A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
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Capítulo 13: Lo que se queda cuando nadie habla
Desperté con esa pesadez en el pecho que ya se me estaba haciendo costumbre. No sabía si había dormido dos horas o ninguna. El celular seguía boca abajo en la mesita, como si mirarlo fuera a empeorar todo.
Lo giré despacio.
Nada nuevo.
Ni un “buenos días”, ni un “¿cómo estás?”.
Y aun así, lo sentía en cada rincón del cuarto.
Me levanté, me bañé sin prisa, dejé que el agua caliente me cayera encima como si pudiera lavar también lo que sentía. Frente al espejo, me observé con atención: los ojos hinchados, la piel cansada, esa expresión que no recordaba haber tenido antes.
—En qué momento me perdí tanto… —susurré.
Salí del cuarto y el ambiente en la casa era distinto. Silencioso, incómodo. Mi tía estaba en la cocina.
Tía: Buenos días, Mel.
Melani: Buenos días tia…
Me miró un segundo más de lo normal.
Tía: ¿Dormiste algo?
Melani: Un poco.
Mentí otra vez. Ya era experta.
Tía: Hoy no vayas apurada, ¿sí?
Asentí, sin saber bien a qué se refería.
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En el hospital, Natali no tardó en notarlo.
Natali: Te escribió, ¿verdad?
Negué.
Melani: No.
Frunció el ceño.
Natali: Eso también es una respuesta, Mel.
Suspiré.
Melani: Estoy cansada de pensar por los dos.
Natali: Entonces deja de hacerlo.
La miré.
Melani: ¿Y si al dejar de hacerlo… lo pierdo?
Natali se quedó callada unos segundos.
Natali: A veces perder es lo que te salva.
No respondí. No podía.
El día pasó lento, como si cada hora pesara el doble. Al salir, decidí no ir directo a casa. Caminé un poco, sin rumbo, dejando que el ruido de la calle me distrajera.
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Cuando llegué, Alejandro estaba sentado en el sofá, con la mirada perdida.
Se levantó de inmediato al verme.
Alejandro: Mor…
Me detuve a unos pasos de él.
Melani: Hola.
Ese “hola” fue distinto. Más frío. Más distante.
Alejandro: ¿Podemos hablar?
Asentí.
Entramos al cuarto. Cerró la puerta.
Alejandro: No quise escribirte en la mañana.
Melani: Me di cuenta.
Bajó la mirada.
Alejandro: No sabía qué decir sin lastimarte.
Solté una risa breve, amarga.
Melani: El silencio también lastima.
Se acercó despacio.
Alejandro: Anoche pensé mucho.
Melani: Yo no dormí.
Eso lo golpeó.
Alejandro: Perdón.
Me crucé de brazos.
Melani: Dime algo, Ale… ¿alguna vez pensaste en quedarte de verdad?
Levantó la vista.
Alejandro: Sí.
Mi corazón dio un salto.
Alejandro: Pero también pensé en todo lo que podía salir mal.
Melani: Siempre piensas en eso.
Alejandro: Porque soy el que tiene que cargar con las consecuencias.
Me acerqué un poco más.
Melani: ¿Y yo no?
Nos miramos en silencio.
Alejandro: No quiero que esto se convierta en resentimiento.
Melani: Ya lo está haciendo.
Tragó saliva.
Alejandro: Mel… te quiero.
Eso me desarmó.
Melani: No lo digas así.
Alejandro: ¿Cómo entonces?
Melani: Dilo cuando sepas qué hacer con eso.
Se pasó la mano por el rostro.
Alejandro: No sé si pueda darte un lugar claro.
Melani: Entonces dime si solo soy un paréntesis en tu vida.
Me miró fijo.
Alejandro: No eres un error.
Melani: Pero tampoco soy una decisión.
Eso quedó flotando entre nosotros.
Alejandro: No quiero perderte.
Melani: Yo tampoco… pero tampoco quiero seguir así.
Se acercó y me tomó las manos.
Alejandro: Dame un poco más de tiempo.
Lo miré, cansada.
Melani: El tiempo no duele… lo que duele es esperar sin saber.
Me abrazó. No fue un abrazo desesperado, fue uno triste.
Alejandro: Quédate esta noche conmigo.
Cerré los ojos.
Melani: No sé si pueda.
Alejandro: Solo dormir… nada más.
Asentí, aunque no estaba segura de si era buena idea.
Esa noche dormimos de espaldas, sin tocarnos. Y aun así, lo sentí más cerca que nunca… y más lejos que jamás.
Entendí algo mientras miraba el techo en la oscuridad:
hay personas que te aman, pero no saben cómo cuidarte.
Y hay amores que no se rompen de golpe…
se desgastan en silencio.