una guerra entre el bien y el mal....
un amor que intentará desafiar todo o morirá...
traiciones, amistades, pero por sobre todas las cosas ellos, amándose cuando deberían haberse matado el uno al otro.
la luz no acepta la oscuridad y la oscuridad aborrece la luz.
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capitulo 23
La lluvia caía lentamente sobre las ruinas del antiguo santuario abandonado. Las enormes columnas agrietadas parecían sostener apenas el techo destruido por siglos de guerra, mientras el viento helado atravesaba las grietas con un silbido inquietante.
Izael esperaba en silencio bajo una de las arcadas rotas.
Sus alas blancas permanecían ocultas bajo la larga capa gris que cubría su cuerpo, aunque sus ojos claros vigilaban cada rincón con desconfianza.
No sabía si aquello era una trampa.
No sabía si realmente podía confiar en un demonio.
Pero si existía una mínima posibilidad de salvar a Milena, estaba dispuesto a intentarlo.
Un sonido áspero resonó entre las piedras.
Izael tensó inmediatamente el cuerpo.
Desde las sombras apareció una figura delgada envuelta en ropas oscuras. Sus ojos rojizos brillaron tenuemente bajo la lluvia.
Kindra. El hermano menor de Lorcan.
Ambos permanecieron inmóviles durante varios segundos. Midiéndose. Analizándose. Como animales preparados para atacar.
—Llegaste solo —dijo finalmente Izael.
—Tú también.
—Eso no responde mi pregunta.
Kindra soltó una pequeña sonrisa irónica.
—Y eso confirma que definitivamente eres hermano de Milena.
Izael no respondió.
El demonio avanzó lentamente hasta quedar frente a él.
Era más joven que Lorcan. Sus facciones aún conservaban cierta suavidad juvenil, aunque el cansancio en sus ojos lo hacía parecer mucho mayor.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Kindra con voz seria—. Si descubren que estoy aquí, Casius me hará ejecutar.
El nombre hizo que Izael frunciera el ceño.
—¿Casius realmente tomó el control del infierno?
Kindra apartó la mirada un instante.
—Prácticamente.
El silencio cayó entre ambos.
La lluvia golpeaba las piedras rotas alrededor del santuario.
—¿Y Lucifer? —preguntó Izael—. Mi padre asegura que él está preparando una guerra.
Una expresión amarga cruzó el rostro del demonio.
—No he visto a mi padre desde antes de que todo esto comenzara.
Izael abrió apenas los ojos, sorprendido.
—¿Qué?
—Desapareció.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—Eso es imposible —murmuró el ángel—. Lucifer jamás abandonaría el infierno durante una crisis.
—Lo sé.
Kindra apretó ligeramente los puños.
—Al principio todos creímos que estaba planeando algo. Pero pasaron semanas. Luego meses. Y Casius comenzó a tomar decisiones en su nombre.
—¿Tu hermano mayor?
Kindra asintió lentamente.
—Controla los ejércitos. Las ciudades. Las ejecuciones. Todos creen que actúa siguiendo órdenes de nuestro padre… pero ya nadie está seguro.
Izael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Aquello cambiaba todo.
Porque si Lucifer realmente había desaparecido, entonces la guerra que estaba creciendo entre cielo e infierno quizá no era tan simple como parecía.
—¿Lorcan sabe esto? —preguntó.
Kindra soltó una risa seca.
—Lorcan fue el primero en sospechar que algo estaba mal. Por eso comenzó a enfrentarse a Casius.
Los ojos de Izael se endurecieron levemente.
—¿ por eso intentaron matarlo cuando lo enviaron en la última misión?
Kindra no respondió.
No hacía falta hacerlo.
El silencio confirmó todo.
La lluvia aumentó su intensidad alrededor del santuario.
Izael observó al joven demonio frente a él.
Por primera vez no veía un monstruo.
Solo veía a un hermano intentando salvar a su familia.
—Necesito saber algo —dijo finalmente el ángel—. La maldición de Milena… ¿es real?
La expresión de Kindra cambió de inmediato.
Seriedad.
Preocupación.
Incluso miedo.
—Sí.
Izael sintió el corazón tensarse.
—Explícate.
Kindra respiró profundamente antes de hablar.
—La maldición fue creada hace siglos como un vínculo de castigo entre ciertas familias celestiales e infernales. Si el portador entrega completamente su alma a alguien… ambas vidas quedan conectadas.
El rostro de Izael palideció lentamente.
—No…
—Si Lorcan muere… Milena también morirá.
El mundo pareció quedarse en silencio durante varios segundos.
Izael dio un paso hacia atrás.
—Mi padre no sabe eso.
—Entonces alguien se encargó de ocultárselo.
El joven arcángel pasó una mano temblorosa por su cabello.
Todo aquello era peor de lo que imaginaba.
Amenadiel estaba movilizando ejércitos enteros para eliminar a Lorcan.
Sin saber que al hacerlo condenaría a su propia hija. aunque ahora recordaba las palabras de Nael, su padre de todas formas mataría a Milena.
—¿Estás completamente seguro? —preguntó Izael.
—Lo escuché directamente de los antiguos consejeros de Lucifer.
Sus ojos rojizos se endurecieron.
—Casius también lo sabe.
Izael levantó lentamente la mirada.
—¿Entonces por eso lo ato a ella?
La sonrisa amarga de Kindra regresó.
—Exacto, para poder ponerle un blanco en la espalda, ustedes lo matarían y ninguno de mis otros hermanos o yo podríamos enfrentarlo.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Asfixiante.
Izael sintió rabia creciendo lentamente dentro de su pecho.
Toda su vida le enseñaron que los demonios eran criaturas egoístas y crueles incapaces de amar realmente.
Pero quien estaba dispuesto a sacrificar una vida inocente por poder no era Lorcan.
Era Casius.
Y quizás también su propio padre.
—Hay algo más —dijo Izael lentamente.
Kindra lo observó con atención.
El joven ángel dudó unos segundos antes de continuar.
—mi padre está buscando algo.
—¿Qué cosa?
Izael bajó ligeramente la voz.
—El Cofre de los Condenados.
Los ojos de Kindra se abrieron de inmediato.
—¿Qué dijiste?
—me lo dijo mi hermano. Lleva semanas enviando escuadrones al borde infernal.
La expresión del demonio se volvió completamente tensa.
—Eso no puede ser bueno…
—¿Qué es exactamente?
Kindra guardó silencio unos instantes.
Como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
—Es una reliquia antigua. Mucho más vieja que el propio conflicto entre cielo e infierno.
La lluvia continuaba cayendo alrededor de ellos.
—Dicen que dentro del cofre están encerradas almas primordiales… criaturas demasiado peligrosas para existir libremente.
Izael frunció el ceño.
—¿Qué clase de criaturas?
Kindra tragó saliva lentamente.
—Dioses caídos. Reyes infernales antiguos. Entidades creadas antes incluso que los arcángeles.
Un escalofrío recorrió la espalda de Izael.
—¿Y Amenadiel quiere abrirlo?
—No lo sé.
Kindra negó lentamente con la cabeza.
—Pero si realmente lo está buscando… entonces esto jamás se trató solamente de Lorcan y Milena.
El viento atravesó violentamente las ruinas.
Por un momento ambos quedaron en silencio, intentando comprender la magnitud de lo que acababan de descubrir.
Habían crecido en lados opuestos de una guerra eterna.
Educados para odiarse.
Preparados para matarse.
Y aun así…
Ahora eran los únicos intentando evitar una catástrofe.
Izael observó fijamente al demonio frente a él.
—¿Por qué haces esto?
Kindra levantó la vista lentamente.
—Porque Lorcan es mi hermano.
Sus ojos rojizos brillaron tenuemente bajo la tormenta.
—Y porque Milena es la primera persona que lo hizo realmente feliz en siglos, aunque el no se haya dado cuenta aún de eso.
Aquellas palabras golpearon fuerte a Izael.
Porque él también lo había visto, como la miraba en el campo de batalla y como a pesar de estar peleando ambos, el siempre estaba cerca por si tenía que sacarla alli.
Y por más que intentara negarlo…
Jamás la había visto tan viva.
—Ella también lo ama —admitió finalmente.
Kindra soltó apenas una pequeña sonrisa cansada.
—Sí. Lo sé.
El joven demonio extendió lentamente una mano hacia él.
Izael observó aquella mano durante largos segundos.
Una mano infernal.
La mano de un enemigo.
O al menos eso le habían enseñado toda la vida.
Pero las cosas habían cambiado.
Porque ahora los verdaderos monstruos parecían esconderse detrás de coronas y tronos.
Y quizás los únicos capaces de detenerlos eran ellos.
Lentamente, Izael estrechó la mano de Kindra.
La energía celestial e infernal chocó apenas un instante entre ambos, iluminando tenuemente las ruinas.
Una tregua.
Pequeña.
Frágil.
Pero real.
—Entonces hagámoslo —dijo Izael.
Kindra asintió lentamente.
—Salvemos a nuestros hermanos.
A lo lejos, un trueno estremeció el cielo.
Como si el propio universo supiera que algo acababa de cambiar para siempre.