Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 22: El refugio del magnate
Susena estaba de pie junto a la puerta forzada de su apartamento, con las manos temblando de tal manera que apenas podía sujetar el asa de su bolso. Su rostro, usualmente radiante, era ahora una máscara de palidez y terror. Tenía la mirada fija en el pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas, lista para salir corriendo hacia la Torre D'Angelo para mendigar, robar o hacer lo que fuera necesario para conseguir esos doscientos mil dólares. En su mente, solo se repetía una frase: "Tengo que salvar a mis hijos, tengo que salvar a Gabriel". Pero justo cuando puso un pie fuera del umbral, una sombra imponente bloqueó la luz del pasillo.
Era Maximiliano. Susena soltó un grito ahogado y retrocedió, pensando por un segundo de puro pánico que los hombres habían regresado. Pero al ver esos ojos oscuros cargados de una furia gélida y una preocupación infinita, sus rodillas finalmente cedieron. Max la sujetó por los hombros antes de que tocara el suelo, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza protectora que la hizo romper en un llanto desgarrador. No hizo falta que ella dijera una sola palabra; Max vio la cerradura destrozada, el desorden en la sala y el aroma del miedo que todavía flotaba en el aire.
—Ya estoy aquí, Susena. Nadie más va a tocarte —susurró él contra su cabello chocolate, su voz vibrando con una rabia que prometía una venganza lenta y segura.
Al escuchar la voz de Maximiliano, los niños, que estaban acurrucados en un rincón de la cocina junto a la tía Martha, salieron corriendo. Mateo, que había intentado ser el hombre de la casa hasta el último segundo, se lanzó contra las piernas de Max, abrazándolo con una fuerza desesperada mientras sollozaba sin control. Valeria y Lucía lo siguieron, aferrándose a su chaqueta de sastre de miles de dólares, mojando la seda con sus lágrimas de terror. Max, el hombre que Nueva York consideraba un tiburón sin sentimientos, se agachó para rodear a los tres niños con sus brazos, permitiendo que ellos descargaran todo su pánico sobre él. En ese momento, para Mateo, Valeria y Lucía, Maximiliano D'Angelo dejó de ser el jefe de su mamá para convertirse en su verdadero héroe.
—Arthur, entra ahora mismo —ordenó Max por su auricular, sin soltar a los niños—. Quiero un perímetro de seguridad total en este edificio. Que nadie entre ni salga sin mi autorización. Y llama a los equipos de limpieza y seguridad privada. Este apartamento queda clausurado.
Maximiliano se puso de pie, todavía sosteniendo a Mateo de la mano. Miró a la tía Martha, que temblaba en un rincón, y luego a Susena, que intentaba recuperar el aliento.
—No vamos a esperar ni un segundo más. Susena, no recojas nada. La ropa se compra, los muebles se reemplazan. Sus vidas no. Nos vamos de aquí ahora mismo —dijo Max con una autoridad que no admitía réplicas.
Salieron del edificio de Astoria escoltados por cuatro hombres de seguridad con armas ocultas bajo sus chaquetas. El barrio, que antes le parecía a Susena un refugio de paz, ahora se sentía como una trampa mortal. Max los guió hasta el Rolls-Royce que esperaba en la acera con el motor encendido. Subieron todos, la tía Martha todavía rezando en voz baja y los niños apretados contra Susena en el lujoso asiento de cuero. Maximiliano se sentó al frente, junto al chofer, con el teléfono en la mano, dando órdenes que Susena apenas alcanzaba a procesar: escoltas permanentes, cambio de seguros, y un mensaje directo al submundo de Nueva York de que la deuda de Julián Sotomayor estaba ahora bajo su jurisdicción personal.
El trayecto hacia Manhattan fue un borrón de luces y sirenas. Cruzaron el puente y el auto se detuvo frente al rascacielos más exclusivo de la Quinta Avenida: el penthouse personal de Maximiliano D'Angelo. Al bajar, los niños miraron hacia arriba, asombrados por la magnitud del edificio. Max los guió a través del lobby privado hasta un ascensor que los llevó directamente al piso sesenta y dos.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, la tía Martha soltó un suspiro de asombro. El penthouse de Max era un palacio de cristal y luz, con vistas panorámicas de todo Central Park y un lujo que cortaba la respiración. Pero lo que más impactó a Susena no fue la opulencia, sino la seguridad que emanaba del lugar. Había cámaras, sensores y personal de seguridad discreto en cada esquina.
—Este es su nuevo hogar —dijo Max, volviéndose hacia ellos—. Hay cinco habitaciones, personal de servicio las veinticuatro horas y una cocina que harás tuya, señora Martha. Aquí, los hombres de Sotomayor no pueden entrar. Aquí, están bajo el apellido D'Angelo.
Susena miró a Maximiliano. El hombre de cincuenta años, el soltero más codiciado que nunca había dejado que nadie pasara una noche en su santuario, acababa de abrir las puertas de su vida entera para ellos. Los niños, agotados por el pánico, empezaron a explorar el inmenso salón con una timidez que Max se encargó de romper llevándolos a ver la sala de cine privada.
A solas por un momento en el ventanal que dominaba Nueva York, Susena se acercó a Max.
—Max, no puedo aceptar esto... es demasiado —susurró ella, aunque su cuerpo todavía temblaba.
Max la tomó por los hombros y la obligó a mirarlo. Sus ojos oscuros ya no tenían rabia, solo una devoción absoluta.
—Susena, el acero de tu alma me ha mantenido en pie estos días, pero hoy, deja que mi acero sea el que te proteja a ti. Ya no eres una mujer sola luchando contra el mundo. Eres mi mujer, y esos niños son mis niños. El penthouse ha estado vacío durante décadas esperando por algo real. Y hoy, finalmente, tiene vida.
Susena se apoyó en su pecho, escuchando el latido firme del corazón de Maximiliano. En ese palacio de cristal en lo alto de Manhattan, la madre de acero finalmente permitió que alguien más llevara el peso de la batalla. Sabía que afuera la tormenta seguía, pero dentro de los brazos de Max, por primera vez en su vida, se sintió verdaderamente a salvo.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.