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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 21
Killa caminó hacia su habitación con los documentos bajo el brazo.
Las botas resonaban en el cemento, pero él apenas las escuchaba. Tenía la mente en otro lugar. En ella. En lo que diría. En cómo reaccionaría.
Llevaba los papeles como quien lleva una ofrenda. O una sentencia.
Empujó la puerta.
Dentro, Nox estaba sentada en el borde de la cama. El cuerpo encogido. Los brazos rodeando sus piernas. La mirada perdida en la ventana alta.
—Hola, mi amor —dijo Killa, con una voz que intentaba ser suave.
Nox no giró la cabeza.
Killa se acercó. Dejó los documentos sobre la cama, junto a ella.
—Debes firmar esto.
Nox bajó la vista. Leyó el encabezado. "Documento de Reclutamiento. Ejército Nacional."
Frunció el ceño. Agarró los papeles como si fueran un animal muerto.
—¿Reclutamiento? —preguntó, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Acaso te golpeaste la cabeza?
Killa no respondió.
Nox dejó los papeles a un lado. Los apartó como quien aparta una cucaracha.
—No voy a firmar esto.
—Debes firmar, Nox —dijo Killa.
Su voz sonó tranquila. Pero por dentro, algo empezaba a agitarse. Un cosquilleo extraño en el pecho. Una opresión en la garganta.
Nox lo miró a los ojos.
—No voy a firmar parte de este maldito sistema que mató a mi familia —dijo, clara, firme, con el odio brillándole en las pupilas.
Killa sintió un escalofrío.
No era frío del ambiente. Era otro frío. Uno que venía de adentro. Como si la sangre se le paralizara.
—Si no lo haces —dijo, con la voz más baja—, morirás.
Nox sostuvo su mirada.
No parpadeó.
—Lo sé —respondió—. Si debe ser así, que así sea.
El silencio cayó como un muro de cemento.
Killa sintió algo que no había sentido nunca en su vida.
Miedo.
No el miedo a la muerte. Eso lo conocía bien, y no le importaba.
Era otro miedo. Más profundo. Más oscuro.
Miedo a perderla.
Miedo a que ella eligiera la muerte antes que a él.
Miedo a quedarse solo otra vez con ese vacío gris que la había llenado antes de que ella apareciera.
Su corazón se aceleró. Las manos le temblaron apenas. La respiración se le volvió corta.
Ansiedad. Por primera vez en su vida.
—Nox —dijo, y su voz salió rota—. Por favor.
Se acercó a ella. Le sujetó el rostro con las manos. Sus dedos temblaban. Sus ojos, los que siempre fueron hielo, ahora parecían vidrio a punto de romperse.
—No seas idiota —dijo, con la voz entrecortada—. Firma, carajo.
La apretó con fuerza. Sus pulgares sobre sus mejillas. Su frente casi pegada a la de ella.
—Firma —susurró—. Por favor. No puedo perderte. No después de todo.
Nox lo miró.
Vio el miedo. La desesperación. El hombre que tenía delante no era el coronel despiadado. No era el verdugo. No era el perro de la dictadura.
Era un hombre rogando.
Y eso le dio más miedo que cualquier amenaza.
—Suéltame —dijo Nox, en voz baja.
Killa no la soltó.
—Firma —insistió, con los dientes apretados—. Firma o te juro que…
—¿Qué? —lo interrumpió ella—. ¿Me vas a matar? ¿Me vas a torturar? ¿Qué más puedes hacerme que no me hayas hecho ya?
Killa abrió la boca. Pero no salió ninguna palabra.
Porque era cierto.
No podía amenazarla con nada que no hubiera hecho ya.
No podía asustarla con la muerte porque ella la aceptaba.
No podía comprarla con dinero porque no le importaba.
No podía nada.
Por primera vez en su vida, Killa se sintió impotente.
Y ese sentimiento lo aterraba más que mil batallas.
—Nox —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Te necesito.
La soltó. Dio un paso atrás. Bajó la cabeza.
—No sé lo que me haces —dijo, mirando el suelo—. No sé por qué te necesito tanto. No sé por qué me duele pensar en que no estés.
Levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos. Vidriosos.
—Pero te necesito. Y no voy a dejarte morir. Aunque tenga que quemar esta mierda de cuartel con mis propias manos. Aunque tenga que matar a la élite entera. Aunque tenga que convertirme en el enemigo público número uno.
Se acercó de nuevo. Le tomó la mano. La que tenía la cicatriz en el dedo anular.
—Eres mía —dijo, con la voz rota pero firme—. Y los míos no se rinden. No se mueren. No se van.
Nox sintió cómo el corazón se le encogía.
No por él. No por Killa.
Por ella misma.
Porque en el fondo, en algún lugar oscuro que no quería mirar, algo en esas palabras le hacía sentido.
—Dame los papeles —dijo, en voz baja.
Killa levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Los papeles —repitió Nox, con los dientes apretados—. Dame los malditos papeles.
Killa se los dio con manos temblorosas.
Nox tomó la pluma. Miró el documento. Leyó la palabra "Reclutamiento". Leyó "Ejército Nacional". Leyó "Juramento a la bandera".
Sintió náuseas.
Pero pensó en Sofía.
Pensó en su hermana pequeña, sola, en una habitación del cuartel, esperándola.
Pensó en que si moría, Sofía se quedaba sola en el mundo.
Y firmó.
Su nombre. Luz. El que había dejado de usar.
—Nox —susurró Killa.
—No me llames así —dijo ella, sin mirarlo—. Eso se lo dejé a la rebelde que fui.
Killa tomó el documento. Lo miró. La firma. La tinta fresca.
Y por primera vez en años, sintió algo que no sabía nombrar.
Alivio.
Gratitud.
Algo caliente que le subía por el pecho.
—Gracias —dijo, en un hilo de voz.
Nox no respondió.
Se giró hacia la ventana. Miró la luz del sol que se filtraba por los barrotes.
—No me des las gracias —dijo—. Esto no es por ti.
—Lo sé —respondió Killa—. Pero igual.
Guardó los papeles en su chaqueta. Junto a la cinta negra.
Junto a todo lo que ella era.
Salió de la habitación.
Y en el pasillo, solo, con los documentos pegados al pecho, cerró los ojos y respiró hondo.
—Te tengo —susurró—. Ahora sí.
Pero por dentro, algo seguía temblando.
No era miedo.
Era la certeza de que, aunque la tuviera firmada, Nox nunca sería completamente suya.
Y eso, de alguna forma, lo excitaba más que poseerla.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...