Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 33 — La noticia que desató el pánico
La noche romana se sentía gélida, con una llovizna fina que caía desde la tarde.
Alya acababa de cerrar la floristería y ahora le ponía a Liora un pijamita con estampado de conejos.
—¿Mañana viene Om? —preguntó Liora emocionada, brincando sobre la cama.
Alya esbozó una leve sonrisa.
—Eso dijo.
—¡Yo quiero ir a recibirlo!
—Ya veremos.
La verdad era que…
Alya también esperaba un poco el regreso de León.
Durante la última semana, aquel hombre había estado presente cada noche a través de la pantalla del teléfono. Y, sin darse cuenta, ella se había acostumbrado a escuchar su voz antes de dormir.
De pronto el celular de Alya vibró.
El nombre de León apareció en la pantalla.
La comisura de sus labios se curvó hacia arriba de forma involuntaria.
Pero, extrañamente…
Al contestar la videollamada, no fue el rostro de León lo que apareció.
Sino el de un hombre desconocido con expresión de pánico.
—¿Señora Sabrina?
Alya frunció el ceño de inmediato, confundida.
—¿Quién habla?
—Soy Ryan, asistente del señor León.
Un presentimiento oscuro le oprimió el pecho al instante.
—¿Dónde está León?
El hombre en la pantalla titubeó un segundo antes de responder:
—El señor León tuvo un accidente.
El corazón de Alya se detuvo un latido.
Su cuerpo entero se paralizó.
—¿Qué?
Su voz se redujo a un hilo apenas audible.
—Hace un rato, el auto del señor fue impactado de costado cuando venía del aeropuerto.
El rostro de Alya perdió todo color.
Detrás de ella, Liora, que jugaba con su muñeco, volteó desconcertada al ver la expresión de su madre.
—Ahora se encuentra en el hospital.
—¿Está bien? —la voz de Alya empezó a temblar sin que pudiera evitarlo.
—Por fortuna no es demasiado grave, pero tiene fracturado el brazo izquierdo y algunas heridas con puntos de sutura.
El pulso de Alya latía desbocado, fuera de todo control.
Le temblaban las manos al sostener el teléfono.
—¿En qué hospital?
Ryan le dictó la dirección de inmediato.
—Creí que usted debía saberlo, señora, porque el señor León no dejaba de repetir su nombre antes de entrar a la sala de tratamiento.
El corazón le dio un vuelco brutal.
La respiración de Alya se cortó en seco.
Y antes de que pudiera reaccionar…
Ya tenía la chaqueta en la mano.
—¿Mamá?
Alya giró la cabeza hacia Liora al instante.
La carita de la niña reflejaba pura confusión.
—Cariño, Om León tuvo un accidente.
Los ojos de Liora se abrieron enormes.
—¿Om está malito?
Alya asintió despacio.
Y al segundo siguiente…
Liora rompió a llorar.
—Quiero a Om…
Alya abrazó a su hija a toda prisa.
—Sí, vamos ahora mismo.
El camino al hospital se hizo eterno.
Durante todo el trayecto, Alya mantuvo aferrada la mano de Liora, que iba sentada en silencio con los ojos vidriosos.
Normalmente aquella niña no paraba de hablar.
Pero ahora solo abrazaba con fuerza a su conejo de peluche.
—Mamá…
—¿Mm?
—¿Om está muy malito?
Esa pregunta diminuta le atravesó el pecho a Alya como una aguja.
—No, cariño. Om es fuerte.
Pero ni ella misma estaba convencida.
Su mente no dejaba de fabricar los peores escenarios posibles desde que escuchó la palabra "accidente".
Y lo que más la aterrorizaba…
¿Qué pasaría si algo le ocurría a León?
Esa certeza la dejó inmóvil un instante.
Porque por primera vez…
Comprendió que no estaba preparada para perder a León otra vez.
Al llegar al hospital, Ryan las recibió frente a la puerta de la habitación VIP.
—¿Cómo está? —preguntó Alya sin aliento.
Ryan pareció aliviado al verla.
—El señor recobró la conciencia hace un momento.
Alya soltó el aire de golpe.
—Gracias a Dios…
—Sin embargo, el médico indicó reposo absoluto durante varios días.
Liora jaló con suavidad la ropa de Alya.
—Quiero ver a Om…
Alya asintió despacio y empujó la puerta de la habitación con cuidado.
Y en ese preciso instante…
El pecho se le comprimió entero.
León yacía sobre la cama del hospital con el brazo izquierdo vendado y enyesado. Tenía una herida pequeña en la sien y varios rasguños en su rostro, habitualmente impecable.
El hombre que siempre lucía fuerte e inquebrantable ahora se veía pálido y agotado.
Alya se llevó la mano a la boca, conteniendo un sollozo.
Mientras tanto, Liora…
La niña corrió con pasitos cortos hasta la cama.
—Om…
León, que mantenía los ojos cerrados, los abrió lentamente.
Y al descubrir a Alya y a Liora de pie frente a él…
Su mirada se enterneció al instante.
—Vinieron…
La voz de León sonó ronca y débil.
Y sin saber por qué…
A Alya le ardieron los ojos en cuanto vio el estado de aquel hombre.