Siempre hubo odio entre ellos. Desde el primer momento, las miradas estaban cargadas de desprecio, las palabras eran cuchillos y las peleas, inevitables. Eran enemigos por naturaleza… o eso creían.
Pero todo cambia cuando él descubre un secreto que nunca debió salir a la luz.
A partir de ese instante, la tensión deja de ser solo odio. Las emociones se vuelven confusas, peligrosas, irresistibles. Lo que antes era rechazo empieza a transformarse en algo mucho más intenso… algo que ninguno de los dos sabe cómo controlar.
¿Es posible que entre enemigos nazca el amor?
¿O todo es solo una ilusión provocada por lo que ahora los une?
En un mundo donde los instintos pueden más que la razón, cruzar esa línea podría cambiarlo todo… para siempre.
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Capitulo 16 : Daría mi vida por ti
Reí.
Una risa seca.
Vacía.
Sin una pizca de humor.
—Basta. En serio.
Mi voz salió helada.
Más de lo que pretendía.
El padre de Irán sonrió, como si disfrutara cada segundo.
—Sabés, Dante, los omegas son débiles porque se dejan gobernar por sus sentimientos.
Mis manos se cerraron en puños.
Pero antes de que pudiera responder, una voz conocida atravesó la tensión.
—No te atrevas a hablarle así.
Mi padre.
Alcé la vista y lo vi entrar acompañado por mis hombres y mi hermano.
El alivio duró apenas un instante.
El padre de Irán soltó una carcajada.
—Al fin el alfa de la familia vino a salvar a su pequeño cachorro.
Su sonrisa se ensanchó.
—Pero están en mi territorio.
Abrió los brazos con teatralidad.
—Están en desventaja.
Y lo peor…
Era que tenía razón.
...Dante (pensamiento)...
Odio cuando la gente desagradable tiene razón.
Entonces volvió a mirarme.
Y su expresión cambió.
Se volvió más oscura.
Más cruel.
—¿Sabés, Dante?
Sentí que algo malo estaba por venir.
Muy malo.
—Le enseñé a mi hijo a no tener debilidades.
Cada palabra cayó como una piedra.
—A no reaccionar a ellas.
Su mirada se deslizó hacia Irán.
—Por eso nunca tendrá un hijo.
El mundo pareció detenerse.
Mi respiración también.
Giré hacia Irán.
Esperando.
Negación.
Rabia.
Cualquier cosa.
Pero solo obtuve silencio.
—¿Qué?
Fue lo único que dijo.
Su padre sonrió, satisfecho por el caos que acababa de sembrar.
—Dice la verdad.
Continuó.
Como si estuviera comentando el clima.
—No pienso tener un hijo.
—Ni enamorarme a ese extremo.
—Cuando tenga uno, será únicamente para asegurar un heredero.
Mis dedos se aferraron con fuerza al mango del cuchillo.
...Dante (pensamiento)...
Claro.
Por supuesto.
Es Irán.
El hombre que tomaba lo que quería.
El que jamás pedía permiso.
El que nunca parecía necesitar nada.
Solté una pequeña risa.
Amarga.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Pregunté.
Mi voz sonó perfectamente estable.
Un milagro, considerando que por dentro todo acababa de agrietarse.
...Dante (pensamiento)...
No importa.
No debería importarme.
Miré a mi padre.
Luego a mis hombres.
Les hice una señal casi imperceptible.
Todo ocurrió en un segundo.
Lancé el cuchillo.
La hoja surcó el aire y dejó un corte junto al ojo del padre de Irán.
Al mismo tiempo, las luces se apagaron.
Oscuridad.
Caos.
Aproveché el instante.
Me acerqué lo suficiente para que solo él pudiera escucharme.
—Debiste matarme cuando mi madre estaba a punto de dar a luz.
Mi voz fue un susurro helado.
Lleno de años de odio.
—Ahora voy a hacerte pagar por todo lo que le hiciste.
Me aparté antes de que pudiera reaccionar.
Y, sin mirar atrás.
Me fui.
Con mi familia.
Con mis hombres.
De regreso a mi territorio.
Pero mientras me alejaba…
Había una sola cosa que no podía sacar de mi cabeza.
No era el padre de Irán.
Era Irán.
Y el silencio que había guardado.
La oscuridad duró apenas unos segundos.
Pero fueron suficientes.
...Irán ...
Cuando las luces regresaron, Dante ya no estaba.
Solo quedaban el eco de sus palabras.
Y una fina línea de sangre descendiendo por el rostro del padre de Irán.
El hombre pasó dos dedos por la herida.
Observó la sangre con una calma inquietante.
Luego sonrió.
Una sonrisa lenta.
Peligrosa.
—Tiene el temperamento de su madre.
Su voz sonaba casi complacida.
Como si acabara de presenciar algo digno de admiración.
Irán permaneció inmóvil.
La mandíbula tensa.
Los puños cerrados a ambos lados del cuerpo.
Sus feromonas seguían agitadas, densas, oscuras.
Peligrosas.
—Lo provocaste.
Su tono era bajo.
Controlado.
Demasiado controlado.
Su padre soltó una risa breve.
—Y funcionó.
Se volvió hacia él.
Esa mirada fría, calculadora, que había hecho temblar a hombres mucho más grandes.
—¿Te dolió escucharlo?
Irán no respondió enseguida.
Sus ojos seguían clavados en la puerta por la que Dante había salido.
Como si una parte de él todavía estuviera siguiéndolo.
—No deberías haber dicho eso.
Fue lo único que dijo.
Su padre arqueó una ceja.
—¿Qué parte?
Se acercó un paso.
—¿La de que no querés hijos?
Una sonrisa burlona apareció en sus labios.
—¿O la de que jamás te enamorarías?
Irán finalmente lo miró.
Y en sus ojos había algo peligroso.
Algo que incluso su padre reconoció al instante.
—No metas tu nariz en lo que no te corresponde.
El padre de Irán rio.
De verdad.
—Ah, así que sí te importa.
Irán no negó nada.
No podía.
No después de la expresión que había visto en el rostro de Dante.
No después de la forma en que había apretado el cuchillo.
...Iran (pensamiento) ...
Idiota…
No era así.
No es así.
—Te estás encariñando demasiado.
Comentó su padre.
Como quien habla del clima.
—Eso es una debilidad.
Irán avanzó hasta quedar frente a él.
Tan cerca que el aire entre ambos parecía cortarse.
—No confundas control con debilidad.
Su voz era puro acero.
—Y no vuelvas a tocarlo.
La sonrisa del hombre se ensanchó.
—¿O qué?
El silencio fue la única respuesta.
Pero bastó.
Por primera vez en mucho tiempo, el padre de Irán vio algo en los ojos de su hijo que le resultó verdaderamente interesante.
Una amenaza real.
Una que no provenía de un rival.
Sino de su propia sangre.
—Parece que finalmente encontraste algo que podría destruirte.
Murmuró con diversión.
Irán sostuvo su mirada.
Sin retroceder.
—O algo por lo que valga la pena destruirlo todo.
La sonrisa de su padre desapareció por un instante.
Solo por uno.
Luego volvió.
Más pequeña.
Más calculadora.
—Entonces procurá que no se convierta en ambas cosas.
Irán no respondió.
Se giró hacia la salida.
Su mente ya estaba lejos.
Con Dante.
Con su mirada herida.
Con las palabras que nunca había querido que escuchara.
...Irán (pensamiento)...
Voy a tener que arreglar esto.
Y, considerando su talento para empeorar las cosas…
Aquello prometía ser complicado.
...Dante ...
Anduve en mi moto a toda velocidad.
Sin rumbo.
Sin pensar.
Solo necesitaba alejarme.
Del territorio de Irán.
De su padre.
De sus palabras.
De todo.
El viento golpeaba mi rostro, pero no lograba despejar mi mente.
Nada podía hacerlo.
Hasta que mi estómago se revolvió de repente.
Frené bruscamente en medio de la nada.
El motor rugió una última vez antes de apagarse.
Apenas tuve tiempo de quitarme el casco cuando las náuseas me vencieron.
Vomité al costado del camino.
Una vez.
Y luego otra.
Mis manos temblaban cuando me limpié la boca.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
Silenciosas.
Incontrolables.
Me dejé caer de rodillas sobre la tierra.
La respiración entrecortada.
El pecho demasiado apretado.
Lentamente, apoyé una mano sobre mi vientre.
El gesto fue instintivo.
Natural.
Como si mi cuerpo lo hubiera sabido antes que mi mente.
—Lo siento, pequeño…\=Susurré.
Mi voz quebrándose.
...Dante (pensamiento)...
No era por vos.
Nunca fue por vos.
Una brisa suave me rodeó.
Ligera.
Cálida.
Y entonces lo sentí.
Ese aroma tenue.
Familiar.
Delicado.
Las pequeñas feromonas que habían aparecido antes.
Protegiéndome.
Respondiendo.
...Dante (pensamiento) ...
Eras vos…
Una risa temblorosa escapó entre mis lágrimas.
Incrédula.
Abrumada.
—Ya me estabas cuidando.
Apreté apenas la mano contra mi vientre.
Todavía me costaba creerlo.
Que realmente estuvieras ahí.
Creciendo.
Existiendo.
Cambiándolo todo.
—Te prometo ser fuerte.
Le dije al vacío.
O quizás no tan vacío.
—Como mi madre lo fue.
Recordarla ya no dolía igual.
Ahora la entendía.
Ahora sabía.
...Dante (pensamiento)...
Ahora entiendo por qué lo hizo.
Por qué eligió protegerme.
Mis lágrimas cayeron con más fuerza.
Pero esta vez no eran solo de miedo.
—Te prometo, pequeño…
Tragué saliva.
Mi voz apenas fue un hilo.
—Que daría mi vida por vos.
Y era verdad.
Una verdad absoluta.
Aterradora.
Hermosa.
¿Cómo era posible querer tanto a alguien que todavía no conocía?
A alguien que ni siquiera había nacido.
Y, sin embargo.
Ya eras mío.
Ya eras parte de mí.
Ya eras mi debilidad.
Y también mi mayor fortaleza.
...Dante (pensamiento)...
No voy a fallarte.
Jamás.
Me quedé allí unos minutos más.
Solo nosotros.
El viento.
Y el latido acelerado de un futuro que acababa de comenzar.