Takumi, un joven de 16 años alegre, honesto y fanático de la justicia, muere en un accidente menor, pero cuando abre los ojos… se encuentra dentro de su videojuego otome favorito. Para su sorpresa, no es la heroína, sino el omega villano, condenado a un final trágico y odiado por todos los personajes. Pero lo que Takumi no esperaba era que su destino en el juego empezara a desviarse… gracias al protagonista secundario, un alfa amable y torpe que parece destinado a sufrir, pero que termina atrayéndolo de formas inesperadas y muy cómicas.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: Donde la esperanza aprende a caminar
Takumi salió del palacio sin anunciarlo.
No llevaba vestimentas ceremoniales ni símbolos excesivos de realeza, solo ropas sobrias y el distintivo mínimo que indicaba su rango. No quería imponer presencia. Quería observar.
El carruaje avanzó lentamente hacia los barrios exteriores de la capital, zonas que no aparecían en los mapas decorativos ni en los informes optimistas del consejo. Calles estrechas, casas desgastadas, niños descalzos jugando con lo que encontraban.
Takumi sintió un nudo en el pecho.
Aquí empieza todo, pensó.
Aquí fue donde el villano dejó de mirar.
Descendió del carruaje sin escolta visible. Algunos guardias se mantuvieron a distancia, discretos. Los primeros en notarlo fueron los niños.
—¡Es el príncipe! —susurró uno, tirando de la manga de otro.
Takumi se agachó a su altura.
—Hola —dijo, sonriendo—. ¿Cómo te llamas?
La sorpresa fue inmediata.
—¿De verdad es él?
—Habla… normal.
Takumi recorrió el lugar sin prisa. Escuchó a madres cansadas, a ancianos que hablaban de inviernos duros, a jóvenes que querían trabajar pero no encontraban dónde. No prometió milagros. No dio discursos vacíos.
Tomó notas.
Hizo preguntas.
Se quedó.
En una casa pequeña, una mujer le ofreció agua en una taza desportillada.
—No tenemos mucho, Su Alteza…
Takumi tomó la taza con ambas manos.
—Gracias —respondió—. Esto es suficiente.
Ese gesto corrió más rápido que cualquier anuncio oficial.
A media tarde, cuando el sol comenzaba a bajar, alguien empezó a tararear. Una melodía simple, conocida. Takumi la reconoció de inmediato. Era una de las canciones del festival.
—¿La cantas? —preguntó un niño, mirándolo con ojos brillantes.
Takumi dudó.
Pensó en Hikaru.
En el miedo.
En la distancia.
Y luego miró a su alrededor.
—Sí —respondió—. Pero esta es distinta.
Respiró hondo.
🎵
“No nacimos para rendirnos,
aunque el suelo duela al caer.
Si el día pesa demasiado,
mañana aprenderá a ceder.”
🎵
Las voces comenzaron a unirse, primero tímidas, luego más seguras.
🎵
“Si no hay luz en el camino,
la encendemos al andar.
No prometo un mundo perfecto,
pero sí… no abandonar.”
🎵
Algunos lloraron en silencio.
Otros apretaron los puños.
Los niños sonrieron.
No era una canción de realeza.
Era una canción de quedarse.
Cuando Takumi regresó al palacio, llevaba el peso del cansancio… y una decisión clara.
Pidió audiencia con el rey esa misma noche.
—Padre —dijo con calma—. El problema no es falta de recursos. Es falta de acceso.
Leonard lo escuchó sin interrumpir.
Takumi expuso propuestas concretas:
Centros comunitarios con alimentos básicos y atención médica rotativa
Programas de empleo local financiados por la corona
Educación básica descentralizada
Supervisión directa del consejo en zonas vulnerables
No habló desde la emoción.
Habló desde lo que había visto.
—No quiero que me recuerden por cantar —concluyó—. Quiero que me recuerden por no haberme ido.
El silencio fue largo.
Finalmente, Leonard asintió.
—Entonces hagámoslo bien —dijo—. Y hagámoslo ahora.
Las medidas se implementaron en días.
Cuando Takumi volvió a la comunidad con recursos reales, nadie lo recibió con reverencias.
Lo recibieron con manos extendidas.
—Volvió…
—Dijo que volvería… y volvió.
Takumi sonrió, con el pecho apretado.
Así se cambia un destino, pensó.
Paso a paso.
Desde una esquina, un alfa observaba en silencio.
Hikaru no se acercó.
No interrumpió.
Pero por primera vez, no pensó en destino ni en deber.
Pensó en orgullo.
Y eso…
también era peligroso.
Sigue así 🥰🥰🥰🥰