Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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La deuda
CAPÍTULO 5
El hospital olía a desinfectante y a secretos.
Matías odiaba los hospitales.
Odiaba la sensación de vulnerabilidad. Odiaba estar acostado mientras otros decidían sobre su cuerpo. Odiaba no tener el control.
Pero esa mañana no estaba pensando en eso.
Estaba pensando en una voz firme.
En unos ojos oscuros que no habían titubeado.
En la única persona que, sin saberlo, había alterado el resultado de un atentado.
—Consígueme su nombre completo —le dijo a Frank sin apartar la vista del techo.
Frank no necesitó preguntar de quién hablaba.
—Ya lo hice.
Matías giró la cabeza.
—Isabella Duarte. Veintidós años. Estudiante de medicina en la Universidad Nacional. Vive con su madre. Padre fallecido hace cinco años.
Matías guardó silencio.
No sabía qué esperaba sentir al escuchar esos datos.
Pero lo que sintió no fue cálculo.
Fue curiosidad.
—No quiero que la asusten —añadió.
Frank lo miró.
—¿Desde cuándo te preocupas por eso?
—Desde que alguien intentó matarme frente a ella.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Dos días después, Matías salió del hospital con el alta médica y una costilla vendada.
No avisó que iría a verla.
No pidió cita.
No planeó estrategia.
Eso era nuevo.
La universidad estaba llena cuando llegó.
Risas. Cafeterías. Libros.
Un mundo limpio.
Buscó con la mirada hasta encontrarla sentada bajo un árbol, concentrada en un cuaderno lleno de apuntes.
Sin maquillaje.
Sin artificios.
Real.
Se quedó observándola unos segundos más de lo necesario.
Y por primera vez en mucho tiempo… dudó.
Pero se acercó.
—¿Siempre salva desconocidos o tuve suerte?
Isabella levantó la vista.
Lo reconoció al instante.
Y no sonrió.
—Usted otra vez.
—Matías.
—No recuerdo haber pedido su nombre.
Él ladeó la cabeza, conteniendo una sonrisa.
—Ni yo el suyo. Pero aquí estamos.
Ella cerró el cuaderno con calma.
—Si viene a agradecer, ya lo hizo su amigo.
—No vine a agradecer.
Silencio breve.
—Vine a invitarla a un café.
Isabella lo miró con incredulidad.
—¿Perdón?
—Un café. No es una emboscada.
Ella cruzó los brazos.
—Casi muere hace tres días. No debería estar descansando en vez de coqueteando con su rescatista.
Él dio un paso más cerca.
—Si casi muero hace tres días, tal vez no quiero desperdiciar el tiempo.
Eso la tomó desprevenida.
Lo estudió.
No veía arrogancia.
Veía algo más difícil de definir.
—Un café —repitió él con voz más suave—. Solo eso.
Isabella dudó.
No porque estuviera impresionada.
Sino porque algo en su mirada no parecía mentira.
—Uno —dijo finalmente—. Y si se desmaya no pienso cargarlo.
Matías sonrió de verdad por primera vez desde que llegó a México.
El café no fue elegante.
Fue pequeño. Ruidoso. Con mesas demasiado juntas.
Perfecto.
Isabella hablaba con pasión cuando explicaba por qué eligió medicina.
—No me gusta la idea de quedarme mirando cuando alguien puede salvarse —dijo—. Prefiero hacer algo.
Matías la escuchaba.
Y algo en su interior, algo que había sido entrenado para ignorar emociones, comenzó a fracturarse.
—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿A qué se dedica realmente?
Ahí estaba.
La pregunta que podía cambiar todo.
Pero él no mintió completamente.
—Trabajo con mi familia.
—Eso no dice nada.
—Importaciones.
Técnicamente cierto.
Ella lo miró con sospecha ligera.
Pero no insistió.
Y eso lo alivió… y lo decepcionó al mismo tiempo.
Hablaron durante horas.
Sin máscaras.
Sin amenazas.
Sin imperios.
Solo dos personas.
Cuando salieron, el sol estaba bajando.
Caminaron unos metros en silencio.
—Gracias por el café —dijo ella finalmente.
—Gracias por salvarme.
Se detuvieron frente a la entrada del campus.
La tensión cambió.
No era miedo.
Era electricidad.
—Matías… —murmuró ella, como si probara su nombre.
Él dio un paso más cerca.
No la tocó.
Pero el aire entre ellos se volvió más denso.
—¿Qué pasó realmente ese día? —preguntó ella en voz baja.
Ahí estaba otra vez la verdad, esperando ser dicha.
Él la miró.
Y decidió, por primera vez en su vida…
Proteger algo que no fuera poder.
—Nada que deba preocuparte.
Error.
Ella frunció el ceño.
—No me gusta que me traten como frágil.
Y se dio la vuelta.
Matías se quedó inmóvil unos segundos.
Luego sonrió levemente.
No era frágil.
Era fuego.
Esa noche, desde un edificio cercano, alguien tomó fotografías de ellos caminando juntos.
La imagen llegó al teléfono del hombre de las llamadas.
Observó la cercanía.
La forma en que él la miraba.
—Interesante —susurró.
Tomó un marcador rojo.
Y trazó una línea entre las dos fotografías.
Matías.
Isabella.
—Todos caen igual.
Mientras tanto, Isabella caminaba a casa con el corazón latiendo demasiado rápido para ser solo adrenalina.
No sabía qué tenía ese hombre.
No sabía por qué sentía que detrás de su calma había tormenta.
Pero tampoco sabía por qué… quería volver a verlo.
Y en su habitación, mirando la ciudad desde su ventana, Matías entendió algo peligroso.
El atentado no lo había asustado.
Pero ella…
Ella sí podía hacerlo vulnerable.
Y aún no sabía cuánto.