La escuela está en pánico, en el pueblo pasan cosas extrañas, los padres ya no dejan salir a sus hijos, algunos murmuran sobre un animal raro, ¿un perro grande, o algo más?, nadie se atreve a decirlo en voz alta.
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Zack desaparecido
Narrador
Caroline corrió hasta la carpa, buscó su celular y llamó a su padre.
Le temblaban las manos, tenía tierra en las rodillas, los labios todavía rojos de Luke. El olor a sangre de Zack pegado en la nariz.
—Papá —dijo cuando contestó al segundo tono.
Oliver estaba en la oficina. Revisando algunos casos no resueltos.
—¿Caroline? —dijo y sonrió— ¿cómo va el campamento hija? ¿Ya te llevas mejor con Zack?
No pudo contestar eso. Se le quebró la voz.
—Papá —dijo— ven a buscarme, ahora. Por favor.
Oliver dejó el lapicero. Se puso de pie.
—¿Qué pasó? —preguntó— ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?
Quiso decirle, Lobos, sangre, Luke, Zack. Pero solo le salió un sollozo.
—No puedo explicarte —dijo— solo ven. Por favor, tengo miedo.
Del otro lado hubo silencio. Oliver conocía esa voz. La oyó cuando la perdió a los seis años en el supermercado. Totalmente fuera de sí.
—Voy para allá —dijo ya agarrando las llaves— No te muevas del campamento. No hables con nadie. Llego en dos horas.
Colgó. Ella quedó agarrando el saco de dormir mirando hacia el bosque, cada sombra podía ser Luke. Cada ruido podía ser Zack cojeando herido.
Dos horas después. Entrada del campamento.
La camioneta de Oliver levantó polvo. Se bajó antes de apagar el motor, Angi venía con él.
La buscaron carpa por carpa, hasta que la encontró sola, abrazando sus rodillas.
—Caroline —dijo Oliver.
La levantó del suelo. Le revisó la cara. Los brazos. Buscando golpes. Buscando marcas.
—¿Qué te pasó? —dijo— ¿quién te hizo algo? Dime y lo mato.
Ella negó con la cabeza. No podía mirarlo. Porque si lo miraba delataba a Zack.
____¿Dónde está Zack? ___ Preguntó Angi mirando alrededor del bosque.
Caroline
El nombre me quemó. Zack. Sangrando en el bosque. Alejándose para no asustarme.
—No lo sé —mentí— no lo vi.
Papá apretó la mandíbula. Miró al profe Harry que venía corriendo.
—Mi hija se va —dijo sin explicación— si le pasó algo en su campamento lo hago responsable.
No esperó respuesta. Me subió a la camioneta. Angi se sentó atrás conmigo abrazándome. Papá arrancó.
En el camino no hablé. Miraba por la ventana. El bosque quedaba atrás. Y con él dos lobos heridos.
Papá me miraba por el retrovisor. No preguntó más. Solo manejaba. Pero yo sentía, su miedo, su rabia. Su necesidad de matar a quien me puso así.
Narrador.
La camioneta de Oliver se detiene frente a la casa y Caroline no espera a que apague el motor. Abre la puerta y corre adentro sin mirar atrás. Angi grita su nombre. Oliver dice algo. Ella no escucha. Solo sube las escaleras de dos en dos y se encierra en su cuarto.
Azota la puerta. Pasa el seguro dos veces. Se sienta en el suelo, contra la madera, abrazando sus rodillas. Está temblando. Está asustada.
Oliver sube detrás de ella. Golpea.
—Caroline —dice— abre la puerta. Tenemos que hablar.
No hay respuesta. Solo silencio del otro lado.
—Hija —insiste— dime qué pasó en ese campamento. Estabas mal. Algo te hicieron.
Caroline no contesta. Cierra los ojos y aprieta los dientes. Angi llega y pone la mano en el brazo de Oliver.
—Déjala —dice con la voz rota— está asustada. Déjala que se calme.
—Tiene que hablar, Angi —contesta él— mi hija no llega así por nada.
Tres días después.....
En la cocina, el teléfono no para de sonar. Es Angi marcándole a Zack una y otra vez desde que volvieron del campamento. Oliver camina de un lado a otro, esperando.
—Buzón otra vez —dice Oliver con la mandíbula tensa— lleva tres días así.
Angi se cubre la boca para no llorar.
—Tal vez se quedó sin batería —dice— tal vez está enojado con nosotros y no quiere hablar.
Oliver niega. Saca su celular y marca también. Nada. Apagado.
—Sus amigos me están mintiendo —dice— Diego dice que está bien pero no me dice dónde está y Cool me cuelga cuando pregunto.
Angi vuelve a marcar. Solo se escucha el tono y luego el buzón. Se deja caer en una silla y esconde el rostro entre las manos.
—Es mi hijo, Oliver —susurra— mi hijo no me hace esto a menos que algo malo le haya pasado.
Oliver aprieta los puños. Toma las llaves de la camioneta.
—Voy a la estación —dice— voy a rastrear su celular aunque esté apagado. Voy a hablar con Eitan. Voy a ir a su casa si es necesario.
La puerta se abre y se cierra. El motor arranca. Angi se queda sola en la cocina, con el teléfono en la mano, marcando un número que no contesta.
Arriba, Caroline sigue metida en su cuarto. Los escucha, cada palabra, cada intento, cada fracaso. Sabe por qué Zack no contesta. Sabe por qué su celular está apagado. Y la culpa le aplasta el pecho mientras abraza sus rodillas en la oscuridad.
La casa queda en silencio después de que Oliver se va a la estación, y solo se escucha el reloj de la cocina junto con los sollozos de Angi.
Angi lleva tres horas sentada en la mesa, con el teléfono en la mano, marcando el número de Zack una y otra vez. Buzón, marca otra vez, buzón. Tira el teléfono contra la mesa y se tapa la cara con las manos.
Arriba, Caroline no se mueve. Sigue metida en la cama, abrazando sus rodillas, escuchando cada intento, cada llanto ahogado de Angi, cada maldición que suelta cuando el buzón vuelve a sonar.
Pasa una hora más. Angi ya no llora, ahora está quieta, mirando la escalera con los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa. De repente, se levanta y la silla cae al piso con un golpe seco.
Sube las escaleras sin hacer ruido y se para frente a la puerta de Caroline. Golpea una vez, fuerte.
—Caroline —dice— abre la puerta ahora mismo.
No hay respuesta. Caroline se tensa del otro lado y aguanta la respiración.
—Caro —la voz de Angi se rompe— no me hagas esto, no después de todo, no cuando tu hermano no aparece.
____ No es mi hermano___ Susurra Caroline para ella misma.
Sigue sin contestar. Angi golpea de nuevo, más fuerte esta vez.
—Sé que estás ahí —dice— te escucho respirar. Abre la maldita puerta o la tiro abajo.
El silencio dura dos segundos. Angi ya no tiene paciencia, gira la perilla con fuerza. La puerta está cerrada con seguro, pero Angi empuja con el hombro una vez, dos veces, y a la tercera, la madera cruje y el seguro cede.
La puerta se abre de golpe. Caroline se queda mirando a Angi con los ojos abiertos de terror.
Angi entra, cierra la puerta detrás de ella. Se ve diferente, no es la Angi dulce que cocina y abraza. Tiene la mandíbula apretada y los ojos rojos de llorar, pero también de furia.
—Ya basta —dice— me vas a decir qué pasó en ese campamento ahora mismo.
Caroline retrocede y se hace chiquita hasta chocar con el respaldo y niega con la cabeza.
—No —susurra— no puedo.
Angi se agacha frente a ella y le agarra los brazos con fuerza.
—Tu hermano está desaparecido —dice— su celular está apagado hace tres días, Oliver está volviendo loco a media ciudad buscándolo, y tú llegas así, te encierras y no hablas. Me vas a decir qué sabes, Caroline.
Caroline tiembla, las lágrimas le bajan sin control. Mira a Angi y quiere gritar la verdad, quiere decirle que Zack es un lobo, que peleó con otro lobo, que sangró por ella, que se fue porque le tuvo miedo. Pero si lo dice, Angi no va a entender, si lo dice, todo se rompe.
—No sé nada —miente y la voz le sale quebrada— de verdad. No sé nada.
Angi aprieta más los brazos de Caroline.
—Me estás mintiendo —dice— soy como tu madre, sé que mientes. Y más te vale hablar ahora, porque si a mi hijo le pasa algo y tú lo sabías, no te lo voy a perdonar nunca.
Caroline baja la mirada. El pecho le duele de tanto aguantar el secreto. Está asustada, está rota, y Angi ya no tiene paciencia.