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El renacer de la esposa humillada

El renacer de la esposa humillada

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.

Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.

Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.

Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.

La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.

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Capítulo 35

El trayecto hasta la comandancia de policía se sintió mucho más largo de lo habitual. Durante todo el camino, Marta no hizo más que mirar el paisaje al otro lado de la ventanilla del vehículo oficial que la llevaba. Los labios le temblaban levemente, como si tratara de convencerse a sí misma.

"Lucas va a poder explicarlo todo. Esto tiene que ser un malentendido. Sí... seguro es eso."

Pero cuanto más se acercaba el auto a la explanada de la comandancia, la seguridad que intentaba construir se iba derrumbando. El estómago se le retorció, las palmas de las manos se le enfriaron, y Marta sintió un miedo que no podía disimular.

En la sala de interrogatorios, el ambiente era silencioso. Varias hojas de estados de cuenta y documentos de transacciones ya estaban desplegados con orden sobre la mesa.

Un investigador empujó el expediente frente a Marta. —¿Esta cuenta es suya, señora?

Marta asintió despacio. —Sí.

El investigador señaló la siguiente serie de transacciones. —¿Y estas operaciones, las reconoce?

Los ojos de Marta recorrieron uno por uno los números impresos en el papel. Montos de cientos de miles de dólares. También había transferencias de varios millones. Todas provenían de la cuenta de Lucas.

—Esto... es dinero de mi hijo —respondió en voz baja.

El investigador volvió a preguntar. —¿Para qué se le entregaba tanto dinero, señora?

Marta tragó saliva con dificultad. —Yo... no recuerdo.

El investigador abrió otro documento. —Usted compró un auto.

Pasó la siguiente página. —Joyas.

La siguiente hoja. —Remodelación de la casa.

Y la siguiente. —Viajes al extranjero.

El investigador miró a Marta fijamente. —Todos esos pagos se realizaron con fondos provenientes de esa cuenta.

El rostro de Marta se puso todavía más pálido. El sudor frío empezó a humedecerle las sienes. Fue hasta entonces que comprendió de verdad que casi todo el estilo de vida lujoso que disfrutaba con el dinero que Lucas le mandaba se había convertido en un problema para ella. Y ahora todas esas transacciones eran evidencia.

—¿Usted sabía de dónde venía ese dinero? —preguntó el investigador una vez más.

Marta se apresuró a negar con la cabeza. —No. Lucas solo me decía que eran bonos. A veces decía que era rendimiento de inversiones. Yo... yo nunca pregunté.

El investigador anotó cada respuesta de Marta sin interrumpirla en ningún momento.

Al cabo de un rato cerró la carpeta. —Bien, señora.

—Por el momento, le solicitamos que permanezca en la ciudad hasta que concluya el proceso de investigación. Si en algún momento la necesitamos, la volveremos a citar.

La frase dejó a Marta sin aliento. Salió de la sala de interrogatorios con paso titubeante. La mirada vacía, los hombros caídos, como si toda la energía del cuerpo se le hubiera agotado.

Por primera vez, la mujer que siempre se creyó dueña de la razón, que siempre miró a Astrid con desprecio y que siempre defendió a su hijo sin condiciones, sintió un miedo auténtico.

Ahora Marta empezaba a comprender que todos los lujos que durante años le enorgullecieron bien podían convertirse en el principio de su propia ruina.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, el ambiente era todo lo contrario: lleno de risas. Era fin de semana. El cielo se extendía despejado con una brisa suave. El sol no quemaba demasiado, y el parque de diversiones arbolado se sentía agradable, repleto de familias disfrutando el día juntas.

En cuanto el auto se detuvo en el estacionamiento, Ariana ya no cabía de la impaciencia por abrir la puerta.

—¡Tío Teo...! —llamó emocionada, dándose palmaditas en los muslos—. ¡Jugal... jugal!

Mateo se rio. Bajó enseguida y abrió la puerta del lado de Ariana. Con cuidado le extendió los brazos.

—Sí, Ariana. Despacio —dijo con tono suave.

En cuanto los piececitos tocaron el suelo, Ariana le agarró la mano a Mateo. La sonrisa le abarcaba toda la cara hasta que los ojos casi se le convertían en rayitas.

—Quelo subil al caballito.

Mateo fingió pensarlo, acariciándose la barbilla. —Hmm... ¿al caballito del carrusel?

Ariana asintió rápido.

—¡Sí, al caballito!

—Bueno. Tío te lleva ahora mismo.

Sin esperar más, la niña jaló a Mateo con todas sus fuerzas. Su forma de caminar, todavía algo tambaleante, hizo que Mateo tuviera que ajustar el paso varias veces para que Ariana no tropezara.

Astrid los seguía desde atrás con una sonrisa discreta. Por alguna razón, esa escena tan simple le llenaba el pecho de calidez.

Ariana se veía completamente a gusto con Mateo. Sin un gramo de incomodidad. Como si ese hombre hubiera sido parte de su vida desde siempre.

Al llegar al carrusel, Ariana soltó un grito de alegría. —¡Mami, mila!

Astrid asintió levantando el celular. —Sí, cariño. Mami está viendo.

Mateo ayudó a Ariana a subirse a uno de los caballos blancos. Después de asegurarse de que el cinturón estuviera bien puesto, se agachó hasta quedar a su altura.

—¿No te da miedo?

Ariana negó con firmeza. —Ana valiente.

Mateo soltó una risita. —Vaya, Ariana es toda una valiente.

Cuando el carrusel empezó a girar despacio, Ariana agitó la mano con todas sus fuerzas.

—¡Mamiii...! ¡Tío Teoo...!

Mateo le devolvió el saludo con una sonrisa enorme. —Sí. Tío está aquí. ¡Con cuidado!

La risa de Ariana resonó fresca por el aire. Tan libre, tan sincera, que varios visitantes a su alrededor no pudieron evitar sonreír al verla.

Astrid contempló a su hija sin parpadear. Hacía muchísimo tiempo que no veía a Ariana tan feliz. Sin darse cuenta, la memoria se le fue al pasado.

Antes, cuando Lucas todavía vivía con ellas, momentos como este casi nunca ocurrían. Lucas siempre tenía un pretexto.

"Estoy cansado."

"Otro día."

"Tengo cosas que hacer."

Y cuando finalmente salían juntos, la cara de Lucas a menudo mostraba incomodidad.

Con el tiempo, Astrid terminó por entender la razón. A Lucas le daba vergüenza caminar junto a ella cuando su peso superaba los cien kilos. Le aterraba ser objeto de comentarios. Le aterraba que su imagen de médico exitoso se manchara solo por tener una esposa de cuerpo grande.

Ese recuerdo le punzó el corazón a Astrid. Pero el dolor fue desvaneciéndose cuando volvió a oír la risa de Ariana.

—¿Soñando despierta?

La voz de Mateo sacó a Astrid de su ensimismamiento. Ella volteó.

—¿Estás cansada? —preguntó Mateo de pie a su lado.

Astrid negó suavemente. —No.

—¿Entonces?

Astrid desvió la mirada hacia Ariana, que seguía riéndose a carcajadas. —Solo estoy contenta.

Mateo siguió la mirada de Astrid. —Ariana se ve mucho más alegre ahora.

—Sí —Astrid sonrió tenuemente—. Hacía mucho que no la veía tan feliz.

Mateo asintió despacio. —Los niños en realidad no necesitan lugares caros. Solo necesitan que alguien los acompañe.

Astrid volteó a verlo. Esa frase tan sencilla la hizo quedarse en silencio.

Todo este tiempo, Ariana nunca pidió juguetes costosos ni vacaciones lujosas. Lo único que necesitaba era alguien que le tomara la mano, se riera con ella y le dedicara tiempo.

Cerca del mediodía se sentaron a descansar en una cafetería pequeña dentro del parque. Ariana estaba en una sillita para niños, ocupadísima remojando papas fritas en salsa de tomate hasta que la carita se le llenó de manchas.

Al verla, Mateo tomó un pañuelo de inmediato. —A ver, ¿cómo es que la cara bonita de Ariana quedó toda manchada de salsa?

Ariana soltó unas risitas traviesas.

Mateo le limpió la comisura de los labios con delicadeza. —Listo, otra vez guapa.

Astrid, que observaba la escena, solo pudo sonreír. La mirada de Mateo hacia Ariana era tremendamente tierna y llena de paciencia. Como si jamás le molestara lo más mínimo.

1
Maria teresa
que bueno que pudo despedirse con el perdón.
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