Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 1: A mi manera o nada
Hola, soy Benjamín Villanueva. Nací el 12 de marzo de 2003 en Armenia, Colombia. Tengo 23 años y, aunque desde afuera mi vida parece perfecta, la verdad es que todo lo que tengo ha venido con condiciones.
Mi papá es dueño de una empresa grande, de esas que no solo dan plata sino respeto. Desde pequeño me dejó claro que yo iba a heredarla. Nunca me preguntó si quería, simplemente era lo que me tocaba. Estudié lo que él quiso, aprendí de negocios desde pelado y me acostumbré a que todo en mi vida tuviera reglas.
Pero ese día… ese día sí se pasó.
Entré a su oficina como siempre.
—Apa, ¿sí me mandó a llamar o qué? —le dije, cerrando la puerta.
—Siéntese, Benjamín —respondió serio.
—Bueno, hable de una vez —dije, dejándome caer en la silla.
Me miró fijo, como calculando cada palabra.
—La empresa está lista para quedar en sus manos.
Sonreí leve.
—Por fin… ¿qué toca hacer?
—Cumplir una condición.
Se me quitó la sonrisa.
—¿Y ahora qué?
—Debe casarse.
Me quedé en silencio unos segundos… y luego me reí.
—No sea así, apa… ¿me está mamando gallo?
—Estoy hablando en serio.
—¿Casarme? ¿A los 23? No, eso sí está como loco.
—Es necesario —respondió firme—. Necesita estabilidad.
Negué con la cabeza.
—Yo ya soy responsable. He hecho todo lo que usted ha querido.
—No es suficiente.
Me levanté de la silla, caminando por la oficina.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces la empresa no será suya.
Ese silencio fue pesado. Porque yo sabía que no estaba jugando.
Pasé la mano por mi cara, pensando.
—Bueno… listo —dije al final—. Me caso.
Él asintió.
—Pero bajo mis condiciones.
—Lo escucho.
—Solo un año. Sin sentimientos, sin enredos. Cumplo y ya.
Se quedó pensando unos segundos.
—Un año… está bien.
Creí que ahí terminaba todo, pero no.
—Tiene 48 horas —añadió.
Fruncí el ceño.
—¿48 horas pa’ qué?
—Para elegir a la mujer.
Solté una risa corta.
—¿Elegir? ¿Cómo así?
—Le voy a presentar opciones. Familias aliadas, mujeres adecuadas. Usted decide.
Me quedé mirándolo, incrédulo.
—No, apa… eso sí no.
—¿Cómo que no?
—No me interesa ninguna opción suya.
—Benjamín…
—No, escúcheme —lo interrumpí—. Si me voy a casar, voy a elegir yo.
Él se quedó en silencio, serio.
—Tiene 48 horas para escoger de la lista —repitió.
Negué con la cabeza.
—No. Yo voy a buscar a alguien.
—Eso no está dentro del acuerdo.
—Pues ahora lo está —respondí firme—. Yo acepté casarme, sí… pero no voy a hacerlo con alguien que usted me imponga.
—Esto no es un juego.
—Y tampoco es una subasta —le dije—. No voy a elegir esposa como si fuera un negocio más.
El ambiente se puso tenso.
—Entonces está rechazando las condiciones —dijo él.
—No. Estoy ajustándolas.
Me acerqué al escritorio.
—Usted quiere que me case, listo. Yo me caso. Pero déjeme elegir a mi manera.
Se quedó mirándome, evaluando.
—Tiene 48 horas —dijo al fin—. Pero si no encuentra a alguien adecuado… vuelve a mis opciones.
Asentí.
—Listo.
Salí de esa oficina con la mente revuelta, pero con una cosa clara: no iba a dejar que también eligiera eso por mí.
Mi vida ya ha tenido suficientes imposiciones. Desde que murió mi mamá, cuando yo tenía 15 años, todo cambió. Me volví más frío, más independiente. No me gusta que me controlen ni depender de nadie.
He tenido relaciones, sí, pero nada serio. Yo no soy de enamorarme fácil, ni de andar en cuentos. Me gusta la tranquilidad, hacer lo mío sin complicaciones.
Y ahora tengo 48 horas para encontrar a alguien con quien casarme.
Esa misma noche, volví a cruzarme con mi papá.
—Más le vale que no pierda el tiempo —me dijo.
—Tranqui, apa —respondí—. Yo sé lo que hago.
—No subestime esto.
—Yo no subestimo nada —le dije—. Pero tampoco me voy a dejar imponer todo.
Se quedó en silencio.
—Recuerde que esto define su futuro.
Lo miré fijo.
—Precisamente por eso lo voy a hacer a mi manera.
Las horas empezaron a correr. 48 horas… suena mucho, pero no lo es cuando tienes que tomar una decisión así.
Y ahí estaba yo, por primera vez en mucho tiempo, tomando una decisión propia.
—Es solo un año —me repetía—. Solo un año.
Pero en el fondo sabía que esto podía cambiar más de lo que yo creía.
Porque una cosa es hacer un trato… y otra muy distinta es vivir con las consecuencias.
Y esta vez, la decisión era completamente mía.Mi papá siempre ha sido de decisiones rápidas, de los que no se ponen a dudar tanto. Él mismo se casó cuando tenía 19 años, y eso lo dice con orgullo, como si fuera una prueba de que desde joven tenía claro lo que quería. Según él, uno no puede quedarse pensando mucho las cosas, que la vida es pa’ tomar decisiones firmes y seguir derecho.
Cuando él decidió volver a casarse, mi mamá ya llevaba varios años de muerta. No fue algo que me consultara ni nada por el estilo, simplemente un día llegó con eso, como si fuera lo más normal del mundo. Yo me quedé como… bueno, ¿y ahora qué? Pero así es él, todo lo maneja como si fuera un negocio más.
Y con mi madrastra… la verdad, casi no nos llevamos. No es que haya problema ni nada, pero tampoco hay confianza. Vivimos en la misma casa, pero cada quien en su cuento. A lo mucho nos decimos “buenos días”, “buenas tardes” y “buenas noches”… y ya, no más. Es como convivir con alguien que está ahí, pero que realmente no hace parte de tu vida.