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Lo Que El Silencio Esconde

Lo Que El Silencio Esconde

Status: Terminada
Genre:Apocalipsis / Aventura / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:507
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Lo que el silencio esconde

Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.

Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.

Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.

Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.

Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: El crepúsculo sin filtro

El sótano olía a humedad, a tabaco frío, a algo que ya no debería estar ahí.

Bruno —o como se llamara aquel hombre— encendió otro Malboro. La brasa iluminó su rostro por un instante. Pómulos marcados, ojos hundidos, una barba de tres días que nunca crecía del todo. Aspiró hondo y dejó que el humo se quedara un rato en sus pulmones, como un viejo amigo que no necesita hablar para ser comprendido.

Luego se levantó.

Caminó descalzo sobre el suelo de cemento. Los pies le crujían al pisar, no por el frío, sino por las pequeñas grietas que se habían ido formando con los años. Abrió el refrigerador. No era un electrodoméstico normal. Era viejo, de los que aún tenían el congelador arriba y la manija de metal oxidado. Había estado en aquel sótano desde antes de que él comprara la casa.

Sacó una porción de queso. No la miró. La mordió sin apartar los ojos de lo que había dentro del refrigerador.

Sobre la bandeja del centro, envuelta en plástico transparente como si fuera un producto más, había una cabeza.

Una cabeza inerte.

Los ojos abiertos. Vidriosos. Fijos en un punto que ya no existía. La boca entreabierta, como si quisiera decir algo que nadie escucharía jamás. La piel, cerúlea, casi translúcida bajo la luz mortecina del foco que colgaba del techo.

Bruno masticó el queso lentamente. No apartaba la mirada. La cabeza era de una mujer joven. O lo había sido. Ahora solo era un objeto. Un trofeo. Un recordatorio.

—Lo último que viste —murmuró, con la boca llena— fue mi rostro, ¿verdad?

Sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos. Una sonrisa que solo él entendía.

Cerró el refrigerador de una patada y se quedó allí, de pie, en medio del sótano. El humo del cigarro subía en espirales perezosas. El calor seguía siendo desquiciante, aunque afuera fuera de noche. Allí abajo, el tiempo no pasaba igual.

Bruno apoyó la espalda contra la pared y se dejó resbalar hasta quedar sentado en el suelo. El cigarro colgaba de sus labios. Cerró los ojos.

Y entonces llegó.

La necesidad.

No era sexual, al menos no de la forma en que la gente normal entiende el sexo. Era más primitiva. Más oscura. Era la necesidad de eyacular mediante el horror de la víctima. El clímax que solo llegaba cuando los ojos de la otra persona se llenaban de un dolor tan absoluto que ya no podían ver otra cosa.

—Ellas no entienden —susurró, como si alguien pudiera escucharle—. Pero yo sí. El dolor es el único lenguaje sincero.

Recordó la primera vez. Una niña. Doce años. Había llorado, suplicado, prometido no decir nada. Él no le creyó. Pero le gustó. No el llanto, no los gritos. Lo que le gustaba era ese momento justo antes de que se apagaran, cuando sus ojos se abrían como platos y él podía verse reflejado en ellos. Allí, en esa pupila dilatada, él era Dios. O algo mejor que Dios. Algo que podía crear y destruir en el mismo acto.

Abrió los ojos. La cabeza del refrigerador lo miraba desde el otro lado de la chapa. Él la había puesto allí. La había mirado mientras se desangraba. Y aquella noche, por primera vez en meses, había conseguido eyacular.

No sintió culpa. Nunca la sentía.

Solo vacío. Un vacío que solo se llenaba con más horror. Más dolor. Más miradas que se apagan.

—Necesito otra —dijo en voz alta, como si se lo recordara a sí mismo—. Pronto.

Apagó el cigarro contra el suelo de cemento. La brasa chisporroteó y murió, como tantas otras cosas en aquel sótano.

Se levantó. Fue al refrigerador. Abrió la puerta y miró la cabeza una vez más.

—Todavía no. Aún no estás podrida del todo.

Cerró. Salió del sótano. Subió las escaleras. Afuera, la noche seguía siendo noche. Pero él ya estaba pensando en la siguiente.

En la niña de la biblioteca.

En Lucía.

—Pronto, preciosa —susurró, mientras encendía otro Malboro—. Pronto serás tú quien me mire desde el refrigerador.

O quizá no. Quizá ella fuera diferente. Quizá ella fuera la única que pudiera llenar ese vacío sin necesidad de morir.

Esa era la parte más retorcida de su enfermedad: no sabía si quería matarla o salvarla.

Quizá las dos cosas.

Quizá una después de la otra.

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