Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22: La noche sin armadura
...~Sergio~
...
El local no era el de siempre. Carlos había elegido un sitio diferente, una terraza cubierta con estufas y luces amarillas en un barrio tranquilo, lejos del ruido del centro. Había menos gente, más silencio, y una vista despejada hacia el cielo nocturno.
Sergio llegó primero, por costumbre. Se sentó en una de las mesas de madera y esperó, preguntándose por qué demonios le importaba tanto cómo iba vestido. La camisa azul, la que hacía años que no usaba, le quedaba bien. Demasiado bien, quizá.
Es solo Carlos, se repitió. No es nada.
Pero cuando Carlos apareció en la entrada de la terraza y lo vio, su expresión cambió. Se detuvo un instante, solo un instante, y sus ojos recorrieron a Sergio de arriba abajo con una lentitud que no fue provocativa, sino simplemente... observadora. Como si estuviera viendo algo nuevo.
Luego sonrió y se acercó.
—Vaya —dijo, sentándose frente a él—. Casi no te reconozco.
Sergio frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Que estás diferente. —Carlos señaló su propia ropa, luego la de Sergio—. Sin el traje de siempre, sin la corbata... pareces otro. Más relajado, más... no sé. Más humano.
Sergio no supo qué responder. Pero notó que los hombros, sin que él los forzara, se relajaban.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó al fin.
—Bueno. Claro que bueno. —Carlos se reclinó en la silla, cómodo—. El traje te queda bien, no te voy a engañar. Pero así... pareces alguien con quien se puede tomar una cerveza sin hablar de trabajo.
Pidieron cerveza y unas raciones, y durante un rato la conversación fluyó con la facilidad de quien ya no necesita presentaciones. Hablaron de cosas sin importancia: de una serie que Carlos había empezado a ver, de una vez que Bianca había dibujado un monstruo y lo había llamado "papá con mal humor", de lo absurdo que resultaba madrugar cuando te pasas la noche en vela.
Sergio escuchaba y, mientras escuchaba, notaba cómo la tensión se deshacía. No había nada que demostrar. No había nada que ganar.
—Oye —dijo Carlos en un momento de silencio—, ¿tú siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—Tan... contenido. Como si llevaras un corsé invisible.
Sergio rió, una risa corta pero sincera.
—Supongo que sí. Desde pequeño.
—¿Por?
Sergio dudó. No hablaba de esas cosas. Nunca.
Pero con Carlos, las palabras salían sin tanto filtro.
—Mi padre —dijo al fin—. Siempre trabajando, siempre esforzándose, mi madre igual. Crecí viendo que si no dabas el cien por cien, no valías. Y luego, cuando veía a mi tío Ignacio, a mi primo Adrián... ellos lo tenían todo sin esforzarse. Así que supongo que aprendí a apretar los dientes, a no quejarme. A ser perfecto.
Carlos lo miró en silencio, no dijo "lo siento" ni hizo ningún gesto compasivo. Solo asintió, bebió un trago y dijo:
—Debe ser cansado.
Sergio sintió un nudo en la garganta.
—Lo es.
El silencio que siguió fue cómodo, el tipo de silencio que no pide ser llenado.
En algún momento, Carlos se inclinó ligeramente hacia él, solo un poco, y Sergio sintió su aroma. Roble y humo, siempre ahí, firme, sin prisas. Esta noche, el humo era más suave, como si la hoguera estuviera en calma. El roble, siempre presente, transmitía esa solidez que tanto necesitaba.
Y entonces, sin que Sergio pudiera evitarlo, su propio aroma cambió.
No fue algo consciente, simplemente ocurrió. La toronja amarga que siempre lo acompañaba, ese escudo cítrico que mantenía a raya a los demás, se suavizó. El cedro, siempre tan rígido, se ablandó lo justo para dejar pasar una nota más cálida, más dulce. Algo que apenas recordaba haber tenido.
Carlos lo notó. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, y una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Así me gustas más —dijo en voz baja.
Sergio frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu olor. Cuando te relajas, es más dulce. Más cálido. —Carlos bebió un trago de cerveza, sin dejar de mirarlo—. El que llevas siempre es como un escudo. Pero este... este es más tú.
Sergio no supo qué responder. Nadie le había dicho algo así, nadie se había fijado.
—¿Te molesta? —preguntó al rato.
—¿Que me guste tu olor? —Carlos sonrió abiertamente—. No, Sergio, no me molesta. Me gusta. Me gusta que conmigo puedas bajar la guardia, que tu aroma sea el de verdad.
El calor le subió a las mejillas. No estaba acostumbrado a eso, a que alguien le dijera cosas así.
Bebió un trago largo para disimular.
Hablaron de más cosas. De la infancia de Carlos, de cómo conoció a Mariana, de lo difícil que era criar a Bianca solo. Sergio escuchaba con atención, y cuando Carlos hablaba de su mujer, no había dolor en su voz, solo una tristeza suave, asumida.
—La echo de menos —dijo Carlos en un momento—. Pero he aprendido a vivir con ello. Bianca ayuda, y ahora... —lo miró—. Esto también ayuda.
Sergio sintió que el pecho se le expandía. No sabía cómo llamar a lo que sentía pero era bueno. Era cálido. Era lo más parecido a estar en casa que había experimentado en años.
---
Cuando salieron del local, la noche estaba más cerrada, las estufas se habían apagado y el frío calaba.
—¿Llegas bien? —preguntó Carlos.
—Sí. He venido en coche.
—Pues nada. —Carlos le dio una palmada en el hombro—. Ha sido una buena noche. Gracias por venir.
—Gracias a ti —dijo Sergio, y era sincero.
Se quedaron un momento en silencio, bajo la luz de una farola. El aliento de ambos formaba pequeñas nubes.
—Carlos.
—Dime.
—¿Tú crees que la gente puede cambiar?
Carlos lo miró con atención. La pregunta no era casual. Lo sabía.
—Creo que la gente puede aprender a ser más ella misma —dijo al fin—. Si encuentra a alguien que la vea de verdad.
Sergio asintió lentamente.
—Buenas noches, Carlos.
—Buenas noches, Sergio. Y oye... —Carlos sonrió—. La próxima vez, ven también sin traje. Te sienta bien.
Sergio rió, una risa pequeña pero auténtica.
Caminó hacia su coche y antes de subir, se giró. Carlos seguía ahí, con las manos en los bolsillos, viéndolo.
Sergio levantó la mano. Carlos respondió con la suya.
Y mientras el coche arrancaba y se perdía en la noche, Sergio supo que algo dentro de él había cambiado. No sabía qué. Pero el aroma a roble y humo se había quedado en su memoria.
Y su propia toronja, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ningún deseo de volver a ser amarga.
---
En su apartamento todo estaba en silencio. Sergio se sentó en el sofá, sin encender las luces, y miró la ciudad al otro lado del ventanal.
El eco de la noche le daba vueltas. Las risas, las confidencias, la forma en que Carlos lo había mirado cuando llegó, esa mirada de sorpresa, de reconocimiento, de "así me gustas más". Y sus palabras: "Cuando te relajas, es más dulce. Más cálido. Ese es más tú."
Se miró las manos. Las mismas manos que habían redactado los correos, que habían enviado los mensajes a Javier Sanz, las mismas manos que esa noche habían sostenido una cerveza y habían gesticulado al contar una anécdota sin importancia.
¿Quién soy?
La pregunta le taladró.
Una parte de él era el genio, el estratega, el que movía piezas en la sombra para conseguir lo que merecía. Otra parte era el que se había reído con Carlos, el que había sentido paz, el que había olvidado por completo su obsesión durante unas horas.
No sabía cuál de las dos era la real o si podían convivir.
Pero mientras pensaba, notó su propio aroma. La toronja seguía suave, el cedro, relajado, como si, incluso a solas, se hubiera quedado con la calidez de la noche.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero real.
En la mesilla, el teléfono vibró.
Lo cogió, era Carlos.
"¿Llegaste bien? Por cierto, la camisa azul te queda mejor que los trajes. Y el olor también. Buenas noches, Sergio."
Sergio se quedó mirando la pantalla. La luz iluminaba su rostro en la penumbra. Escribió:
"Sí, llegué bien. Gracias por hoy. Buenas noches, Carlos."
Dejó el teléfono y cerró los ojos.
El aroma a roble y humo aún flotaba en su memoria y junto a él, una pregunta que no sabía cómo contestar:
¿Y si el problema no es que no me vean, sino quién quiero que me vea?
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕