El amor entra por el estómago y los ojos
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8
Sergei avanzaba por el pasillo privado del club con zancadas largas, su figura cortando el aire con una autoridad gélida. A su alrededor, el mundo de seda y excesos que acababa de abandonar se sentía ahora como una distracción insignificante. Su mente era una máquina táctica funcionando a máxima potencia.
—Revisa todas las cámaras de la propiedad ahora mismo —ordenó Sergei, sin mirar a Igor pero sabiendo que su hermano de armas captaba cada matiz de su urgencia—. Que el equipo táctico cheque el perímetro, cada centímetro, desde los jardines hasta los ductos de ventilación. Quiero saber exactamente qué pasó, cuándo empezó y quién estaba cerca.
Igor, que rara vez mostraba emoción, tenía la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. Estaba igual de preocupado que el Pakhan, o quizás más. En el mundo de la Bratva, ellos eran hombres de hierro, pilares de una estructura de violencia y poder que no se doblaba ante nadie. Pero el Código Rosa era diferente. Ese código era el único punto de quiebre en su armadura, el eje sobre el cual giraba la poca humanidad que les quedaba. Nada podía tocar ese eje. Si el Código Rosa estaba activo, el mundo entero podía arder hasta los cimientos para protegerlo.
En la salida del club, siete camionetas blindadas esperaban con los motores rugiendo, como bestias negras listas para la caza. Sergei e Igor se lanzaron al interior de la principal. El convoy arrancó de inmediato, cortando el aire de la noche y quemando asfalto en una carrera frenética hacia la mansión Románov. Las luces de la ciudad pasaban como borrones de color frente a la ventana, pero Sergei solo veía la oscuridad de sus propios pensamientos.
Mientras tanto, en la imponente mansión que servía de fortaleza al Pakhan, el ambiente era de puro caos contenido. Entre las paredes de mármol y las obras de arte invaluables, una figura pequeña y hermosa, de apenas un metro de altura, rompía el silencio sepulcral de la noche.
Llevaba puesta una pijama de unicornio, con la pequeña capucha de cuerno brillante caída hacia atrás, y no paraba de llorar. Era un llanto desgarrador, de esos que nacen del miedo puro y que ninguna lógica puede consolar. La sirvienta principal la sostenía en brazos, meciéndola con desesperación mientras caminaba de un lado a otro por el gran salón.
—Ya, mi pequeña, ya... Todo está bien, tu papá ya viene —le susurraba la mujer con la voz temblorosa, pero sus palabras morían en el aire.
Nada parecía dar resultado. La niña se retorcía, sus manos pequeñas se cerraban en puños y sus mejillas estaban encendidas por la fiebre y el llanto. Para cualquier extraño, era solo una niña asustada; para los hombres que venían en camino en las camionetas blindadas, esa pequeña pijama de unicornio representaba lo único sagrado en un mundo profano. Ella era el talón de Aquiles del imperio Románov, el secreto mejor guardado y la razón por la que Sergei se había convertido en un monstruo: para que ella nunca tuviera que conocer a uno.
El sonido de los neumáticos derrapando sobre la grava de la entrada anunció la llegada del convoy. Antes de que las camionetas se detuvieran por completo, Sergei ya había abierto la puerta. Entró a la mansión como un huracán de furia y ansiedad, con Igor pisándole los talones, listo para eliminar cualquier amenaza.
Sergei se detuvo en seco al ver a su hija. El hombre que hace media hora estaba a punto de devorar a una mujer y ordenar una ejecución, se desarmó por completo.
—¡Dámela! —exigió, extendiendo sus brazos tatuados y poderosos hacia la pequeña figura en pijama.