Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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El precio del chantaje y las leyes del mercado
El invierno de París se filtraba por las altas ventanas del apartamento de Ethan en Le Marais, tiñendo las paredes de un gris sepulcral. Sobre la mesa de roble, Amandine Vachon mantenía una postura rígida, desprovista ya de la gracia felina con la que solía embaucar a sus víctimas. El juego de seducción se había agotado; tras semanas de manipulación mutua, el orgullo de la francesa había mutado en una desesperación ácida.
No había logrado sacarle un solo franco, pero había conseguido algo que consideraba mucho más valioso: un secreto. Registrando con torpeza el abrigo de Ethan la noche anterior, había encontrado un cuaderno con anotaciones meticulosas, recortes de prensa sobre la familia Leroux y descripciones detalladas de una esmeralda antigua vinculada a Anelly Rosseau.
—Se terminó el juego, Ethan —siseó Amandine, apoyando las palmas de sus manos enguantadas sobre la madera—. Sé lo que buscas. Sé que estás obsesionado con la protegida de los Leroux. Si no pones cien mil francos sobre esta mesa antes de que caiga la noche, iré directamente a la mansión de Elean a venderle esta información. Imagina lo que un hombre con su poder le haría a un advenedizo de Transilvania que vigila a su familia.
Ethan, que permanecía de pie junto a la chimenea apagada, ni siquiera se inmutó. Su rostro, blanco como el mármol, no reflejó un solo destello de sorpresa o temor. Al contrario, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, cargada de un desprecio absoluto.
—¿Cien mil francos, Amandine? —La voz de Ethan resonó baja, gélida, cortante—. Te cotizas demasiado alto para el valor real de tu mercancía.
Se acercó a ella sin prisa, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de corte impecable. Sus ojos oscuros, desprovistos de cualquier rastro de humanidad, la diseccionaron con una burla despiadada.
—Ve con Leroux. Cuéntale lo que quieras. ¿Crees que un magnate va a escuchar las advertencias de una cortesana despechada que busca financiamiento para sus deudas de juego? Me das lástima. Es un intento desesperado y burdo por conseguir unos cuantos billetes. Tu tiempo en el mercado te ha vuelto descuidada.
Las palabras de Ethan, saturadas de una indiferencia monstruosa, golpearon el ego de Amandine con la fuerza de un látigo. La farsa de la mujer calculadora se desmoronó por completo, dejando paso a una furia ciega, una humillación que no pudo contener.
—¡Eres un maldito demonio! —gritó, perdiendo el control absoluto de sus actos.
Su mirada se desvió hacia la chimenea, donde una pequeña estatuilla de plata reposaba sobre la repisa. Con un movimiento torpe y violento, Amandine tomó la pieza de metal y se lanzó encima de Ethan. El golpe fue seco, certero, impactando en el lateral de su cuello.
La piel de porcelana de Ethan se rasgó, y un hilo de sangre espesa y caliente comenzó a emanar, manchando el cuello de su camisa blanca. Ethan ni siquiera gritó; solo retrocedió un paso, llevándose una mano a la herida mientras sus ojos permanecían fijos en ella, manteniendo la misma calma sepulcral, como si el dolor físico fuera un concepto ajeno a su cuerpo.
Asustada por su propia violencia y por la mirada inhumana del transilvano, Amandine dejó caer la estatuilla al suelo. Al ver sus manos manchadas de sangre, el pánico la dominó. Dio media vuelta y salió corriendo del apartamento, bajando las escaleras a trompicones, huyendo de esa presencia que parecía no pertenecer al mundo de los vivos.
Amandine irrumpió en la calle empedrada bajo la llovizna gélida de París. El miedo la cegaba; escuchaba sus propios pasos y el latido acelerado de su corazón retumbándole en los oídos. Necesitaba cruzar la calzada, escapar de ese distrito, ponerse a salvo de la sombra de Ethan.
No miró a los lados. No escuchó el rugido del motor ni el rechinar desesperado de los frenos sobre el pavimento húmedo.
El impacto del automóvil de lujo contra su cuerpo fue un estruendo seco, metálico y brutal. Amandine fue lanzada un par de metros sobre el suelo, golpeando el pavimento antes de quedar inmóvil en el fango de la cuneta. Unos cuantos gritos de los transeúntes rompieron el silencio de la tarde, seguidos por el murmullo de horror de los testigos.
A los pocos segundos, la silueta alta de Ethan apareció en el umbral del edificio. No corrió. Con paso lento, rítmico y comedido, se acercó al grupo de personas que empezaba a rodear el cuerpo de la joven. El hilo de sangre de su cuello ya se había secado, dibujando una línea oscura sobre su piel blanca, lo que le confería un aspecto verdaderamente aterrador, casi espectral.
La multitud se apartó al ver su presencia imponente y su mirada fija. Ethan se agachó levemente, observando el cuerpo maltrecho de Amandine. Ella seguía consciente, gimiendo de dolor, con las piernas dobladas en ángulos antinaturales y el rostro cubierto de suciedad y sangre propia.
Con una frialdad que heló la sangre de los presentes, Ethan se inclinó lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.
—Es una lástima que salgas del mercado en este momento, Amandine —susurró con una tranquilidad espeluznante—. Esto te llevará mucho tiempo de recuperación... y tú sabes perfectamente que el tiempo es dinero.
Amandine levantó la vista, temblando violentamente. Al mirar la sangre seca en el cuello de Ethan y la total ausencia de piedad, arrepentimiento o ira en sus ojos oscuros, un pánico primitivo la atenazó. El dolor de sus fracturas múltiples se volvió secundario ante el horror de comprender la verdad: Ethan Dragomir ya no era un hombre. Era un monstruo que no se detendría ante nada ni nadie.
Las fracturas de Amandine tardarían muchos meses en sanar, confinándola a una cama y apartándola definitivamente del tablero de París. Ethan se incorporó, se ajustó el abrigo negro y regresó caminando hacia su apartamento, dejando atrás el cuerpo quebrado de la mujer. El descarte de Amandine había sido limpio, un mero accidente del destino que le ahorraba el trabajo de deshacerse de ella.
Ahora, con el camino despejado y su capacidad de crueldad puesta a prueba, el transilvano podía concentrar toda su atención en el verdadero objetivo de su viaje: la demolición sistemática de Anelly Rosseau.