La noche de quince años debía ser simplemente una celebración inolvidable, llena de música, alegría y sueños. Sin embargo, todo cambia cuando una conexión inesperada surge entre la festejada y su elegante chambelán.
Entre ensayos, bailes, miradas discretas y momentos compartidos, nace un sentimiento que ninguno de los dos esperaba. Lo que parecía una simple amistad comienza a convertirse en algo mucho más profundo, poniendo a prueba sus emociones y enseñándoles que el amor puede aparecer en los momentos más inesperados.
Pero no todo será fácil. Los rumores, las diferencias y los desafíos de la vida pondrán a prueba aquello que sienten. ¿Será suficiente para mantenerse unidos o terminará siendo solo un hermoso recuerdo?
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Capítulo 18: La gran coreografía
Después del vals y de las fotografías con mi familia, llegó el momento más esperado de toda la noche.
La gran coreografía.
La música se detuvo por unos minutos mientras nosotros salíamos rápidamente hacia los camerinos para hacer el cambio de ropa.
Todo había sido planeado desde hacía semanas.
Mi hermoso vestido lavanda sería para la entrada oficial, las fotos y el vals.
Pero para la coreografía teníamos preparada una sorpresa.
Entré al camerino junto con Melissa, Carolina, Jordana, Tatiana, Sofía y Salome.
Todas nos cambiamos rápidamente.
Nos pusimos shorts blancos, blusas moradas con mi nombre "Ariana" estampado al frente y tenis morados.
Cuando terminamos de arreglarnos, nos vimos en el espejo y comenzamos a reír.
—Nos vemos espectaculares —dijo Melissa.
—Y listas para romper la pista —agregó Carolina.
Mientras tanto, los chambelanes también se cambiaban.
Jeremías, Saúl, Carlos, Jordy, Tomás, Jhon y Andrés se pusieron pantalón jean negro, camisa negra con mi nombre estampado y gorra blanca.
Cuando salieron del camerino parecían un verdadero equipo.
La coreógrafa nos reunió detrás de las puertas principales.
—Respiren profundo.
—Disfruten el momento.
—Ya hicieron todo el trabajo durante los ensayos.
Todos asentimos.
Los nervios estaban presentes, pero también la emoción.
Entonces las luces del salón se apagaron parcialmente.
La música comenzó.
Las puertas se abrieron.
Los invitados empezaron a aplaudir inmediatamente cuando nos vieron con el nuevo vestuario.
Muchos no esperaban aquel cambio de ropa.
La sorpresa había funcionado.
La primera parte fue la entrada.
Jeremías y yo avanzamos al frente.
Detrás venían las demás parejas perfectamente alineadas.
La pista estaba iluminada con luces moradas y blancas que combinaban con toda la decoración.
Los fotógrafos no dejaban de tomar fotografías.
Después comenzó la bachata.
Los primeros pasos salieron exactamente como los habíamos practicado.
Las vueltas.
Los cambios de posición.
Los desplazamientos.
Todo estaba perfectamente sincronizado.
Jeremías guiaba cada movimiento con seguridad.
Las demás parejas también se veían coordinadas.
Los invitados observaban atentos.
Algunos grababan con sus teléfonos.
Otros simplemente disfrutaban del espectáculo.
Cuando terminó la bachata, comenzó el reggaetón.
La energía cambió completamente.
La música sonó más fuerte.
Las parejas comenzaron a realizar movimientos más rápidos.
Las filas se abrían y cerraban.
Los chambelanes cambiaban constantemente de posición.
Las damas seguían cada formación.
Los aplausos comenzaron a aumentar.
La pista estaba llena de energía.
Después llegó la salsa.
Una de las partes favoritas de la coreógrafa.
Las vueltas dobles.
Los cruces.
Los cambios de dirección.
Todo salía como en los ensayos.
Jeremías y yo ocupábamos el centro durante varios momentos importantes de la coreografía.
Los invitados parecían impresionados.
Muchos aplaudían cada vez que terminábamos una secuencia difícil.
Finalmente llegó el merengue.
La parte más alegre de toda la presentación.
Todos sonreíamos.
Las parejas recorrían toda la pista.
La música contagió a los invitados.
Algunas personas incluso comenzaron a seguir el ritmo desde sus mesas.
Entonces llegó el momento más importante.
El final.
La parte que habíamos ensayado durante semanas.
Las parejas comenzaron a ocupar sus posiciones finales.
Yo avancé hacia el centro de la pista.
Las damas formaron una figura elegante alrededor.
Los chambelanes se colocaron estratégicamente según la coreografía.
La música empezó a subir de intensidad.
Las luces se concentraron en el centro.
Los invitados guardaron silencio.
Todos observaban.
La emoción se sentía en el ambiente.
Jeremías avanzó primero.
Luego se acercaron Saúl, Carlos y Andrés.
Las demás parejas permanecían alrededor formando una gran figura.
La música llegó a su punto más alto.
Entonces, siguiendo exactamente lo que habíamos practicado durante meses, los cuatro chambelanes me levantaron cuidadosamente.
Por unos segundos quedé elevada sobre ellos mientras las luces iluminaban toda la pista.
Las damas levantaron los brazos elegantemente hacia arriba formando una figura alrededor del centro.
Los demás chambelanes completaron la formación final.
La imagen era impresionante.
Los fotógrafos capturaban cada segundo.
Los invitados comenzaron a aplaudir emocionados.
La música alcanzó la última nota.
Y justo en el cierre de la canción, todos levantaron una mano hacia arriba mientras yo permanecía en el centro de la formación.
La coreografía había terminado.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Y después todo el salón explotó en aplausos.
Muchos invitados se pusieron de pie.
Otros silbaban.
Algunos gritaban felicitaciones.
La coreógrafa tenía lágrimas de emoción.
Habíamos logrado exactamente lo que imaginamos durante tantos meses.
Después de la presentación comenzaron las fotografías.
Las parejas se tomaron fotos juntas.
Los chambelanes se reunieron para una foto grupal.
Yo me tomé fotografías con Melissa, con mis padres y con toda mi familia.
Luego llegó el momento del pastel.
Los invitados cantaron mientras yo sonreía feliz.
Mi papá, Juan Pablo Salazar, estaba orgulloso.
Mi mamá, Adriana Mejía, no dejaba de sonreír.
La fiesta continuó durante varias horas más.
Hubo música, baile, risas y muchas conversaciones.
Pero como todas las noches especiales, aquella también comenzó a llegar a su fin.
Poco a poco los invitados empezaron a despedirse.
Los abrazos no faltaron.
Las felicitaciones tampoco.
Cuando el salón comenzó a vaciarse, observé una última vez las luces, las flores y la pista donde habíamos bailado.
Entonces comprendí algo.
Mis quince años habían terminado.
Pero los recuerdos de aquella noche, de la coreografía, de mis amigos, de mi familia y de todos los momentos vividos, permanecerían conmigo para siempre.