fraternidad.
—Los miembros del consejo académico también celebramos las victorias deportivas de la institución, señor King —respondió el profesor, balanceando su taza con ironía—. Aunque debo admitir que cuando entró a mi oficina el primer día del semestre exigiendo cambiar a su tutor asignado específicamente por la señorita Miller, dudé mucho de sus verdaderas intenciones matemáticas. Ahora que los veo aquí, todo tiene un sentido geométrico mucho más claro. El interés por las variables abstractas siempre es más fuerte cuando hay una motivación personal detrás. Buenas noches a ambos.
El profesor Henderson se dio la vuelta con parsimonia, perdiéndose entre el mar de estudiantes y dejándonos sumergidos en un silencio de hielo. Mi mente matemática comenzó a procesar las palabras del docente a una velocidad alarmante, ordenando los datos cronológicos de las últimas semanas.
«Exigiendo cambiar a su tutor asignado específicamente por la señorita Miller».
Eso significaba que Jhon me había elegido a mí mucho antes de nuestro encuentro en el pasillo.
Mucho antes de verme borrar el tablero de ciencias.
Las piezas de mi realidad colapsaron y una inmensa confusión me invadió por completo mientras miraba a Jhon, quien seguía parado frente a mí sin atreverse a sostenerme la mirada.