Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 16
Ya era la hora de ingresar al salón principal.
Durante varios minutos, el heraldo había estado anunciando la llegada de distintas familias nobles.
—Los condes de Ravenshire.
—Los vizcondes de Clairmont.
—La familia ducal de Valcourt.
Los nombres resonaban uno tras otro mientras los invitados ingresaban bajo la mirada atenta del resto de asistentes.
Finalmente llegó nuestro turno.
El heraldo golpeó el suelo con su bastón ceremonial, llamando la atención de todo el salón.
—¡Hace su entrada el honorable Gran Maestro del Gremio de Comerciantes de Occidente, señor Gael Ashford, acompañado de sus herederos, el señor Víctor Ashford y el señor Andrei Ashford!
Las conversaciones se apagaron.
Decenas de cabezas giraron inmediatamente hacia la escalinata.
Muchos de los presentes poseían títulos más antiguos que cualquier organización comercial.
Marqueses.
Condes.
Duques.
Sin embargo, pocos podían presumir la riqueza o la influencia de los Ashford.
Algunos de aquellos nobles dependían directa o indirectamente de los negocios de mi padre.
Y todos lo sabían.
Si Gael Ashford decidía cerrarles las puertas del comercio...
más de una familia vería tambalear su fortuna.
Mientras descendía los escalones junto a mi padre y Víctor, observé las reacciones de los presentes.
Dos personas llamaron particularmente mi atención.
La primera era un hombre de aspecto ligeramente descuidado para tratarse de un evento como aquel.
Al verme, sus ojos se abrieron tanto que parecían a punto de salirse de las órbitas.
La sangre abandonó su rostro.
Palideció de golpe.
Como si hubiera visto un fantasma.
Y considerando lo que él creía haberme hecho...
quizás para él era exactamente eso.
La segunda reacción provenía de una joven noble.
Era hermosa.
Cabello dorado cayendo en elegantes ondas sobre sus hombros.
Piel clara.
Ojos azules.
Sin embargo, el vestido excesivamente adornado que llevaba conseguía eclipsar parte de aquella belleza.
A diferencia del hombre, ella no parecía sorprendida.
Parecía molesta.
No.
Ofendida.
Sus labios se torcieron en una expresión de evidente desagrado apenas nuestras miradas se cruzaron.
No tenía idea de quién era.
Pero estaba bastante seguro de que no le agradaba.
Desvié la mirada.
Apenas acabábamos de llegar.
Y ya tenía identificado a un posible criminal y a una posible enemiga.
Sí.
Aquella noche prometía ser interesante.
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Mientras mi padre comenzaba a recorrer el salón, conversando con un duque aquí y un marqués allá, todos interesados en entablar negocios con él, me acerqué discretamente a su oído.
—Creo que encontré a quien buscamos.
Víctor, que permanecía atento a todo lo que ocurría a nuestro alrededor, me lanzó una rápida mirada.
—Yo también lo vi.
Mi padre siguió sonriendo y conversando como si nada hubiera ocurrido.
—No hagan nada apresurado —murmuró—. Investiguen primero.
Asentimos.
Después de todo, no había nada como los chismes de la alta sociedad para obtener información.
No pasó mucho tiempo antes de que un grupo de jóvenes se acercara a mí.
Todos lucían impecables.
Demasiado impecables.
Vestidos elegantes, sonrisas ensayadas y modales refinados.
Aún me costaba acostumbrarme a que los hombres de este mundo fueran considerados delicados o incluso bonitos sin que nadie pareciera encontrarlo extraño.
—Señorito Ashford, es un placer verlo nuevamente en una reunión social.
El joven que encabezaba el grupo me dedicó una sonrisa amistosa.
—Desde su fiesta de cumpleaños no habíamos vuelto a verlo.
—Así es —añadió una muchacha de cabello castaño.
—Ni siquiera asistió al té organizado por Melissa.
Señaló a una joven rubia que permanecía a su lado.
—Fue una verdadera pena.
La muchacha sonrió con elegancia.
Una sonrisa perfecta.
Quizás demasiado perfecta.
—Todos esperábamos verlo.
Intenté recordar sus rostros.
No reconocí a ninguno.
Lo cual no era exactamente una sorpresa.
—Disculpen mi imprudencia, pero... ¿ustedes son?
El grupo entero quedó en silencio.
La expresión de varios se volvió extraña.
Incluso la sonrisa de la joven rubia vaciló por un instante.
Entonces el muchacho soltó una pequeña risa.
—Veo que los rumores eran ciertos.
Maldición.
Supuse que acababa de confirmar algo que mi familia intentaba mantener en privado.
—Parece que sí —admití—. Mis disculpas.
—No se preocupe.
El joven inclinó ligeramente la cabeza.
—Soy Theodore Beaumont.
El apellido llamó inmediatamente mi atención.
Los anfitriones.
—¿La familia Beaumont?
—La misma.
Sonrió con orgullo.
—Y ella es Melissa Hawthorne.
La rubia realizó una elegante reverencia.
—Es un placer volver a verlo, señorito Ashford.
Volver a verlo.
Otra persona que aparentemente conocía al antiguo Andrei.
—El placer es mío.
Melissa sonrió nuevamente.
Pero por alguna razón sentí cierta frialdad detrás de aquella expresión.
Tal vez era imaginación mía.
O tal vez no.
La conversación continuó de forma ligera.
Preguntas sobre mi supuesto viaje.
Comentarios sobre la fiesta.
Pequeños chismes sobre otros invitados.
Y como esperaba, no tardaron en comenzar a hablar de otras personas.
—¿Escucharon lo de Adrian Montfort? —preguntó uno de los jóvenes.
Mi atención se agudizó de inmediato.
Aunque procuré no demostrarlo.
—¿Qué hizo ahora? —preguntó Melissa con evidente cansancio.
—La pregunta sería qué no hizo.
Varias personas soltaron pequeñas risas.
—¿Otra deuda? —preguntó alguien.
—Otra apuesta —corrigió Theodore.
—Para él es prácticamente lo mismo.
Más risas recorrieron el grupo.
Yo me limité a escuchar.
Porque mientras ellos creían estar compartiendo simples chismes de sociedad...
acababan de confirmar que nuestro hombre estaba presente.
Y que toda la nobleza conocía su pésima reputación.
—Pero el señorito Andrei debe saber más.
La voz de Melissa sonó dulce.
Demasiado dulce.
—Después de todo, en su fiesta de cumpleaños me pareció verlos juntos, ¿no es así, señorito?
Las conversaciones cercanas comenzaron a apagarse poco a poco.
Nadie parecía estar escuchando.
Y al mismo tiempo todos estaban escuchando.
Melissa me observaba fijamente.
Esperando una reacción.
Luego abrió su abanico y ocultó parte de su rostro.
—Oh, qué tonta he sido.
Suspiró con dramatismo.
—Olvidé que el señorito perdió la memoria.
Sus ojos brillaron con diversión.
—Qué conveniente.
Algunas personas soltaron pequeñas risas.
Otras parecieron incómodas.
Yo simplemente la observé.
La joven sostenía mi mirada sin apartarla.
Como si estuviera intentando desafiarme.
O provocarme.
No estaba seguro.
Pero sí sabía algo.
Aquello no parecía un comentario inocente.
—Lo es.
Respondí tranquilamente.
La sonrisa de Melissa vaciló apenas un instante.
—¿Perdón?
—Es conveniente.
Tomé una copa de una bandeja cercana.
—Porque gracias a ello puedo conocer nuevamente a muchas personas.
Levanté la copa ligeramente.
—Y formar nuevas impresiones.
Algunas cejas se elevaron alrededor.
Melissa cerró el abanico con un movimiento seco.
—¿Insinúa algo, señorito Ashford?
—En absoluto.
Sonreí.
—Apenas acabamos de saludarnos.
El ambiente se volvió extraño.
Tenso.
Como si nadie supiera quién acababa de ganar aquella pequeña batalla.
Melissa mantuvo la sonrisa.
Yo mantuve la mía.
Pero mientras la observaba...
una pequeña duda se instaló en mi cabeza.
La joven claramente me desagradaba.
Y parecía que el sentimiento era mutuo.
Sin embargo...
también parecía demasiado interesada en mi presencia.
Demasiado pendiente de mí.
Como si mi regreso hubiese alterado algo que ella esperaba.
No tenía pruebas.
Ni conclusiones.
Solo una sensación.
Y después de todo lo ocurrido...
había aprendido que las sensaciones no eran suficientes.
La señorita Melissa volvió a ocultar su sonrisa tras el abanico, como si nada hubiera pasado. No sabía si era simplemente una joven caprichosa o algo más. Pero mientras la observaba, recordé algo que mi padre solía repetir. La piel clara era sinónimo de belleza y pureza. Aquella noche comencé a sospechar que las personas más peligrosas podían esconderse detrás de la sonrisa más hermosa.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo