A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 11 Descansar
El estruendo de los aplausos aún vibraba en las paredes de la mansión cuando Ian terminó su última nota. La música se desvaneció, dejando un zumbido eléctrico en el aire. Sin esperar a que los invitados se abalanzaran sobre él, Ian bajó de la tarima con esa nueva seguridad que parecía una armadura invisible y se dirigió directamente hacia el círculo íntimo de su familia.
Marc fue el primero en reaccionar. Rompió la distancia y envolvió a su hermano en un abrazo que casi le quita el aliento. Detrás de él, sus padres se acercaron con lágrimas en los ojos, las manos temblorosas buscando tocar la seda negra de su camisa para convencerse de que no era un holograma o un sueño de la prensa.
— Estás aquí —susurró su madre, hundiendo el rostro en el hombro de Ian. Pero al intentar buscar su aroma dulce de antaño, solo encontró la sofisticación del sándalo y el cuero—. Estás aquí, pero... ¡mírate! Estás tan cambiado, hijo.
Tras la euforia inicial, el tono en el círculo familiar cambió. Marc se separó un poco, manteniendo sus manos en los hombros de Ian, y su expresión se endureció con ese reproche que solo nace de la ausencia prolongada.
— Cuatro años, Ian —dijo Marc, su voz cargada de una mezcla de alivio y resentimiento—. Cuatro años enviando mensajes, viendo tus entrevistas en la televisión como si fueras un extraño. ¿Por qué tardaste tanto? ¿Por qué ni una visita corta, ni un fin de semana?
Su padre asintió, con la mirada herida.
— Te necesitábamos aquí. No solo en una pantalla. Hubo momentos, Ian... momentos en los que tu madre no dejaba de mirar la puerta esperando que entraras.
Ian suspiró, y por un breve segundo, la máscara de "La Leyenda" se agrietó para dejar ver al chico agotado que Kevin veía en el estudio. Se pasó una mano por el cabello negro, apartando un mechón de sus ojos azules.
— No era tan simple —respondió Ian, y su voz sonó cansada, con el peso de mil conciertos—. Ustedes ven el éxito, los números uno, las luces. Pero no ven el contrato. No ven lo que implica ser "IAN".
— ¿Qué podía ser más importante que tu familia? —cuestionó Marc, cruzándose de brazos.
— Mi supervivencia —replicó Ian con una firmeza gélida—. Cuando me fui de aquí, me fui con el corazón en la mano y una sola oportunidad de no hundirme. Si me detenía, si volvía antes de ser lo suficientemente fuerte, me habría roto de nuevo.
Ian caminó un par de pasos, sintiendo las miradas de los invitados curiosos a lo lejos, pero manteniendo su atención en los suyos.
— He estado en una gira que parecía no tener fin. Ciudades que se mezclan unas con otras, hoteles donde no sé en qué zona horaria estoy. Los fans... ellos son increíbles, pero demandan cada gramo de mi energía. Si no estoy en el estudio, estoy en un avión. Si no estoy grabando un video, estoy en una reunión de marketing. El trabajo me devoró por completo. Necesitaba que mi nombre fuera tan grande que borrara cualquier rastro del omega que se fue de esta ciudad llorando.
Sus padres se miraron entre sí, comprendiendo por primera vez que el éxito de su hijo no había sido un camino de rosas, sino una huida hacia adelante.
— Estaba ocupado construyendo esto —continuó Ian, señalándose a sí mismo y a la imponente presencia que ahora proyectaba—. No podía volver siendo el mismo. Tenía que volver como alguien a quien nadie pudiera volver a mirar por lástima o repudio. El trabajo, las giras, los fans... fueron mi refugio. Eran el único lugar donde no tenía que pensar en lo que dejé atrás.
Marc suavizó la mirada, dándose cuenta de que la ambición de su hermano había sido, en realidad, su mecanismo de defensa. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Ian sintió un cambio en el aire. A pesar de estar rodeado por su familia, su instinto detectó una presencia conocida que se acercaba desde las sombras del jardín.
Ian enderezó la espalda, su rostro volviéndose de nuevo una máscara de mármol. Sabía que Eliah estaba a pocos metros, escuchando, observando, esperando una grieta que ya no existía.
— He vuelto para tu cumpleaños, Marc. He cumplido mi promesa —dijo Ian, elevando un poco la voz para que resonara en el aire—. Pero no esperen que el Ian de antes regrese. Ese Ian se quedó en Nueva York, enterrado bajo una montaña de discos de platino.