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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:875.6k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 34

Capítulo 34

Dante ya no tenía fiebre.

O eso decía el termómetro.

Él, por supuesto, decidió que eso significaba volver a trabajar como si el día anterior no hubiera estado en cama, con suero y usando el “ejercicio” como remedio milagroso.

Antes de que subiera al coche, le puse un termo negro en la mano.

Dante lo miró.

—¿Qué es?

—Agua de pera con piloncillo —dije, bajando la voz—. Doña Rosa la preparó. Me pidió que te la diera.

—Ay, señora Ximena —dijo doña Rosa desde la entrada—, no me eche todo el crédito.

La miré.

Traición.

Ella sonrió como si no acabara de venderme frente a mi esposo.

—Señor Dante, fue la señora Ximena quien me pidió preparársela. Dice que todavía trae la garganta resentida. La pera le ayuda, y si le da tos en la oficina, se toma un poco.

Dante levantó la vista hacia mí.

Esa mirada.

Seria.

Silenciosa.

Demasiado atenta para un termo.

—Ya vete —murmuré—. Se te hace tarde.

No se movió de inmediato.

Primero me tocó la cabeza.

Sólo un segundo.

Su mano fue grande, tibia, pesada sobre mi cabello.

—Gracias.

Negué rápido, como si no fuera nada.

Claro que no era nada.

Sólo agua de pera.

Sólo un termo.

Sólo yo pensando si la tos le molestaría en medio de una junta.

Nada.

Dante subió al coche.

Desde la ventana lo vi mirar el termo en sus manos antes de que el chofer arrancara. No sonrió del todo, pero la comisura de su boca se movió apenas.

Me di la vuelta antes de que me viera mirándolo.

Yo también salí a trabajar un rato después.

En Robles Diseño me encontré con mi papá apenas entrando.

Octavio Robles siempre tenía esa manera de aparecer cuando una no estaba emocionalmente preparada para actuar como hija.

—Ximena.

Me detuve.

—Papá.

—¿Cómo sigue Dante?

—Mejor.

—Qué bueno.

Y ahí se acabó la conversación natural.

Nos quedamos frente a frente unos segundos. Él con su traje impecable, yo con la bolsa colgada del hombro y la sensación de estar otra vez en un pasillo donde nadie sabía qué hacer conmigo.

—¿Tienes tiempo hoy en la noche? —preguntó al fin.

Me tensé.

—¿Para qué?

—Ven a cenar a la casa.

La casa.

Esa palabra, viniendo de él, no se sentía como refugio.

Se sentía como obligación.

Desde que había estado en casa de los Montalvo, con Elena mandando suplementos, doña Rosa preocupándose por medicinas y Dante enfermo pero atento a todo, la casa Robles me parecía todavía más fría.

—No puedo —dije—. Ya quedé con alguien.

Mi papá frunció el ceño.

No le gustó.

Pero tampoco insistió como habría insistido con Lorena.

—Entonces dime cuándo puedes. Sería bueno que vinieras. La familia Robles siempre será tu casa.

—Ajá.

Mi voz salió plana.

No pude evitarlo.

Él notó mi distancia. Se acomodó el saco y miró hacia los elevadores.

—Tengo una junta.

—Sí.

Se fue.

Lo vi alejarse con una sensación conocida en el pecho.

Siempre igual.

Un intento pequeño.

Un gesto a medias.

Luego la retirada rápida cuando yo no respondía como hija agradecida.

Si fuera Lorena, habría tenido paciencia.

Conmigo, la paciencia siempre era una visita corta.

Fui a mi escritorio y dejé la bolsa. Al sentarme, me acordé del termo. Tomé el celular y le escribí a Dante.

`El termo no aguanta caliente más de seis horas. Tómatelo antes.`

Envié el mensaje.

Me quedé mirando la pantalla.

¿Por qué estaba tan pendiente?

La enferma no era yo.

Bueno.

Él era mi esposo.

Eso contaba, ¿no?

Una esposa podía recordarle a su marido que tomara agua de pera sin convertir eso en un drama emocional.

Sí.

Perfecto.

Normalísimo.

Dante recibió el mensaje en su oficina.

Tenía documentos abiertos frente a él, una junta pendiente y el termo negro sobre el escritorio. Al leer el mensaje de Ximena, lo tomó casi de inmediato.

El agua seguía tibia.

Probó un sorbo.

Ácida, dulce, suave.

Él no solía tomar cosas dulces. Prefería café, agua mineral, bebidas sin azúcar. Pero esa no sabía igual.

Porque Ximena la había mandado.

Porque Ximena había pensado en su garganta.

Dante bebió otro sorbo.

Luego otro.

Tomó el celular.

`Ya tomé.`

Esperó un segundo y agregó:

`Tres sorbos.`

Cuando vi su respuesta, me quedé mirando la pantalla.

¿Tres sorbos?

¿También iba a mandarme reporte con gráficas?

Respondí:

`El doctor también dijo que tomes más agua. Si tomas agua, te recuperas más rápido.`

La respuesta de Dante llegó poco después.

`Si tanto te preocupa que tome agua, ven a vigilarme.`

Sentí la cara caliente.

Qué hombre tan...

`¿Quién dijo que me preocupa? Yo no. No te hagas ilusiones.`

Mandé el mensaje.

Y me arrepentí en el mismo segundo.

Nunca le hablaba así.

No así de suelta.

No así de...

No sé.

Demasiado familiar.

Quise borrarlo, pero arriba apareció el maldito “escribiendo...”.

Demasiado tarde.

Dante tardó en contestar.

Mucho.

Yo estaba a punto de aventar el celular al cajón cuando apareció su mensaje:

`Está bien. No me hago ilusiones.`

Inflé las mejillas.

Guardé el teléfono.

Ya no le iba a contestar.

Dante esperó.

El celular no volvió a vibrar.

El mensaje de Ximena se quedó ahí, cerrado como una puerta que él no había querido cerrar.

Leyó otra vez lo que había escrito.

No me hago ilusiones.

¿Había sonado demasiado seco?

¿Ella se habría molestado?

Dante dejó el celular sobre el escritorio, pero durante varios minutos su atención volvió a él más veces de las necesarias.

No llegó ningún otro mensaje.

La sensación de pérdida le duró más de lo razonable.

Esa noche yo no tenía ningún plan.

Lo de “quedé con alguien” había sido una excusa para no volver a la casa Robles.

Pero la vida, tan considerada como siempre, decidió fabricarme una cita real a última hora.

Sofía me llamó llorando.

No llorando bonito.

Llorando de esa forma en la que una amiga no pregunta si puedes, sólo te arrastra emocionalmente al desastre.

—Yuyu...

—¿Qué pasó?

—El imbécil de mi novio volvió de viaje.

Me enderecé en la silla.

—¿Y?

—Compré lencería. Fui a su depa. Quería darle una sorpresa.

—Ajá...

—La sorpresa fui yo, pero la que se sorprendió fui yo.

Sentí el estómago caer.

—Sofía.

—Llegó con otra vieja.

Silencio.

Luego ella empezó a llorar más fuerte.

—Yo salí con la lencería puesta, toda idiota, y él venía besándose con ella. Como novela barata, te juro. Nada más me faltó la música dramática.

—¿Dónde estás?

—En un parque.

—Mándame ubicación.

No pensé en Dante.

No pensé en la cena.

No pensé en nada más.

Salí del trabajo y manejé hasta el parque donde Sofía estaba sentada en una banca, con el maquillaje corrido, la nariz roja y una bolsa de ropa apretada contra el pecho.

Me bajé corriendo.

—Ven acá.

La abracé.

Sofía se deshizo contra mí.

—No entiendo qué hice mal.

—Nada.

—Dos años, Ximena. Dos años.

—Él es un cerdo.

—Yo fui a sorprenderlo.

—Y él se ganó quedarse soltero.

—Debí pegarle.

—Todavía puedes.

Sofía levantó la cara, llorosa.

—¿Verdad?

—Claro. La venganza no caduca.

Se rió entre mocos.

Poquito.

Pero se rió.

La subí al coche y la llevé a su departamento. Todo el camino lloró, insultó, volvió a llorar, me preguntó si ella no era suficiente, me dijo que la lencería era carísima, lloró otra vez y después prometió quemarla.

Yo la dejé hablar.

A veces no hay consejo brillante.

A veces sólo hay que manejar, escuchar y no dejar que tu amiga se quede sola en una banca con el corazón roto.

Dante llegó a casa después del trabajo.

Doña Rosa ya tenía la cena lista.

La mesa estaba servida para dos.

Pero Ximena no estaba.

Dante miró la hora una vez.

Luego otra.

—Doña Rosa.

—Sí, señor Dante.

—¿Ximena no ha llegado?

Doña Rosa negó.

—No, señor.

Dante tomó el celular.

No había mensajes.

—¿Le avisó a usted?

—No, señor. ¿No le avisó a usted?

Dante guardó silencio.

Doña Rosa entendió la respuesta sin que él la dijera.

—A lo mejor hay tráfico.

—Sí.

Eso quiso creer.

Esperó.

Diez minutos.

Veinte.

Treinta.

La comida empezó a enfriarse.

Dante escribió:

`Ya son las siete. ¿Por qué no has llegado?`

Miró el mensaje.

Demasiado directo.

Agregó:

`¿Te quedaste trabajando?`

Envió.

Nada.

Los minutos se estiraron.

Dante llamó.

El tono sonó hasta cortarse.

Volvió a llamar.

Lo mismo.

Doña Rosa dejó de fingir que acomodaba la cocina.

—Señor Dante... ¿y si le pasó algo?

La frase le pegó más fuerte de lo que quiso admitir.

Dante se levantó.

El celular le pesaba en la mano. Los dedos, normalmente firmes para firmar contratos y cerrar discusiones, le temblaron apenas.

¿Por qué no contestaba?

¿Dónde estaba?

¿Había tenido un accidente?

¿Alguien la había seguido?

La ansiedad le subió fría por el pecho.

Agarró las llaves.

Iba hacia la puerta cuando el celular sonó.

Mi celular había estado en silencio todo el día.

Cuando dejé a Sofía en su departamento y por fin respiré un segundo, revisé la pantalla.

Mensajes de Dante.

Llamadas perdidas de Dante.

Varias.

Me dio un golpe de culpa.

Le devolví la llamada.

Contestó al primer tono.

—¿Dónde estás?

Su voz sonó tensa.

No enojada.

Tensa.

Miré la hora.

Siete y tantos.

Casi ocho.

—Estoy en casa de Sofía.

—¿Cuándo vuelves?

Miré hacia la sala.

Sofía estaba sentada en el sillón, abrazando un cojín, con la cara hinchada de tanto llorar.

—No creo que vuelva hoy.

Hubo silencio.

—Su novio la engañó —expliqué rápido—. Lo vio con otra mujer. Está muy mal. No quiero dejarla sola.

Dante no respondió enseguida.

Yo apreté el celular.

—No estoy inventando. De verdad está destrozada. Llevaban dos años. Ella pensaba que quizá iban a casarse y...

—Está bien —dijo al fin.

Me callé.

—Entiendo.

—Perdón. Se me olvidó avisarte.

—La próxima vez que vayas a llegar tarde, manda un mensaje.

—Sí.

—O llama.

—Sí.

Su voz bajó un poco.

—Si no, doña Rosa se preocupa.

Parpadeé.

Doña Rosa.

Claro.

—Perdón —dije—. La próxima vez aviso.

—Está bien.

—Voy a prepararle algo de cenar. No ha comido.

—Hazlo.

—Entonces... bye.

—Bye.

Colgué.

Dante se quedó mirando la pantalla apagada.

Doña Rosa, a unos pasos, no dijo nada durante unos segundos.

Luego habló con una prudencia bastante transparente:

—Señor Dante, entonces la señora Ximena no viene esta noche. Caliento la cena.

—No hace falta.

—Pero no ha comido.

—Comeré algo.

Doña Rosa no insistió.

Dante se sentó a la mesa.

La cena era buena. Doña Rosa había preparado varios platillos que normalmente le gustaban: pollo, verduras, arroz, una crema ligera. Todo tenía el punto exacto.

No sabía igual.

Comió poco.

Muy poco.

Cuando doña Rosa recogió y se fue, la casa quedó en silencio.

Dante siempre había apreciado ese silencio.

Antes de Ximena, la casa funcionaba como él: ordenada, limpia, precisa, sin ruido innecesario. Llegaba, cenaba, trabajaba, dormía.

Esa noche, el silencio se sintió distinto.

No tranquilo.

Vacío.

Había rastros de ella en todas partes. Una liga de cabello olvidada junto al sillón. Una taza que usaba por las mañanas. El lado de la mesa donde se sentaba. El olor tenue de su shampoo en el pasillo hacia la recámara.

Dante entró al baño.

Se metió a la regadera y, a mitad del baño, recordó que no había llevado ropa para dormir.

—Ximena, ¿me pasas la pijama?

La frase salió natural.

Demasiado natural.

No hubo respuesta.

El agua siguió cayendo.

Dante cerró los ojos un segundo.

Ella no estaba.

Terminó de bañarse rápido, se puso una bata y salió. La cama estaba impecable. Sábanas limpias. Almohadas acomodadas.

La noche anterior había dormido mal sin ella.

Esa mañana la había tenido otra vez en la cama.

Y ahora, justo cuando ya no tenía fiebre y podía dormir con ella sin excusas de hospital, Ximena estaba en casa de su amiga.

Dante se quedó un momento de pie junto a la cama.

Luego fue al estudio.

Por mi parte, yo estaba en la cocina de Sofía preparando sopa de fideo con huevo y jitomate.

No era la cena más elegante del mundo.

Pero era caliente, rápida y no requería que ninguna de las dos fingiera estar bien.

Serví dos platos.

Sofía comió como si cada cucharada la fuera a salvar del colapso.

Luego empezó a llorar otra vez.

—Yuyu, qué bueno que te tengo.

—Come.

—Me recogiste, me trajiste, me hiciste cena...

—Sofía, come.

—Estoy muy conmovida.

Le pasé una servilleta.

—Límpiate la nariz antes de que caiga en la sopa.

Se quedó viéndome.

—Eres horrible.

—Y útil.

Se limpió entre lágrimas.

Cuando por fin respiró un poco mejor, me miró con los ojos hinchados.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Dante no se va a enojar porque te quedes aquí?

Me quedé con la cuchara a medio camino.

—¿Por qué se enojaría?

—Porque no estás en tu casa con él.

Solté una risa.

—Sofía, si me quedo aquí contigo un mes, seguro ni le molesta.

—No manches. ¿Tan así?

Pensé en la llamada.

En su voz tensa.

En el mensaje.

En las llamadas perdidas.

Y luego en lo que dijo:

Si no, doña Rosa se preocupa.

Sonreí un poco, sin ganas.

—Me llamó porque doña Rosa se preocupó.

—¿Y tú le creíste?

—Es lo que dijo.

—Ay, Ximena.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

Revolví la sopa con la cuchara.

—No tiene sentimientos por mí de ese tipo.

Sofía parpadeó.

—Perdón, pero ¿ustedes no llevan días durmiendo juntos?

Me atraganté.

—Sofía.

—¿Y no cogieron ya varias veces?

—¡Sofía!

—¿Y todavía dices que no hay sentimientos?

Me ardió la cara.

—Eso no significa...

—¿No significa nada?

No contesté.

Sofía, con todo y el corazón roto, me miró como si yo fuera el caso perdido de la noche.

—Amiga, tu novela está más complicada que la mía.

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Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
Ofelia Juarez
Lo que pasa es que sus padres la minimizaron y ella no pudo madurar bien se sientehindegur😭a
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Raquel Privitera
ya dije q es una pesadilla 80 c de lo mismo es cansador yo no se si es o se hace👿👿👿
Raquel Privitera
esta mujer es una pesadilla 👿👿
Raquel Privitera
me enferma esa mujer no es más tonta x q no se prepara me da rabia parece una nena caprichosa no una mujer 👿👿👿👿👿👿👿👿
Liliana García
Mejor déjalo, que ya cambié esa actitud por favor!!!
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Como que ese comentario ya cae mal
Liliana García
Sólo cuando vas de compras se te olvida 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Ya cae mal, le cuesta acostumbrarse y como no dice eso a los regalos 🤣🤣🤣🤣
Liliana García
Al paso que van creó que pasará 1 año 🤣🤣🤣
Liliana García
🤣🤣🤣🤣🤣 me recordó a mi marido, no a ese extremo pero él es así
Liliana García
Hasta que me topo a un papá que no solapa
Liliana García
Muy bien dicho, hasta ahorita me has ganado 😍
Liliana García
jajajajaja me identifiqué 🤣🤣🤣🤣
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