"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 5: El Cristal Empañado
Los días en el pueblo se habían vuelto un campo de minas para Bianca. Cada vez que salía de su casa para comprar lo necesario para sus hermanas, sentía la mirada de Santiago siguiéndola desde la cerca, cargada de una mezcla de súplica y reproche. Ella lo esquivaba con una crueldad necesaria; caminaba más rápido, bajaba la vista o fingía no oír cuando él la llamaba por su nombre.
— ¡Bianca, solo quiero hablar! —le gritó él una tarde, con la voz quebrada por la impotencia.
Ella no se detuvo. No podía. Cada palabra que intercambiara con él era un clavo más en el ataúd de Santiago si Andrés se enteraba. Pero el silencio de Bianca estaba empujando a Santiago hacia un abismo oscuro.
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La Noche de la Perdición
Esa noche en "El Olimpo", el ambiente era inusualmente denso. Bianca estaba en su puesto habitual, cerca de la zona VIP, bajo la vigilancia constante de los hombres de Andrés. De repente, un alboroto en la entrada principal llamó su atención.
Un hombre entró tropezando, con la ropa desaliñada y el fuerte olor a aguardiente precediéndolo. Bianca sintió que el mundo se detenía. Era Santiago. Jamás lo había visto así; su vecino, el hombre que olía a tierra y honestidad, ahora tenía los ojos inyectados en sangre y la voluntad rota por la borrachera.
— ¡Quiero ver a Flor! —gritaba Santiago, forcejeando con los guardias—. ¡Sé que está aquí! ¡Sé que mi Bianca está en este maldito lugar!
Bianca se ocultó tras una columna, con el corazón martilleando contra sus costillas. El terror la paralizó: si Andrés lo veía, Santiago no saldría vivo del club.
— Sáquenlo de aquí —ordenó Elena, la Madame, acercándose con desprecio—. O mejor... si tiene dinero, que se divierta. Gaby, encárgate de este campesino.
Gaby, la eterna rival de Bianca, vio la oportunidad perfecta para herirla. Sabía perfectamente quién era ese hombre para "Flor". Con una sonrisa depredadora, se acercó a Santiago, rodeando su cuello con sus brazos cargados de perfume barato.
— Ven conmigo, cariño —le susurró Gaby al oído, mientras le quitaba la botella de la mano—. Yo te haré olvidar a esa Bianca que tanto te hace sufrir.
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La Puñalada del Desengaño
Bianca observó desde las sombras, con las lágrimas quemándole los ojos. Esperaba que Santiago la rechazara, que su amor por ella fuera más fuerte que el alcohol. Pero Santiago, en su delirio y su dolor por el rechazo constante de Bianca, se dejó llevar. Vio en Gaby un refugio fácil para su despecho.
Lo vio besarla con una torpeza desesperada. Vio cómo Gaby lo guiaba hacia los pasillos traseros, lanzándole a Bianca una mirada de triunfo por encima del hombro de Santiago.
Él no la buscó más. Se perdió en los brazos de la mujer que más odiaba a Bianca, en el mismo lugar que ella consideraba su infierno personal para salvarlo a él.
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La Reacción de Andrés
— Patético, ¿no crees? —la voz de Don Andrés surgió a sus espaldas, fría y satisfecha.
Bianca se sobresaltó, limpiándose las lágrimas con rabia. Andrés estaba allí, observando la escena con una sonrisa gélida. Él lo había planeado, o al menos, lo estaba disfrutando.
— Ese es tu "gran amor", Bianca —continuó Andrés, rodeando la cintura de ella con un brazo de hierro—. Un hombre que cambia su devoción por una noche de copas y una mujer cualquiera. ¿Ves por qué me perteneces? Yo no me rindo, yo no me emborracho para olvidarte. Yo te tomo.
Bianca no respondió. El dolor de la traición de Santiago era un peso muerto en su estómago. Se sentía estúpida por haber intentado proteger una pureza que ya no existía. Santiago había cruzado la línea; había entrado al lodo por voluntad propia.
— Tienes razón, Andrés —dijo Bianca, con una voz que sonaba a cristal roto—. Ya no queda nada que proteger en ese pueblo.
Andrés la obligó a mirarlo, complacido por la amargura en sus ojos.
— Esa es mi Flor. Ahora, olvida al campesino. Esta noche, vamos a celebrar que finalmente has entendido quién es el único hombre que puede darte lo que necesitas.
Bianca se dejó llevar por Andrés hacia la pista, pero su mirada se quedó fija en el pasillo donde Santiago había desaparecido. La última pizca de la niña de pueblo había muerto esa noche. La espina se había vuelto negra.