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Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

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Capítulo 05

La Plaza de la Concordia, en el corazón de Solis, era un anfiteatro de piedra blanca diseñado para que el pueblo adorara al sol, pero bajo el mandato del Canciller Valerius, se había convertido en un escaparate de miedo. El aire de la tarde era espeso, cargado con el olor a incienso barato y el sudor de una multitud obligada a presenciar lo que el régimen llamaba «Actos de Purificación».

Helios observaba desde la sombra de una arcada, con la capucha echada hacia delante. A su lado, Caius mantenía la mano sobre el pomo de su espada, los ojos fijos en el cadalso de madera que se alzaba en el centro de la plaza.

—Es una trampa, mi señor —susurró Caius—. Han traído a esos prisioneros solo para atraer a los descontentos. Si intervenimos, revelaremos nuestra posición antes de estar listos.

Helios apretó la mandíbula. Sobre el cadalso, tres hombres y una mujer joven, encadenados y cubiertos de suciedad, aguardaban su destino. No eran criminales; eran antiguos escribas y sirvientes de la Casa Voran, leales que se habían negado a jurar fidelidad al nuevo régimen.

—La paciencia es una virtud de los que no tienen nada que perder —respondió Helios, con una voz que vibraba con una furia contenida—. Yo ya lo perdí todo. Lo que queda es deuda.

Un hombre gordo y envuelto en sedas escarlata —el Magistrado Aris— se adelantó al borde de la plataforma. Su voz, amplificada por un artefacto de resonancia mágica, tronó por toda la plaza.

—¡Ciudadanos de Solis! —gritó Aris—. Estos traidores han esparcido mentiras sobre el regreso de un espectro, un príncipe muerto que solo traería guerra a nuestras puertas. El Canciller es clemencia, pero la clemencia tiene un límite. ¡Que la luz purifique sus pecados!

Un grupo de "Quemadores", hechiceros de bajo nivel al servicio del Consejo, se adelantó con las manos encendidas en un fuego azul violáceo, una llama artificial y corrupta que no nacía del sol, sino de la manipulación de esencias oscuras. La multitud soltó un jadeo colectivo. Algunos cerraron los ojos; otros, empujados por el hambre y la desesperación, lanzaron insultos para ganarse el favor de los guardias.

Justo cuando el primer Quemador levantó su mano hacia la joven encadenada, una ráfaga de calor abrasador cruzó la plaza. No fue un fuego azul, sino una lengua de oro líquido, pura e incandescente, que impactó contra el brazo del ejecutor, desintegrando el proyectil mágico antes de que tocara a la mujer.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el grito de dolor del hechicero cuya mano humeaba.

Helios caminó hacia el centro de la plaza. Con cada paso, se despojaba de la capa gris, dejando que el sol de la tarde golpeara su armadura de cuero reforzado y el emblema del león solar que llevaba grabado en el pecho. No era un fantasma. Era una presencia física que parecía absorber la luz de su alrededor.

—¿Quién se atreve a profanar el juicio del Consejo? —chilló el Magistrado Aris, aunque sus rodillas empezaron a temblar.

—Yo no profano —dijo Helios, su voz proyectándose sin necesidad de magia, llenando cada rincón de la plaza—. Yo reclamo.

—¡Es él! —alguien gritó entre la multitud—. ¡Es el León!

Los guardias de la ciudad, los mismos que habían negado su entrada al palacio horas antes, cargaron contra él. Eran al menos veinte, una marea de acero y escudos. Helios no retrocedió. Desenvainó su mandoble, una hoja pesada que comenzó a brillar con un resplandor ámbar.

El primer guardia que lo alcanzó voló por los aires cuando Helios giró sobre sus talones, enviando una onda de choque térmica que dobló el metal del escudo del soldado como si fuera cera. Se movía con una fluidez aterradora, un baile de muerte que combinaba la fuerza bruta de un guerrero del exilio con la elegancia de un príncipe de sangre pura.

—¡Matadlo! ¡Cien monedas de oro por su cabeza! —bramó Aris desde el cadalso.

Pero algo inesperado sucedió. Un grupo de mercenarios que estaba mezclado entre la multitud —hombres que Helios no reconoció de inmediato— sacaron dagas y ballestas. Sin previo aviso, empezaron a disparar no contra Helios, sino contra la multitud de ciudadanos.

—¡Es un ataque! —gritó una mujer, cayendo con una flecha en el hombro—. ¡El príncipe ha traído a sus asesinos!

Helios se detuvo en seco, decapitando a un guardia antes de girarse hacia el caos. Maldijo entre dientes. Era una jugada del Canciller: un ataque de falsa bandera para culparlo de la masacre de su propio pueblo.

—¡Caius, protege el flanco izquierdo! ¡Sacad a la gente de la plaza! —ordenó Helios.

Vio a un mercenario levantar su espada sobre un niño que había tropezado en la huida. Helios no lo pensó. Extendió su mano izquierda y una columna de fuego solar surgió del suelo, incinerando al atacante antes de que la hoja descendiera. El calor fue tan intenso que el pavimento de piedra se resquebrajó.

Helios corrió hacia el cadalso, abriéndose paso entre los mercenarios. Su sangre hervía, literalmente. El poder de los Voran, despertado por la adrenalina y la indignación, corría por sus venas como lava. Sus ojos no eran solo ámbar; ahora eran dos soles en miniatura que quemaban a quien se atreviera a mirarlos de frente.

Saltó sobre la plataforma del cadalso con una potencia sobrehumana. El Magistrado Aris intentó huir, pero Helios lo agarró por el cuello de su túnica de seda. Con la otra mano, cortó las cadenas de los prisioneros con un solo tajo envuelto en fuego.

—Mírame, Aris —gruñó Helios, acercando el rostro del magistrado al suyo. El olor a carne chamuscada empezó a emanar de donde los dedos de Helios tocaban el cuello del hombre—. Mira a la gente que estás matando en mi nombre.

—Yo... yo solo seguía órdenes... —gimoteó el hombre, empapándose en su propio miedo.

Helios lo lanzó fuera de la plataforma, directo a las manos de la multitud enfurecida que, al darse cuenta de que los guardias y mercenarios eran los que disparaban, habían empezado a defenderse.

—¡Gente de Solis! —rugió Helios, alzando su espada bañada en llamas doradas—. ¡Mirad a vuestros protectores! ¡Mirad cómo os sacrifican para mantener sus privilegios! ¡Yo soy Helios Voran, y he vuelto no para gobernar sobre vuestras cenizas, sino para quemar a quienes os oprimen!

El efecto fue inmediato. El miedo que antes atenazaba a la población se transformó en un rugido de desafío. Los ciudadanos, armados con piedras y herramientas, se lanzaron contra los mercenarios y los guardias que quedaban. La plaza se convirtió en un campo de batalla, pero Helios era el epicentro, la muralla de fuego que protegía a los débiles.

Salvó a una anciana de ser aplastada por un caballo, detuvo una lluvia de flechas con un escudo de calor y, finalmente, se quedó solo en el centro de la plaza cuando los restos de las fuerzas del Consejo se retiraron hacia la seguridad de los muros del palacio.

Jadeando, con el pecho subiendo y bajando y el sudor mezclado con la sangre de sus enemigos, Helios bajó su espada. El silencio volvió a caer sobre la Plaza de la Concordia, pero era un silencio diferente. Ya no había sumisión.

La joven que había estado a punto de ser ejecutada se acercó a él. Tenía el rostro manchado de hollín, pero sus ojos brillaban con una devoción que Helios encontró inquietante. Se arrodilló ante él y besó el borde de su capa quemada.

—Nos has salvado, mi señor —susurró ella—. El sol ha vuelto.

Helios la miró, pero no ofreció palabras de consuelo. Su mirada se desvió hacia un balcón distante, en una de las casas nobles que bordeaban la plaza. Allí, entre las sombras de las cortinas de terciopelo, vio una figura familiar.

Lady Mirea lo observaba. No había miedo en su rostro, sino una sonrisa enigmática, casi de aprobación. Sostuvo su mirada por un segundo antes de retirarse a la oscuridad de su cámara.

Helios sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura. Sabía que esta victoria pública era un arma de doble filo. Había dejado de ser un rumor para convertirse en un salvador peligroso, una figura que el pueblo seguiría hasta la muerte, pero que los nobles intentarían destruir con cada gramo de su influencia.

Caius se acercó, limpiando su daga en un trapo.

—Lo has hecho, Helios. Toda la ciudad hablará de esto antes del anochecer.

—Lo sé —respondió Helios, envainando su espada con un sonido metálico final—. Y por eso, esta noche la ciudad será un lugar muy peligroso para mí. Busquemos a Mirea. Ella prometió información, y después de este baño de sangre, el precio de esa información acaba de subir.

Caminaron entre los heridos, Helios deteniéndose aquí y allá para poner una mano sobre un hombro o dirigir a alguien hacia un médico improvisado. No lo hacía por bondad —se decía a sí mismo—, sino por estrategia. Un rey necesitaba súbditos vivos. Pero en el fondo de su mente, el contacto con la gente, el agradecimiento en sus voces rotas, empezó a agrietar la coraza de hielo que se había construido en el exilio.

La venganza era su motor, pero Solis... Solis era su alma. Y por primera vez en diez años, Helios sintió que su alma reclamaba algo más que sangre. Reclamaba un futuro.

A lo lejos, las campanas del Gran Templo empezaron a doblar, una señal de alarma que recorrió toda la capital. El juego político había terminado; la guerra por el sol acababa de comenzar.

1
Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
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