Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 3: Jean
La habitación es pequeña, pero está ordenada.
Jean abre los ojos antes de que suene el despertador. Siempre. Es una costumbre de los últimos años, la de despertarse solo, en la penumbra, sin nadie a su lado. La persiana deja pasar una franja de luz gris que cae sobre la mesita de noche.
Allí está la cámara.
Una Canon antigua, de las que ya no se fabrican, el objetivo tiene una grieta y el cuerpo está arañado en una esquina. Hace cuatro años que no funciona, hace cuatro años que no la lleva a arreglar. Pero no puede deshacerse de ella. La limpia los domingos con un paño de microfibra y la vuelve a dejar en el mismo sitio.
Junto a la cámara, tres macetas pequeñas en el alféizar de la ventana: albahaca, romero y una suculenta que se niega a morir por más que él la descuide cada verano. Las riega con cuidado, con la misma mano que luego pasará por la cicatriz de su nuca.
Se levanta, el suelo de madera cruje bajo sus pies descalzos. La cocina es un minúsculo rincón con una hornilla y un microondas que calienta demasiado, prepara café en una prensa francesa —la única concesión a lo que no es estrictamente necesario— y lo bebe de pie, mirando por la ventana el patio interior lleno de tuberías y ropa tendida.
En la ducha, el agua caliente le afloja los músculos de los hombros, se enjabona sin prisa, cuando se seca, pasa la toalla por el cuello y sus dedos encuentran la cicatriz, pequeña, del tamaño de una moneda, justo donde la nuca se une al hombro. La piel es más lisa allí, sin nervios, no duele ya. No físicamente.
Se mira en el espejo empañado.
Sus ojos le devuelven la mirada. Detrás de ellos hay algo que no se empaña con el vaho, algo que aprendió a guardar hace cuatro años y que todavía no ha soltado del todo.
Baja la vista. Se viste.
———
El trayecto al cibercafé dura veinte minutos a pie. Jean conoce cada baldosa suelta, cada semáforo que tarda en cambiar, el olor de la panadería de la esquina y el del taller de chapa que siempre tiene la puerta abierta. Camina con las manos en los bolsillos de su chaqueta, la cabeza baja, sin mirar a nadie.
Es mejor así.
Offline huele a café recién hecho y a papel reciclado, las luces todavía están apagadas cuando llega; las enciende él cada mañana. Prepara la máquina, cuenta el cambio en la caja, limpia las mesas aunque las dejó limpias la noche anterior. La rutina le da calma, cada gesto es una pequeña certeza.
Los clientes empiezan a llegar.
Los conoce a todos sin conocer a ninguno. La chica del portátil rojo, que pide un latte con leche de avena y trabaja horas sin mirar el móvil. El hombre del traje gris, que bebe su americano en tres sorbos y sale corriendo. La mujer mayor que siempre pide una infusión de manzanilla y le pregunta si está comiendo bien.
—Estás muy delgado, cariño —le dice hoy.
—Estoy bien, doña Carmen —responde él, con una sonrisa que ensayó hace tanto tiempo que ya ni recuerda cuándo fue la primera vez.
Sonríe, asiente, cobra, no se compromete. Es su forma de estar en el mundo.
La tarde avanza.
Jean seca vasos cuando la campanilla de la puerta suena. No necesita levantar la vista para saber quién entra: la ráfaga de aromas que llega hasta el mostrador le da toda la información. Café y cedro, Cítricos y jengibre y algo más. Algo que le llega un segundo después, como una bocanada de aire fresco en una habitación cerrada.
Lluvia de verano.
Jean levanta la cabeza. Tres alfas jóvenes acaban de entrar, los mismos del día anterior. El de la izquierda, pelo negro y expresión seria, huele a café y cedro. El de la derecha es un escándalo visual: pelirrojo, ojos verdes, una sonrisa que ocupa toda la habitación, su olor a cítricos y jengibre es casi agresivo, como él.
Y en el medio, el rubio.
Es alto, espalda ancha, hombros de nadador, el pelo rubio claro, todavía húmedo en las puntas. Camina con soltura, sin la tensión de quien necesita demostrar algo, su sonrisa es la más brillante de las tres. Ocupa espacio, pero no porque empuje, sino porque al entrar la habitación se hace un poco más luminosa.
De la universidad, piensa Jean, populares. Los que nunca han tenido que pedir nada.
Se acerca al mostrador.
—Un cortado —dice el rubio.
Su voz es joven, clara, cuando habla, su olor se intensifica un instante. Lluvia de verano. Ese olor a tierra mojada, a cielo que se despeja después de la tormenta.
Jean asiente con la misma expresión neutra de siempre.
—¿Algo más?
—Un espresso para él —señala al de pelo negro— y un batido de fresa para él —el pelirrojo levanta la mano con una sonrisa.
El pelirrojo es abrumador, todo en él grita atención: el color del pelo, los ojos verdes, la risa escandalosa que ya está sonando mientras habla con sus amigos. Jean se imagina la cantidad de omegas que habrán caído rendidos ante esa combinación. No le molesta, solo le parece cansino.
El de pelo negro, en cambio, es más contenido. Observa, no habla de más, su olor a café y cedro es serio, casi adulto para su edad.
Y el rubio...
Jean prepara los pedidos mientras los ve sentarse en la mesa del fondo. El rubio saca una libreta y empieza a dibujar, no mira el móvil, no habla con los otros, dibuja. Con la cabeza ligeramente inclinada, el boli moviéndose con soltura sobre el papel.
Qué raro, piensa Jean, los chicos guapos y populares no suelen dibujar.
Sirve el cortado. Cuando va a llevarlo, el pelirrojo se acerca al mostrador y se lo lleva él mismo, Jean no tiene que cruzar la sala, se queda detrás de la barra, secando vasos, mirando de reojo.
El rubio no ha levantado la vista en ningún momento.
Jean termina su turno, limpia la máquina, repone el azúcar, pasa la bayeta. La rutina lo sostiene.
Cuando los tres se levantan para marcharse, Jean está de espaldas, colocando los vasos de cristal en la estantería. Oye la campanilla, no se gira.
Pero un instante después, algo le hace girar la cabeza.
A través del cristal de la puerta, el chico rubio gira la cara, no sabe si hacia él; es solo un momento, un roce de miradas que dura menos de lo que tarda en parpadear. Igual que ayer o casi igual, piensa.
Jean baja los ojos. Sigue colocando los vasos.
Cuando vuelve a mirar, la puerta está cerrada y la calle se tiñe de naranja. El aroma a lluvia de verano se ha desvanecido, pero algo de él se quedó flotando detrás de la barra, mezclado con el café y el papel. Algo que Jean no sabe cómo llamar.
No intenta nombrarlo.
Solo termina de limpiar, guarda la bayeta y se prepara para cerrar.