Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 33
Al ver que el destino por fin se ponía de su lado, Alejandro no quiso demorarlo un instante más. El miedo a perder a Aurora por segunda vez se había consumido, reemplazado por la certeza. El hombre decidió celebrar la pedida de mano oficial ese mismo día, en lugar del momento que se había preparado antes. Sin titubear, entregó las arras fastuosas que tenía dispuestas, como prueba de la seriedad y del enorme respeto que sentía por Aurora y por su familia.
Vicente, el joven alcalde, contemplaba los preparativos con una sonrisa sincera. Aquel hombre de corazón noble apoyaba de lleno ese instante único y lleno de emoción.
—Aurora, ojalá tú y Alejandro sean felices siempre —dijo Vicente con dulzura, mirándola mientras a ella le brillaba la felicidad en los ojos—. Y ojalá… yo también pueda encontrar pronto a una mujer tan admirable y hermosa como tú.
Alejandro se acercó y le dio a Vicente una palmada firme en el hombro. Su mirada era muy seria, pero rebosaba calidez.
—A partir de este momento ya no eres solo mi amigo, Vicente. Te considero mi hermano. Desde siempre quise saber qué se siente al tener un hermano menor —afirmó Alejandro con toda sinceridad.
Vicente se quedó unos segundos petrificado, sin dar crédito a que un hombre tan distinguido como Alejandro lo tomara por parte de su familia. Doña Carmen, testigo de la escena, asintió conforme, con el rostro radiante.
—Alejandro tiene razón. Vicente, hijo, ven a visitarnos seguido a la capital. Y si quieres quedarte en nuestra casa, eres bienvenido. ¡Trae también a tu mamá! —lo animó doña Carmen con calidez.
Vicente sonrió conmovido e inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Muchas gracias de antemano, señor Alejandro, y también a usted, doña Carmen, pero no podría abandonar mi puesto aquí. Ya me acostumbré a la vida del pueblo, y más ahora que soy el alcalde y mi gente me quiere tanto. Pero, si Dios quiere, en cuanto tenga un tiempo libre, mi madre y yo iremos a visitarlos, se lo prometo —respondió con aplomo.
Al oír la explicación de Vicente, doña Carmen comprendió su situación. Vicente era un buen hombre, de esos que caen bien a todo el mundo, y ahí estaba la prueba: se había ganado el cargo de alcalde.
Entonces Alejandro miró a Vicente muy serio. Que lo llamara "señor" le resultaba incómodo al oído. Al final no aguantó y protestó.
—Shhh… No vuelvas a llamarme "señor Alejandro" —lo cortó Alejandro con rapidez, esbozando una leve sonrisa.
—Sí, Vicente, hijo. Y a mí llámame simplemente mamá Carmen, ¿de acuerdo? —añadió ella, regalándole la sonrisa cariñosa de una madre.
Vicente se llevó la mano al pecho, que sentía cálido.
—Está bien… Alejandro, mamá Carmen… Gracias por su bondad.
El ambiente de la modesta casa de don Ernesto, antes cargado de tensión, se transformó en un bullicio de risas y felicidad. Todos los parientes presentes admiraban la grandeza de corazón del joven alcalde y, a la vez, quedaban impresionados por la firmeza de Alejandro.
La pedida de mano comenzó formalmente en la sala. Vicente asumió el papel importante de testigo principal de aquel acto solemne. Esta vez estaba allí no solo como el pretendiente que había renunciado con nobleza, sino ejerciendo la autoridad de su cargo, como invitado de honor: un alcalde apuesto y bondadoso, respetado y querido por todo su pueblo.
Ante don Ernesto, Amparo y toda la familia, Alejandro expresó su intención sincera de tomar a Aurora por esposa, con sus dos gemelos, Mateo y Martina, como testigos, sonriendo de oreja a oreja sin parar.
Cuando don Ernesto aceptó formalmente la propuesta y Vicente la validó como testigo, un murmullo de acción de gracias llenó la sala. La tormenta de más de una década pasaba por fin, y dejaba tras de sí la calidez de un amor que ahora desembocaba en la certeza.
*
*
Terminada aquella pedida tan emotiva, Alejandro decidió celebrar la boda diez días después. Mientras Aurora se quedaba un tiempo en el pueblo para prepararse, él dispondría todo en la capital a lo grande. Años atrás, cuando lo obligaron a casarse con Cintia, no había celebrado ninguna fiesta. Esta vez quería mostrarle al mundo que solo Aurora era digna de llevar el título de señora Bustamante.
Sin embargo, como faltaban apenas unos días para la boda, Mateo y Martina se negaron de pronto a volver con él a la capital. Los dos adolescentes decidieron de común acuerdo pasar sus vacaciones en el pueblo con Aurora. Alejandro dejó ver un gesto de duda, temeroso de que los gemelos le resultaran una carga a su futura esposa.
—No tienes de qué preocuparte. Aquí están seguros los dos. ¿Verdad, chicos? —los tranquilizó Aurora, y se volvió hacia los gemelos.
—¡Claro que sí, profesora! Además, papá, quédate tranquilo, que vamos a pasar las vacaciones en la casa de nuestra propia futura mamá. ¿Cierto, Marti? —contestó Mateo con desenfado, echándole el brazo por encima a su hermana.
Martina asintió con firmeza.
—Sí, papá. Ya estamos grandes, sabemos cuidarnos solos. ¡Así que no te preocupes de más!
Doña Carmen le dio una palmadita en el hombro a su hijo.
—Déjalo ya, Alejandro. Que se queden aquí con Aurora. Nosotros volvemos a la capital para preparar tu boda. Toda la familia Bustamante debe enterarse de esto, incluido el tío Adrián, tu tío, el que en su día te dio luz verde cuando quisiste casarte con Aurora.
Al oír el nombre del tío Adrián, a Alejandro le brillaron los ojos de felicidad. El tío Adrián era el hermano menor de su difunto padre, aquel a quien años atrás desterraron a una provincia lejana por defender una y otra vez a Alejandro y a Aurora.
—¡Por supuesto que el tío Adrián tiene que enterarse, mamá! —respondió Alejandro con aplomo—. Quiero que sea el testigo de mi boda, que ocupe el lugar de mi difunto padre.
Doña Carmen sonrió de par en par, aprobando el deseo de su hijo.
Resuelto todo, Alejandro y doña Carmen se despidieron para regresar a la capital. Prometieron volver diez días después a buscar a la novia. Durante esos diez días, Aurora prepararía el día más feliz de su vida junto al hombre que siempre había vivido en su corazón. La boda que había quedado en suspenso durante doce años iba a hacerse por fin realidad, con la bendición de ambos padres.
Antes de subir al lujoso auto, Alejandro le tomó la mano a Aurora y se la apretó con fuerza.
—Ya me voy, cariño… Perdona que te deje esta carga con Mateo y Martina aquí —le dijo con dulzura.
—No es ninguna carga, Alejandro… —Aurora se interrumpió a sí misma y se llevó los dedos, tímida, al borde de la blusa—. ¿Puedo llamarte así? —preguntó con timidez, cabizbaja.
Alejandro esbozó una sonrisa cálida, amplísima. Con su mano fuerte le acarició con suavidad la cabeza y, con todo el cariño, depositó un beso tibio en la frente de su futura esposa.
—Claro que puedes, mi amor… —le susurró hondo—. ¿Y puedo yo llamarte "mi amor"?
Al oír aquel apelativo tan dulce, a Aurora se le encendieron de golpe las mejillas. Asintió despacio, sosteniéndole la mirada a Alejandro con firmeza.
—Sí, Alejandro… puedes.
Continuará…
Gracias.