Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 1 — La becada en el salón prohibido
Aureum Academy no parecía una universidad de noche.
Parecía un palacio encendido.
Los jardines, perfectamente recortados, se extendían bajo una línea de faroles dorados que iluminaban los senderos de mármol claro. Las fuentes centrales lanzaban agua en arcos suaves, tan limpios y silenciosos que incluso el sonido parecía educado. Desde la entrada principal hasta el ala de eventos, una alfombra color marfil guiaba a los invitados entre columnas altas, ventanales de cristal y arreglos florales que seguramente costaban más que un mes de renta en el edificio donde vivía Marian.
Ella lo sabía porque había aprendido a calcular.
Cuánto costaba una medicina.
Cuánto costaba un traslado.
Cuánto costaba faltar un turno.
Cuánto costaba respirar cuando alguien a quien amabas dependía de una cuenta que nunca dejaba de crecer.
Ajustó la bandeja entre las manos y enderezó la espalda antes de cruzar la puerta lateral del salón principal.
El uniforme negro del personal le quedaba un poco grande de los hombros, pero estaba limpio. Camisa blanca, chaleco ajustado, pantalón recto, el cabello recogido en un moño bajo para que no le estorbara. Nadie ahí debía notar que era estudiante. Nadie debía preguntarle por qué una becada de primer año servía copas en un evento privado de la misma universidad donde estudiaba durante el día.
La respuesta era sencilla.
Porque necesitaba dinero.
Y porque el dinero no se ofendía por el orgullo de nadie.
—Marian —la llamó una voz detrás de ella.
Se detuvo junto a la mesa de bebidas.
Clara, una de las coordinadoras temporales del evento, se acercó con una libreta pegada al pecho y expresión de urgencia.
—Te necesito en el ala este. Se quedaron sin copas limpias en el pasillo de acceso.
—¿El ala este? —preguntó Marian, bajando la voz—. Nos dijeron que no entráramos a esa zona.
—No al salón reservado —aclaró Clara, señalando con la pluma hacia el corredor—. Solo el pasillo. Dejas la bandeja en la mesa auxiliar y regresas. No hables con nadie, no mires a nadie raro y, por favor, no tropieces con nadie importante.
Marian apretó apenas los labios.
Nadie importante.
En Aureum, la importancia se heredaba. Se pronunciaba en apellidos, se llevaba en relojes discretos, en vestidos sin etiqueta visible, en sonrisas que no pedían permiso porque nunca lo habían necesitado.
—Entendido —dijo.
Clara la miró un segundo más, como si recordara algo.
—Y si alguien te pregunta de qué facultad eres, dices que eres personal externo.
Marian sintió el golpe pequeño, seco, en el orgullo.
No era la primera vez.
Aureum presumía su programa de becas en folletos brillantes y videos institucionales. Rostros diversos, frases inspiradoras, discursos sobre mérito y oportunidades. Pero en los pasillos reales, esos mismos becarios aprendían rápido a bajar la voz, a no ocupar demasiado espacio, a no olvidar jamás que estaban ahí porque alguien poderoso había decidido tolerarlos.
—Soy personal externo —repitió Marian, sin emoción.
Clara pareció incómoda.
—No lo digo por ti.
—Claro.
Porque nunca era por ella.
Marian tomó la bandeja con copas nuevas y avanzó hacia el ala este.
A cada paso, el ruido del salón principal quedaba atrás. La música de cuerdas se volvía más lejana, las risas más suaves, el tintinear de copas menos frecuente. En esa zona, el lujo no necesitaba exhibirse.
Los muros estaban cubiertos con paneles de madera oscura, las lámparas eran pequeñas y cálidas, los cuadros parecían elegidos por alguien que no preguntaba precios.
Al final del corredor, una mesa auxiliar esperaba junto a un arco de cristal.
Marian dejó la bandeja con cuidado.
Iba a girarse cuando escuchó voces.
No venían del pasillo.
Venían de una puerta entreabierta a su izquierda.
Una voz masculina, grave, fría, dijo:
—No pienso casarme con Isabell.
Marian se quedó inmóvil.
Sabía que debía irse.
Lo sabía con una claridad casi física. En Aureum, escuchar lo que no te correspondía podía costarte mucho más que una reprimenda. Podía costarte la beca. El lugar. El futuro.
Pero el nombre la detuvo.
Isabell.
Isabell Santoro.
Todo Aureum conocía ese apellido.
Santoro significaba dinero antiguo, fundaciones culturales, vínculos políticos, una elegancia que no necesitaba levantar la voz. Isabell era de esas alumnas que no caminaban por los pasillos: los ocupaban. Siempre impecable, siempre rodeada, siempre con esa sonrisa perfecta que hacía sentir a los demás mal vestidos aunque no dijera nada.
Marian sujetó la bandeja vacía contra su cuerpo.
Y entonces escuchó otra voz.
Una calma cortante.
—No te estoy preguntando si quieres hacerlo, Demian.