Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 21
Ocho días después
Pasaron 8 días en los que Sloan se desesperaba cada vez más por la ausencia de Renata.
No dormía bien. No comía bien. No atendía sus negocios con la misma frialdad de siempre. Vargas lo notaba. Todos lo notaban. El jefe estaba obsesionado.
Pero ella no estaba. Y eso lo volvía loco.
Ella se levantó de la cama.
El hombro aún le dolía, pero ya podía moverse sin que la herida se abriera. La fiebre había desaparecido. Los moretones comenzaban a desvanecerse.
No estaba al cien por ciento. Pero no podía esperar más.
—Tengo que irme —le dijo a Nazareno.
Él la miró desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—¿Estás segura? —preguntó—. Déjame llevarte.
—No —respondió ella, negando con la cabeza—. Puedo ir sola. Y no es conveniente que nos vean juntos. Ya es hora de que vuelva a la organización.
Nazareno suspiró. Sabía que no iba a convencerla. Renata era terca. Siempre lo había sido.
—Bien —dijo, resignado—. Pero ten cuidado.
—No te preocupes —respondió ella, tomando su mochila—. Te voy a llamar pronto.
Nazareno asintió. La vio salir. Cerró la puerta.
Se quedó un momento en silencio, mirando la puerta cerrada.
—Cuídate, Renata —murmuró.
Ella caminaba por la acera.
Se veía agotada y cansada. Los días en casa de Nazareno habían sido largos. Días de recuperación. Días de pensar. Días de esperar.
Fueron días muy largos, pensó.
El sol le daba en la cara. El viento le movía el cabello. La ciudad seguía su ritmo, ajena a todo.
Caminó hasta la parada de autobús. Iba a cruzar la ciudad, volver a la organización, retomar su lugar como si nada hubiera pasado.
Pero entonces, un automóvil negro frenó frente a ella.
Los vidrios polarizados. El blindaje. La placa que ella reconocía demasiado bien.
El hombre que bajó no era Vargas. Era uno de los sicarios de Sloan. Cara dura, traje negro, manos grandes.
—El jefe la está buscando —dijo el hombre, con voz respetuosa pero firme.
Renata lo miró. Podía negarse. Podía correr. Podía pelear.
Pero no tenía sentido.
Asintió en silencio.
El hombre le abrió la puerta trasera. Ella subió. El coche arrancó.
En el asiento del acompañante, el sicario sacó su teléfono.
Escribió un mensaje rápido para Vargas.
"La encontramos. Estamos yendo al departamento del jefe."
A los pocos segundos, Vargas respondió con otro mensaje.
"Bien. Lleguen rápido."
El sicario guardó el teléfono. El coche siguió su curso hacia el edificio de Sloan.
Vargas recibió el mensaje y lo leyó dos veces.
Respiró hondo. Sabía que Sloan llevaba días insoportable. Sabía que esta noticia lo calmaría... o lo empeoraría todo.
Escribió el mensaje.
"Jefe. La encontramos. Están yendo a tu departamento."
Presionó enviar.
Y esperó.
El teléfono de Sloan vibró sobre la mesa de su oficina.
Él lo tomó con calma. Leyó el mensaje.
Y por primera vez en ocho días, algo en su rostro cambió.
No era una sonrisa completa. Era algo más oscuro. Más intenso. La mirada de un hombre que ha esperado demasiado tiempo y que por fin va a obtener lo que quiere.
Guardó el teléfono. Se puso de pie. Se ajustó la chaqueta.
Caminó hacia la puerta de su departamento.
Y esperó.
El coche se detuvo frente al edificio.
Renata miró hacia arriba. El último piso. Su oficina. Su departamento.
El lugar donde todo había comenzado.
—Baje, señorita —dijo el sicario, abriéndole la puerta.
Renata bajó. Sus piernas temblaban ligeramente. El cansancio. Los nervios. La fiebre que aún no se iba del todo.
Caminó hacia la entrada. El portero la reconoció. Le abrió la puerta sin decir nada.
El ascensor la esperaba. Subió.
Los números cambiaban lentamente. Primero. Segundo. Tercero.
Su corazón latía cada vez más fuerte.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.
Y allí, al final del pasillo, estaba él.
Sloan.
La miraba con esos ojos oscuros, intensos, que la devoraban desde la distancia.
No dijo nada. Solo la miró.
Renata tragó saliva. Dio un paso adelante.
Y el pasillo se hizo eterno mientras caminaba hacia adelante