En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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¿Casualidad?
En su viejo apartamento, Anya estaba inquieta, aterrada por la persecución a la que un hombre aparentemente desquiciado como Ian la estaba sometiendo. Cada sombra en los rincones de su sala parecía tomar la forma de su gabardina empapada. Debía ponerle punto final a esa situación; no podía permitir que un extraño perturbara su paz y su carrera. Con esa determinación golpeándole las sienes, decidió que iría a poner la denuncia apenas el sol saliera.
Buscando un gramo de seguridad, se retiró a su habitación dejando la puerta abierta, la misma que le daba una visión clara hacia la puerta de entrada, como si vigilar el umbral pudiera mantener a raya a los fantasmas. No supo en qué momento el cansancio venció a la ansiedad y quedó profundamente dormida, pero los sueños que invadieron su descanso fueron más vívidos y dolorosos que cualquier realidad.
En el pasado
—Eres la mujer más hermosa que jamás he visto —susurró Ian al oído de la joven.
El escenario era una habitación bañada por la luz ámbar de las velas, con el sonido de un gramófono lejano y el repiqueteo de la lluvia de 1926 contra el cristal. Anya no reconoció el rostro de la mujer en la cama, pero sentía que era ella misma. No sabía cómo explicarlo, pero cada una de sus células le gritaba que ese cuerpo era su envase original, y que esa piel era su propia piel.
—Y usted es un seductor sin remedio —respondió la joven con un leve coqueteo, mientras sus dedos acariciaban la nuca de aquel hombre que se veía idéntico al detective Vásquez.
—Deberíamos escapar y olvidarnos de todo; es la mejor manera que tenemos para defender lo nuestro —propuso Ian. Sus ojos, cargados de una esperanza que Anya no había visto en el hospital, brillaban con una devoción absoluta.
—Sabes que no puedo hacer eso... —murmuró ella, con una tristeza que le oprimió el pecho.
La joven no terminó de hablar; fue callada por un apasionado beso de su amante. Ella sucumbió ante el placer que este hombre la hacía sentir, manteniendo los ojos cerrados, dejándose llevar por cada caricia y cada gemido que escapaba de ellos. Era una danza de siglos, un reconocimiento que iba más allá del tiempo.
Al abrir los ojos, su mirada se desvió hacia el espejo al lado de la cama, y lo que vio la dejó paralizada. En el reflejo, la imagen se volvió nítida: era ella, la doctora Anya Linares del presente, y el detective Vásquez, compartiendo un momento tan íntimo que le robaba el aliento. Ella parecía disfrutarlo, anhelando con desesperación que ese instante no terminara jamás.
En el presente
Anya despertó de golpe por el sonido estridente de su alarma. Su corazón golpeaba sus costillas con violencia y la marca en su mano derecha le quemaba tanto como el fuego de la pasión que acababa de experimentar en sus sueños.
Salió de la cama con movimientos torpes, corriendo al baño para enfrentarse a su reflejo. Su rostro aún ardía y podía verse sonrojado, sus labios se sentían hinchados como si el beso hubiera sido real. Abrió el grifo y lavó su cara con agua fría, tratando de recuperar la cordura que parecía escurrirse entre sus dedos.
—¿Qué me está pasando? —le preguntó a su propia imagen en el espejo—. ¿Cómo pude soñar algo así con ese hombre? Ni siquiera lo conozco... no así.
Trató de convencerse de que todo era producto del agotamiento, del estrés postraumático de la cirugía y de la intrusión de Ian en su vida. Entró a la ducha y, bajo el chorro de agua fría, se cuestionó a sí misma. Sentía que estaba perdiendo la razón, que las fronteras entre lo que era real y lo que su mente inventaba se estaban desmoronando.
Se vistió mecánicamente para ir a la comisaría. Sin embargo, al salir de la ducha, vio algo que la detuvo en seco. Sobre su mesa de noche, donde antes no había nada, descansaba una pequeña flor de jazmín, fresca y blanca, desprendiendo ese aroma que ya no podía soportar.
La puerta de entrada seguía cerrada con todos los cerrojos. No había forma de que alguien hubiera entrado.
Anya tomó la flor con manos temblorosas. El miedo volvió, pero esta vez mezclado con una duda corrosiva. ¿Y si el detective no era el que estaba loco? ¿Y si el acta, el sueño y la marca eran partes de una verdad que ella misma se había obligado a olvidar?
Guardó la flor en su bolsillo. La denuncia tendría que esperar. Primero, tenía que ir a la habitación 402. Necesitaba saber si el mundo era tan extraño como Ian Vásquez decía.
Al salir de su apartamento con la mente hecha un nudo, Anya chocó de frente con la figura de un hombre alto que bloqueaba el pasillo. Sus ojos eran tan oscuros que parecían absorber la poca luz del corredor, transmitiendo una frialdad que la hizo estremecer.
—Lo siento, no lo vi venir —dijo ella, retrocediendo de inmediato para marcar distancia con el desconocido.
—Tenga más cuidado, doctora —comentó el sujeto con una voz plana, casi mecánica—. Estamos en un mundo donde un simple choque podría cambiar el curso de la historia.
Anya se quedó paralizada. El comentario era demasiado frío, demasiado similar al tono que Ian había usado horas antes.
—¿Cómo supo que soy doctora? —preguntó ella, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba.
El sujeto dio un paso hacia ella, obligándola a retroceder contra el marco de su propia puerta.
—Fácil. Tiene su identificación colgada del cuello —susurró el desconocido, extendiendo una mano pálida para tomar el gafete de Anya que reposaba sobre su pecho—. Es un placer conocerla, doctora Anya. Soy su nuevo vecino del apartamento de enfrente. Estoy a sus órdenes para lo que necesite.
Anya forzó una sonrisa tensa y asintió, tratando de recuperar el aire.
—Gracias... voy tarde al trabajo, lo siento.
Se despidió con rapidez, sintiendo una punzada de incomodidad que le recorría la espalda. Aquel hombre no le daba buena espina; había algo en su mirada que no encajaba con la amabilidad de un vecino nuevo. Se sentía observada, no por curiosidad, sino por vigilancia.
Salió a la calle y caminó casi trotando hasta el estacionamiento donde se encontraba su auto. Necesitaba entretener su mente, salir de ese edificio que ahora parecía estar lleno de sombras. Conducir por la ciudad siempre la relajaba, pero hoy, el tráfico parecía una jaula y cada rostro que veía por el retrovisor le recordaba al detective o al vecino.
Después de una hora de trayecto, finalmente llegó al hospital. Sandra, su compañera de turno y una de las pocas personas en las que confiaba, la saludó en la estación de enfermería.
—Hola, jefa. Te ves horrible —soltó Sandra con una sonrisa pícara—. ¿Acaso no descansaste bien anoche? ¿O finalmente decidiste darle una oportunidad a tu vida social?
—Déjate de cuentos, Sandra. Me han pasado cosas muy extrañas y ahora lo único que quiero es enfocarme en trabajar —respondió Anya, dejando su bolso con un golpe seco sobre el mostrador. Se sentía abrumada, al borde de un colapso que no podía permitirse.
—Como usted diga, jefa —susurró Sandra, bajando el tono pero manteniendo la picardía—. Entonces, a trabajar. Tiene un caso en la habitación 402. Un anciano de ochenta años que ingresó esta madrugada por una arritmia...
Anya dejó de escuchar el resto de la descripción médica. El ruido del hospital se volvió un murmullo lejano mientras el número de la habitación golpeaba su cerebro como un martillo.
402.
Era exactamente el número que el detective Vásquez le había dicho la noche anterior. No podía ser una coincidencia. El miedo que había intentado sofocar durante el trayecto volvió a encenderse con una fuerza renovada.