Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 14: La distancia necesaria
El correo llegó un martes a las nueve de la mañana.
Urgente. Crisis en la sede de Milán. Se requiere su presencia inmediata. Vuelo reservado a las 14:00. Tres días mínimo.
Monserrat lo leyó una vez.
Dos veces.
La tercera fue para revisar la fecha, el remitente, la hora, cualquier detalle que pudiera explicar por qué eso estaba pasando justo ahora.
Ahora.
Justo cuando el proyecto con Dorian había llegado al punto en que tenían que decidir juntos la iluminación de la sala principal.
Justo cuando habían quedado en verse al día siguiente en la galería para ultimar los detalles.
Justo cuando…
Dejó el teléfono sobre la mesa.
La cocina estaba igual que siempre. La luz de la mañana avanzando sobre el mantel. La taza de café humeando. Valentina al otro lado de la mesa, leyendo sus informes, ajena a todo.
—¿Problemas? —preguntó Valentina sin levantar la vista.
—Milán. Una crisis. Tengo que ir.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres días.
Valentina asintió. Para ella, aquello era normal. Las crisis, los viajes, las urgencias. Parte del engranaje.
Monserrat bebió un sorbo de café. Estaba en la temperatura exacta. Como siempre.
Pero, mientras el café bajaba por su garganta, algo más descendió con él. Una conciencia incómoda. Un patrón.
La foto.
La presión de Valentina.
La propuesta de Alessandro.
Y ahora esto.
Justo cuando…
No. No podía ser.
No tenía sentido.
Eran eventos separados, explicables, normales en una vida como la suya. Las crisis ocurrían. Las familias presionaban. Las fotos aparecían.
Pero la sensación no se fue.
Se quedó ahí, instalada entre el pecho y el estómago, como una piedra pequeña que no pesa, pero se nota.
—Vale —dijo, levantándose—. Voy a hacer la maleta.
Salió del comedor sin terminar el café.
Milán era una ciudad que Monserrat conocía lo suficiente para no necesitarla.
Edificios modernos. Calles rectas. Un ritmo distinto al de Florencia.
Menos historia, más prisa.
Menos piedra, más cristal.
Menos ella.
El hotel era anónimo, confortable, idéntico a todos los hoteles donde se alojaba cuando viajaba por trabajo.
La habitación tenía una cama grande, una mesa para trabajar y una ventana que daba a una calle sin nombre para ella.
Colgó el abrigo en el armario.
Dejó el neceser en el baño.
Abrió el ordenador.
La crisis era real.
Números que no cuadraban. Un cliente insatisfecho. Un equipo local que había tomado decisiones sin consultar.
Nada que ella no pudiera resolver.
Nada que no hubiera resuelto antes.
Las reuniones ocuparon el primer día. El segundo también.
Informes.
Llamadas.
Negociaciones.
Monserrat era buena en aquello. Lo hacía con la eficiencia de quien ha aprendido a separar el problema de la emoción.
Pero en los huecos —en los momentos entre reuniones, en el hotel de noche o en el taxi entre edificios— su mente hacía algo que no controlaba.
Volvía.
A la obra.
A la pared.
A los tablones y los bocadillos.
A la voz de él diciendo:
—El arte te obliga a mirar dentro.
A la manera en que sus manos señalaban los planos.
A la conciencia de su hombro a centímetros del suyo.
No eran pensamientos.
Eran imágenes.
Llegaban sin avisar, sin contexto, y se instalaban un momento antes de irse.
No las apartaba.
No las retenía.
Solo las dejaba estar.
Y eso, se dio cuenta la segunda noche, era nuevo.
El segundo día, a las siete de la tarde, sonó el teléfono.
No una llamada.
Un mensaje.
El nombre en la pantalla hizo que su respiración cambiara sin que ella lo decidiera.
Dorian D’Angello.
Lo abrió.
Dorian:
Sobre la iluminación de la sala principal. Necesitamos decidir antes del viernes para encargar los focos.
¿Podemos resolverlo por mensaje?
Monserrat leyó el mensaje tres veces.
La primera para procesar las palabras.
La segunda para buscar el subtexto.
La tercera para decidir si respondería.
Monserrat:
Dígame las opciones que baraja.
La respuesta llegó en segundos.
Dorian:
Dos. La que usted dijo, con focos direccionales desde el techo.
O la mía, con luz indirecta desde las paredes.
La suya es más potente.
La mía más sutil.
¿Cuál prefiere?
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, involuntaria, que desapareció antes de poder nombrarla.
Monserrat:
La suya es más cara.
Dorian:
El coste no es problema. Ya lo sabe.
Monserrat:
También sé que no lo hace por mí.
Dorian:
Ya lo sabe. Por eso puedo decirlo.
Se quedó mirando la pantalla. El cursor parpadeaba, esperando.
Las palabras de él flotaban en el aire de la habitación de hotel, tan presentes como si estuviera allí.
Monserrat:
La iluminación desde las paredes resaltará mejor la textura.
La suya es mejor.
La pared.
Sí.
La pared.
Un silencio digital.
Luego:
Dorian:
El espacio quedará mejor de lo que esperábamos.
Dorian:
Usted tenía razón sobre la pared.
Monserrat:
No la escuchó cuando dije lo mismo en voz alta.
Dorian:
La escuché. Tardé en admitirlo.
Monserrat:
¿Hay diferencia?
Ella tardó en responder.
Sus dedos sobre la pantalla temblaban ligeramente.
Monserrat:
Bastante. Admitirlo en voz alta lo vuelve real.
Dorian:
¿Como cuando reconoces algo que no quieres reconocer?
Monserrat:
Exactamente como eso.
Otra pausa.
Más larga.
Dorian:
Entonces… prefiere no admitirlo.
Miró la frase.
Las palabras eran simples, pero el peso que cargaban no lo era.
Monserrat:
Prefiero… estar en Milán tres días más.
La respuesta llegó inmediata.
Dorian:
Entiendo.
Otra pausa.
Dorian:
Buenas noches, Monserrat.
Monserrat:
Buenas noches.
Apagó la pantalla.
La habitación estaba en silencio.
El ruido de la calle, amortiguado por el doble vidrio, llegaba como un rumor lejano.
Ella se quedó sentada en la cama, con el teléfono en la mano, sintiendo los latidos del corazón en un lugar que no sabía nombrar.
No había mentido.
Prefería estar allí.
Apagó la luz.
El tercer día pasó volando.
Las reuniones se resolvieron.
El cliente quedó satisfecho.
El equipo local prometió no volver a tomar decisiones sin consultar.
Todo volvió a su sitio.
Monserrat tomó el tren de vuelta a Florencia a las seis de la tarde.
Se sentó junto a la ventana, mirando el paisaje pasar.
La llanura.
Las colinas.
Los pueblos que se sucedían sin prisa.
El cielo empezaba a oscurecerse y los primeros puntos de luz aparecían en las ventanas de las casas.
Pensó en Florencia.
En su luz.
En sus calles.
En sus piedras.
En las grietas del techo de su habitación.
En el vacío que siempre estaba ahí.
Y entonces, sin querer, sin decidirlo, se dio cuenta de algo.
Estaba buscando.
No sabía qué.
Pero algo en ella —en algún lugar que no controlaba— buscaba una presencia en el paisaje.
Como si esperara verlo en alguna estación, en algún andén, en alguna calle que el tren atravesaba a toda velocidad.
No lo buscaba a él literalmente.
Buscaba la certeza de que él estaba allí.
En Florencia.
Esperando.
El andén estaba lleno de gente cuando bajó del tren.
Maletas.
Prisas.
Reencuentros.
Gente que se abrazaba, que se besaba, que se alegraba de verse después de días separados.
Monserrat caminó entre ellos con su bolso de viaje, sintiéndose al mismo tiempo parte y fuera de todo.
Buscó el móvil en el bolsillo.
Dos mensajes.
Alessandro:
Bienvenida a casa. Te espero para cenar. Te he echado de menos.
El segundo, enviado cinco minutos antes.
Dorian:
El equipo retoma mañana. Espero que el viaje haya ido bien.
Monserrat se quedó de pie en medio del andén, con la gente pasando a su alrededor, mirando los dos mensajes en la pantalla.
Uno decía te espero.
El otro decía espero que el viaje haya ido bien.
Uno era de él.
El otro también.
Pero no significaban lo mismo.
Sus dedos sobre la pantalla no sabían a quién responder primero.
La gente seguía pasando.
Los trenes llegaban y partían.
La vida seguía.
Ella permaneció quieta, con el teléfono en la mano, mirando los dos nombres.
No era lo mismo.
No eran lo mismo.
Alessandro la esperaba en la puerta de la estación.
Cuando la vio, su rostro se iluminó con esa sonrisa que ella conocía, la que era solo para ella. La que había visto miles de veces y que siempre le había parecido lo mejor de él.
—Monse.
Cruzó los pocos metros que los separaban y la abrazó.
Fuerte.
Largo.
Como si hubieran pasado meses sin verse, no tres días.
—Te he echado de menos —dijo contra su pelo.
Ella sintió el calor de su cuerpo, la familiaridad de sus brazos, el olor de siempre.
—Yo también —dijo.
No era mentira.
Lo había echado de menos.
Lo echaba de menos siempre, de esa manera tranquila y estable que tenía su amor.
Pero mientras lo decía, mientras sus brazos rodeaban su cuello, otra imagen llegó sin avisar.
Alessandro se separó lo justo para mirarla a los ojos.
Le sostuvo el rostro con las dos manos, con esa ternura que ella conocía, y la besó.
En los labios.
Un beso cálido, lento.
De esos que dicen bienvenida a casa sin necesidad de palabras.
Monserrat cerró los ojos.
Sintió sus labios, su calor, su cariño.
Correspondió al beso como siempre había correspondido.
Con verdad.
Con afecto.
Con todo lo que sentía por él.
Pero cuando abrió los ojos, cuando el beso terminó, cuando él le sonrió y dijo:
—Vamos, que tengo pasta en casa.
Su mano buscó el teléfono en el bolsillo.
Solo para comprobar.
Solo para asegurarse.
El mensaje de Dorian seguía ahí.
Sin respuesta.
Lo dejó estar.
Caminó hacia el coche cogida de la mano de Alessandro.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴