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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 — Sector 9

No volví al Centro. Mariela me mandó un mensaje a las ocho y media: “No viniste. ¿Todo bien?”. Lo leí tres veces. Beta con beta. Preocupación sin alarma. Le contesté: “Fiebre. Mañana vuelvo.” Mentir por mensaje es más fácil que mentir en persona. El brazalete me apretaba la muñeca aunque ya no tenía el papel. Me lo saqué en el baño y lo dejé sobre el lavatorio. Gris, rayado, con mi número grabado: 0427-B. Lo miré un minuto entero y después lo metí en el cajón de las medias, al fondo. No lo tiré. Los betas no tiramos cosas que nos dieron con sello.

Valenti apareció a las diez, como si supiera a qué hora se vacía la calle del barrio. No tocó la puerta. Golpeó dos veces la ventana de la cocina, corto, seco. Mi madre estaba en la feria. Mi hermana en la escuela. Abrí y lo dejé pasar. Olía a lo mismo: hierro caliente y madera mojada. Esta vez no me sorprendió. Esta vez me dio bronca que mi cuerpo lo registrara antes que mi cabeza.

—Tenemos veinte minutos —dijo—. Después pasan el barrido de la Guardia por esta cuadra.

—¿Barrido por qué?

—Por mí.

No preguntó si tenía cosas. Vio la mochila en la silla. La levantó, la pesó con una mano.

—Liviano. Bien.

—El pendrive —dije—. Está ahí.

Asintió y no pidió verlo. Eso me jodió más que si me lo hubiera arrancado. Confianza sin ceremonia.

Salimos por el patio de atrás, saltando el tapial del vecino. Caminamos rápido pero sin correr. Los betas sabemos caminar sin que nadie se dé vuelta. Es nuestro único talento social. Valenti caminaba como si la calle fuera suya, pero sin brazalete rojo a la vista nadie lo miraba dos veces. Civil. Otro más.

El auto estaba tres cuadras más allá, en el baldío donde jugábamos de chicos. No era de la Pretoriana. Era viejo, gris opaco, sin patente visible. Adentro ya estaba Elián.

No lo reconocí enseguida. Sin los supresores puestos —tenía la marca roja todavía en el cuello, pero las muñecas libres— parecía más grande y más chico a la vez. El pelo negro despeinado, la remera dos talles más grande, las rodillas subidas contra el pecho en el asiento de atrás. Cuando me vio entrar no bajó la mirada. Me la sostuvo. Omega dominante. Ahora entendía lo que significaba.

—Vos sos el del archivo —dijo. No era pregunta.

—Damián —contesté. Me salió solo el nombre. En el Centro no usábamos nombres.

—Elián.

Valenti arrancó sin decir nada más. Tomó la ruta vieja, la que bordea el pueblo y después se mete para el sur, hacia los galpones abandonados del frigorífico. Sector 9. En los mapas oficiales ya no existe. En los de verdad, es donde termina todo lo que no quieren clasificar.

—No puedo volver a casa —dijo Elián de golpe, como si llevara rato aguantándoselo—. Mi viejo firmó la Ceremonia para el sábado. Con Lazzari.

Valenti apretó el volante. No dijo nada. El olor a hierro se volvió más fuerte, amargo. No me estaba mirando a mí, pero mi nuca lo sintió igual.

—La Ceremonia no se cancela —dije, y me salió en automático, como si leyera del folleto—. Una vez firmada…

—La Ceremonia se rompe —cortó Elián—. O te rompe.

No supe qué contestar. Beta. No discuto con omegas cuando hablan así, porque nunca hablan así.

Llegamos cuando estaba cayendo el sol. El galpón era de chapa, con una gotera que ya marcaba un charco en el cemento. Adentro había colchones, una garrafa, una mesa con dos sillas de plástico y una radio vieja. En la radio sonaba cumbia bajito. Alguien vivía ahí antes que nosotros. O todavía.

Valenti bajó primero, revisó el perímetro. Elián se quedó en el auto un segundo más. Me miró.

—¿Por qué lo hiciste?

—El archivo —dije.

—No. ¿Por qué lo copiaste y no lo quemaste? ¿Por qué se lo diste a él?

No tenía respuesta de héroe. Tenía la verdad.

—Porque cuando te vi ese día en el Centro, no olí nada. Pero vi que te dolía y que él lo sabía. Y yo paso ocho horas por día viendo gente a la que le duele y nadie anota. Estaba cansado de no anotar.

Elián no sonrió. Asintió una sola vez, como si eso fuera más que suficiente.

Adentro, Valenti ya había cerrado la puerta con una barra de hierro. Tiró las llaves sobre la mesa.

—No salimos hasta que oscurezca del todo. Después vemos cómo cruzar al límite de Santa Fe. Tengo un contacto.

—¿Y después? —pregunté.

—Después vemos —dijo otra vez.

Elián se sentó en uno de los colchones, contra la pared. Valenti se quedó parado cerca de la puerta. Yo me quedé en el medio, con la mochila todavía colgando del hombro porque nadie me dijo dónde dejarla.

La gotera hacía tac cada tres segundos. Afuera pasó una moto. Nadie habló un rato. Y en ese silencio que no era el de los betas —ese silencio que nos imponen para que se escuche el grito y el canto— me di cuenta de que por primera vez éramos tres ruidos distintos en la misma habitación. Y ninguno se callaba para que el otro sonara.

Valenti sacó el papel arrugado de su campera y lo puso sobre la mesa. Después sacó el pendrive de mi mochila sin pedírmelo y lo puso al lado. Nos miró a los dos.

—Esto no es un rescate —dijo—. Es una fuga. Y las fugas se pagan.

Elián se pasó la lengua por los labios, secos por los supresores.

—¿Con qué?

Valenti no contestó enseguida. Me miró a mí. No como se mira a un fondo. Como se mira a alguien que ya decidió.

—Con todo lo que no está en el folleto.

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luma
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