Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 16: Donde el cuerpo descansa
Elian no pudo dormir.
No había pesadillas.
No había recuerdos irrumpiendo con violencia en su mente.
Y aun así, su cuerpo estaba rígido, alerta, como si algo esencial faltara.
Había pasado los últimos días aprendiendo que el castillo del sur no escondía golpes en los pasillos ni castigos detrás de puertas cerradas. Había comido sin que le retiraran el plato, había dormido sin que lo despertaran para corregirlo. Su mente empezaba a comprenderlo.
Pero el cuerpo no.
El cuerpo seguía viviendo en otro tiempo.
Elian se sentó en la cama, abrazando la manta con fuerza. Intentó respirar como le habían enseñado: lento, profundo, contando. No funcionó. Su pecho se sentía comprimido, como si llevara una armadura invisible.
Se levantó y caminó descalzo por la habitación. El suelo estaba frío, sólido. Eso sí lo calmaba un poco. El frío siempre había sido algo conocido.
Pero esa noche no era suficiente.
Había un vacío distinto, una inquietud que no se parecía al miedo. No era pánico, ni terror anticipado. Era una sensación más primitiva, más vulnerable.
Soledad.
Elian se detuvo en medio de la habitación.
Entonces lo entendió.
No necesitaba huir.
No necesitaba vigilar.
Necesitaba presencia.
La comprensión lo golpeó con fuerza. Nunca antes se había permitido necesitar a alguien así. En su vida anterior, había sido él quien protegía. En esta, había aprendido a resistir solo.
Pero ahora… algo había cambiado.
Antes de poder racionalizarlo, antes de que el viejo impulso de retraerse tomara el control, Elian salió de la habitación.
El castillo estaba en silencio. No el silencio opresivo de la mansión Vaelor, cargado de amenaza, sino uno amplio, tranquilo. Aun así, caminó con cuidado, como si temiera despertar algo dormido.
Avanzó por los pasillos largos, guiado por una certeza que no sabía explicar. Se detuvo frente a una puerta conocida.
La habitación de Kael Ardenfell.
Su mano tembló al alzarse.
Las voces del pasado aparecieron de inmediato.
No molestes.
No pidas.
No incomodes.
Elian cerró los ojos con fuerza.
El pecho le dolía demasiado para obedecerlas.
Golpeó suavemente.
Una sola vez.
El sonido le pareció ensordecedor.
Pasaron apenas unos segundos antes de que la puerta se abriera.
Kael estaba despierto.
No llevaba símbolos de poder, ni ropa formal. Solo una camisa sencilla y una expresión de atención inmediata al verlo allí, descalzo, abrazando una manta como si fuera su única defensa.
—Elian —dijo con voz baja—. ¿Te ocurre algo?
Elian negó con la cabeza, incapaz de articular una respuesta completa.
—No… —murmuró—. No es algo malo. Solo… no puedo estar solo ahora.
Esperó el rechazo. La incomodidad. El gesto que indicara que había cruzado un límite invisible.
No llegó.
Kael se hizo a un lado de inmediato.
—Pasa —dijo—. Gracias por venir.
Esas dos palabras lo desarmaron.
Elian entró despacio, como si temiera que el permiso se desvaneciera. Permaneció de pie unos segundos, sin saber qué hacer con su cuerpo.
—Lo siento —susurró—. No quería molestar.
Kael negó con la cabeza.
—No estás molestando —respondió—. Estoy aquí.
Algo en el pecho de Elian cedió.
—Quería… —tragó saliva—. Quería decirle gracias.
Las lágrimas aparecieron sin aviso.
—Por no devolverme —continuó—. Por creerme. Por quedarse… incluso cuando no sabe qué hacer conmigo.
El llanto fue silencioso al principio, contenido, pero profundo. No era desesperación. Era descarga acumulada.
Kael dio un paso más cerca, despacio, respetando el espacio.
—Elian —dijo—. No tienes que ser manejable. Solo tienes que ser tú.
El omega respiraba mal ahora, no por pánico, sino por emoción.
—Con usted —confesó—. Mi cuerpo se calma. No tengo que estar atento todo el tiempo. No tengo que anticipar el golpe.
Kael sintió el impacto en el pecho.
No respondió con palabras.
En cambio, liberó sus feromonas.
No fue un acto consciente de dominio. Fue una decisión deliberada de cuidado. Las dejó fluir lentamente, sin presión, sin exigencia. Un aroma profundo y estable llenó la habitación: madera cálida, tierra firme, algo que decía estoy aquí sin palabras.
El efecto fue inmediato.
Elian exhaló con un sollozo suave. Sus hombros descendieron por primera vez en horas.
—Se siente… bien —susurró.
El cuerpo respondió antes que la mente.
Las feromonas del omega comenzaron a liberarse también, tímidas al principio, luego más claras. Pan tibio, miel suave, flores silvestres. Un aroma que no pedía nada. Que no provocaba. Que solo existía.
Kael cerró los ojos un instante.
—Te sientes seguro —dijo.
—Sí —respondió Elian, sin dudar.
El silencio que siguió fue distinto.
No incómodo.
No tenso.
Elian dio un paso más cerca… y se detuvo.
—¿Puedo… quedarme aquí? —preguntó—. No quiero estar solo esta noche.
Kael respondió sin dudar.
—Sí.
Se sentaron en la cama, primero separados. Kael se recostó lentamente, dejando espacio suficiente. No lo invitó con gestos ambiguos. Dejó que Elian eligiera.
El omega dudó un segundo… y luego se acercó.
Se acomodó de lado, con cuidado extremo, como si temiera romper algo frágil. Al principio dejó un pequeño espacio entre ambos. Pero su cuerpo se tensó de inmediato.
—Está bien —murmuró Kael—. Puedes acercarte si lo necesitas.
Elian respiró hondo y apoyó la cabeza en su pecho.
El contacto fue devastador.
No por deseo.
Por alivio.
Elian exhaló con un sollozo profundo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante años. Sus manos se aferraron con timidez a la tela de la camisa de Kael.
—Gracias… —susurró—. Por dejarme estar así.
Kael levantó una mano despacio.
—¿Puedo? —preguntó.
Elian asintió.
La mano del alfa se apoyó en su espalda, firme pero suave, acompañando su respiración. No apretó. No atrapó. Solo sostuvo.
Las feromonas de ambos se mezclaron en equilibrio.
Elian lloró un poco más, pero ya no con desesperación.
Con alivio.
—Aquí —susurró Kael—. Estás a salvo.
El cuerpo del omega, por primera vez, lo creyó.
Esa noche, Elian durmió profundamente, abrazado, sin miedo ni culpa.
No era amor.
Aún no.
Pero era la primera vez que su cuerpo aprendía que podía descansar en otro sin ser herido.
Y eso… lo cambiaría todo.