En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 13
La madrugada en Seúl tiene un color particular, un azul eléctrico y gélido que se filtra por las rendijas de las persianas, avisando que el tiempo de descanso ha terminado. En el estudio de KQ, el aire estaba cargado. No era solo el olor a sudor y café rancio, sino la electricidad estática de saber que el "mañana" ya no era una meta lejana. Mañana era el debut. Mañana dejarían de ser KQ Fellaz para convertirse, oficialmente y ante los ojos del mundo, en ATEEZ.
Hongjoong estaba sentado en el centro de la sala, con una libreta vieja sobre las piernas. Sus ojos estaban hundidos por el insomnio, pero tenían un brillo febril. A su alrededor, los otros siete estaban esparcidos como soldados después de una batalla: San estirando los ligamentos de sus piernas con una mueca de dolor, Seonghwa doblando meticulosamente las chaquetas de ensayo, y Jongho bebiendo agua en silencio, protegiendo su garganta como el tesoro que era.
—Vengan aquí un momento —dijo Hongjoong. Su voz no era fuerte, pero tenía esa gravedad que los hacía detenerse de inmediato.
Se acercaron formando un círculo, el mismo círculo que habían formado mil veces, pero esta vez se sentía diferente. Había una solemnidad que les oprimía el pecho.
—Mañana salimos ahí fuera —empezó el líder, mirando a cada uno a los ojos—. Y una vez que crucemos esa línea, no hay vuelta atrás. No seremos solo ocho chicos que practican en un sótano. Seremos un nombre. Seremos una marca. Seremos el blanco de críticas, de elogios, de envidias y de amor.
—¿Crees que estamos listos, hyung? —preguntó Yeosang en voz baja. Había una vulnerabilidad en su tono que rara vez se permitía mostrar—. A veces siento que todavía soy el chico que se escondía en la última fila para que no vieran que me temblaban las manos.
Hongjoong cerró su libreta con un golpe seco.
—Nadie está listo para lo que viene, Yeosang. Pero no se trata de estar listos. Se trata de estar juntos.
Seonghwa, el mayor, tomó la palabra. Su voz era como un bálsamo en medio de la tensión.
—He pasado mucho tiempo preocupado por si era lo suficientemente bueno. Por si mi cara era lo único que aportaba. Pero después de todo lo que hemos pasado... el espejo roto, las noches de hambre, las peleas... me he dado cuenta de que mi promesa para ustedes no es ser perfecto. Mi promesa es ser el suelo que pisen cuando sientan que se van a caer.
—Yo prometo otra cosa —intervino San, con una intensidad que casi quemaba—. Prometo que nunca, ni una sola vez, daré un paso en falso por pereza. Cada vez que suba al escenario, bailaré como si fuera la última vez que mis pies tocan la tierra. Si el mundo nos va a mirar, quiero que se asusten de lo mucho que deseamos esto.
Yunho asintió, poniendo su mano sobre el hombro de San.
—Y yo prometo ser tu equilibrio. Si tú vas a quemar el escenario, yo me encargaré de que la estructura se mantenga firme. No dejaré que ninguno de nosotros se pierda en el ruido.
Uno a uno, las promesas empezaron a fluir. No eran promesas de fama o de dinero. Eran pactos de sangre emocionales. Wooyoung prometió mantener la risa viva incluso cuando los horarios los estuvieran matando. Mingi prometió que su voz sería el escudo que protegería el ritmo del grupo. Jongho, con su seriedad característica, prometió que su voz nunca flaquearía, que sería el pilar sobre el que todos podrían descansar.
—Entonces, hagámoslo oficial —dijo Hongjoong, extendiendo su mano hacia el centro—. No por la empresa, no por los fans que aún no conocemos, sino por nosotros. Por los ocho que sabemos cuánto dolió llegar hasta aquí.
Ocho manos se solaparon en el centro del círculo. El calor de sus palmas era lo único real en un mundo que estaba a punto de volverse artificial.
—Ocho personas, un solo camino —susurró Hongjoong—. Si uno cae, caemos todos. Si uno brilla, brillamos todos. ¿Juramos que este vínculo es lo primero, por encima de la fama y del éxito?
—Lo juramos —respondieron al unísono, y el sonido retumbó en las paredes del estudio como un trueno.
No hubo abrazos sentimentales después de eso; no hacían falta. Se levantaron con una energía renovada, una que no venía de la cafeína, sino de la convicción. En ese momento, las "rivalidades latentes" del pasado se transformaron en un motor de combustión interna. Ya no competían por ser el mejor; competían por ser la mejor versión de sí mismos para el otro.
Cuando finalmente salieron del edificio para subir a la furgoneta que los llevaría a su primer showcase, el sol estaba saliendo. Era un sol naranja, vibrante, que iluminaba las calles de Seúl. Hongjoong miró por la ventana y vio su reflejo en el cristal de la furgoneta. Ya no veía a un chico asustado. Veía al capitán de un barco que no tenía miedo a las tormentas, porque sabía que su tripulación estaba hecha de hierro y promesas renovadas.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.