Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 10: Un lobo con uniforme sigue siendo un lobo.
—No va a funcionar —dijo Cassidy.
Estaban los cuatro en el lindero del bosque, al amanecer, donde la niebla todavía no se levantaba del pasto. Ella había mandado el mensaje al Tuerto dos días antes —la princesa pregunta por sus tres primos guapos— y ahí estaban los tres, puntuales como una deuda.
—¿Cómo que no va a funcionar? —Damián abrió los brazos—. Es sencillo. Sales a montar, nosotros aparecemos, Adriano llega, nos espanta, te lleva a casa. Un niño lo entiende.
—Un niño sí. Un ministro de guerra, no. —Cassidy caminó tres pasos y se giró—. Piensen un momento con la cabeza y no con la espada. Yo llego al castillo diciendo que un desconocido me salvó. ¿Y quién lo vio?
—Tú.
—Yo. La hija. La que quiere que lo contraten. —Levantó una ceja—. Mi padre es el segundo hombre más poderoso del reino, y no llegó a serlo tragándose cuentos bonitos. Lo primero que va a preguntar es quién más estaba ahí. Y si la respuesta es "nadie", el hombre que me salvó no entra a la guardia: entra al calabozo, a que le saquen la verdad con tenazas.
Se hizo un silencio incómodo.
—Entonces llevas testigos —dijo Adriano, cruzado de brazos—. Manda a dos de tus hombres avisados. Que finjan.
—No. —Cassidy negó despacio—. Un secreto que saben cinco personas no es un secreto, es un chisme con retraso. Los hombres de mi padre le son leales a él, no a mí. Basta que uno se emborrache en la cocina, o que uno tenga la conciencia sucia, y en tres días estamos los cuatro colgando de una muralla.
—¿Entonces qué propones? —preguntó Adriano.
Cassidy los miró uno a uno, y lo dijo sin adornos.
—Que sea de verdad.
Damián soltó una carcajada. Se le apagó a la mitad cuando entendió que ella no bromeaba.
—Espera. ¿De verdad?
—De verdad. —Cassidy dio un paso hacia ellos—. Yo salgo a montar con dos guardias que no saben nada. Ustedes dos nos atacan de verdad, con la cara tapada, gritando, como bandoleros de camino. Los guardias se defienden de verdad, porque van a creer que se están jugando la vida. Y cuando la cosa esté fea, llega Adriano y los espanta. —Ladeó la cabeza—. Y entonces sí, cuando mi padre pregunte quién lo vio, van a ser dos soldados suyos, con sus propios moretones, jurando que un forastero les salvó a la princesa. Nadie va a dudar de eso jamás.
Tobías, que llevaba toda la conversación en silencio afilando una ramita con el cuchillo, levantó la cabeza y la miró. Y por una vez habló.
—Alguien se puede morir.
—Sí —dijo Cassidy, y no lo suavizó—. Por eso vamos a poner reglas. Y por eso las van a cumplir.
Y por eso, Boone, esto te va a pesar después. Porque estos dos hombres que van a salir hoy conmigo no eligieron nada, y a lo mejor uno vuelve sin un brazo por un plan que me inventé yo. Anótalo en la cuenta. La cuenta se paga siempre, tarde o temprano.
Las reglas las dio ella, y las dio como quien da órdenes, no como quien pide favores.
—Nadie muere. Golpes de plano, empujones, caballos. Si tienen que herir, en el brazo, nunca en el cuerpo. —Señaló a Damián—. Tú gritas mucho. Eres el ruido. Que parezcan diez y no dos.
—Eso lo hago bien —dijo Damián, encantado.
—Ya lo sé. Es lo único que haces bien. —Se volvió hacia Tobías—. Tú vas por los caballos, no por los hombres. Un guardia a pie es un guardia asustado y un guardia asustado no mata a nadie. —Y por último miró a Adriano—. Tú llegas cuando yo grite dos veces. No antes, porque no habría peligro que contar. No después, porque a lo mejor ya no hay princesa que rescatar.
—¿Y si me grita mal la voz? —preguntó Adriano, seco.
—Vas a saber. —Cassidy se guardó un mechón detrás de la oreja—. Otra cosa. Tienes que llegar herido.
—¿Qué?
—Herido. Un tajo en el brazo, algo que se vea, algo que sangre. —Se encogió de hombros—. Un hombre que salva a una princesa de dos bandoleros y sale sin un rasguño es un hombre que estaba de acuerdo con los bandoleros. Un hombre que sangra por ella es un héroe. Mi padre es soldado: no va a creer en tus palabras, va a creer en tu cicatriz.
Adriano la miró un momento largo.
—Estás dispuesta a mandar a herir a dos de los hombres de tu padre, y a que yo me abra el brazo, para meterme en tu casa.
—Estoy dispuesta a mucho más que eso —dijo Cassidy—. Y tú también, o no estarías aquí. Así que deja el sermón para el domingo y dime si lo hacemos.
Damián silbó bajo.
—Adriano, yo la quiero de nuestro lado. De verdad. Del otro me da miedo.
Fue esa misma tarde, porque las cosas se hacen cuando se deciden o no se hacen nunca.
Cassidy pidió salir a montar. Le asignaron a Beltrán, un guardia veterano de barba gris que llevaba veinte años con su padre, y a un muchacho llamado Nuño que no tendría veinte y que se sonrojaba cada vez que ella le hablaba. Ismenia se quedó en el castillo por orden expresa de la princesa, y esa fue la única concesión que Cassidy se permitió: que su gente no estuviera ahí.
A ustedes dos no los conozco, y aun así preferiría no hacerles esto. Fíjense qué molesto. Dos vidas endureciéndome y todavía me queda una esquina blanda.
Cabalgaron media hora por el camino del molino. El sol bajaba amarillo, los sembrados olían a tierra caliente, y Beltrán le contaba una historia larguísima de la guerra del norte que Cassidy no escuchaba porque tenía el estómago cerrado.
Y entonces empezó.
Salieron de un recodo del camino, entre los árboles, gritando.
Cassidy había planeado cada segundo de aquello y aun así se le heló la sangre, porque el grito de Damián no sonó a juego: sonó a matanza. Dos hombres con la cara tapada, encima de dos caballos, cayendo sobre ellos como si de verdad vinieran a abrirlos en canal.
—¡EMBOSCADA! —rugió Beltrán—. ¡ALTEZA, ATRÁS DE MÍ!
El viejo desenvainó con una velocidad que Cassidy no esperaba de un hombre de esa edad, se puso entre ella y los atacantes, y todo se volvió ruido.
Tobías fue por los caballos, como estaba acordado. Su montura embistió de costado a la de Nuño y el muchacho salió volando y aterrizó de espaldas en el polvo con un golpe que a Cassidy le dolió a tres metros de distancia. Damián gritaba, azuzaba, giraba en círculos, hacía el trabajo de cinco hombres, y en el remolino de tierra que levantaron los cascos era imposible saber cuántos eran.
Y entonces la cosa se torció, porque las cosas siempre se tuercen.
Beltrán no era un guardia de adorno. El viejo se lanzó contra Damián con una furia de veinte años de oficio y le entró por debajo del brazo, y Cassidy vio, con el corazón parado, cómo el filo pasaba a un dedo del muslo del muchacho. Damián reculó, sorprendido de verdad, y en su cara tapada Cassidy alcanzó a ver los ojos: ya no se estaba divirtiendo.
No. No, no, no. Beltrán, viejo terco, no me lo mates. Y tú, guapo, no se te ocurra defenderte en serio.
El segundo pase del viejo le abrió a Damián el antebrazo. Sangre de verdad. Y Damián, por instinto, levantó la espada.
Cassidy gritó.
—¡AUXILIO!
Y otra vez, con toda la garganta, con un terror que ya no tuvo que fingir:
—¡AUXILIO!
Los cascos llegaron por el norte, a galope tendido.
Adriano entró en aquella nube de polvo como entra una piedra en un charco. Cassidy no supo nunca cómo lo hizo, si porque lo tenían ensayado o porque de verdad se le fue la cabeza: se metió entre Beltrán y su hermano, desvió el golpe que iba a matar a uno de los dos, y de un solo movimiento de hombro tiró a Damián de espaldas al suelo.
—¡A los caballos! —rugió, con una voz que no era la suya—. ¡Fuera de aquí, perros!
Lo que pasó después duró menos de un minuto y fue, para los dos guardias del duque, la cosa más heroica que habían visto en su vida: un forastero solo, sin escudo, peleando contra dos bandoleros para proteger a una mujer que no conocía. Cruzó dos golpes con Tobías —y Cassidy notó, con el estómago apretado, que los cruzaron con una coordinación que a un ojo entrenado le habría cantado—, recibió un tajo en el brazo izquierdo que le abrió la manga y la carne, y aun así se plantó delante del caballo de la princesa.
—¡Vámonos! —chilló Damián desde el suelo, arrastrándose hacia su montura—. ¡Este está loco!
Y se fueron. Se perdieron entre los árboles con Beltrán gritándoles maldiciones y Nuño todavía tirado en el polvo, tratando de entender por dónde le había pasado el mundo por encima.
Se hizo un silencio raro, de esos que quedan después del ruido.
Adriano se giró hacia ella, con el brazo chorreando sangre, respirando fuerte.
—¿Está usted herida, señora?
Y Cassidy, que tenía las manos temblando de verdad porque el susto había sido de verdad, lo miró desde el caballo con los ojos muy abiertos.
—No —dijo—. Gracias a usted.
Buen trabajo, guapo. Sangrando y todo. Impecable. Ahora reza para que mi padre no sea tan listo como yo creo que es.
El regreso al castillo fue un desfile.
Beltrán entró al patio gritando lo que había pasado antes de bajarse del caballo, y en cinco minutos lo sabía toda la servidumbre. Que la princesa había sido atacada otra vez. Que un forastero solo había espantado a los bandoleros. Que el hombre sangraba por ella.
El duque bajó las escaleras a zancadas, con la cara de un hombre que ya perdió a su hija dos veces y no piensa perderla una tercera. La agarró por los hombros, la revisó entera, le miró las manos, la cara, el cuello.
—Estoy bien, padre. Ni me tocaron.
—¿Cómo que ni te tocaron? —El duque se volvió hacia Beltrán—. ¡Explícame eso!
Y el viejo lo explicó. Con lujo de detalle, con el orgullo herido de haber necesitado ayuda y la honestidad de un soldado que no sabe mentir. Que eran dos, o tres, o más, que había mucho polvo. Que a Nuño lo tiraron del caballo. Que él, Beltrán, había alcanzado a herir a uno. Y que cuando la cosa se estaba poniendo fea de verdad, llegó ese hombre, solo, sin conocer a nadie, y se metió al centro.
—Le abrieron el brazo por defenderla, mi señor —terminó—. Y no pidió nada. Ni siquiera se quiso subir al caballo de la princesa. Vino a pie, al lado de ella, todo el camino.
El duque se volvió despacio hacia Adriano.
Y ahí, en ese silencio, Cassidy sintió el único momento de verdadero peligro de todo el día.
Porque su padre no le dio las gracias. No sonrió. Lo miró como un ministro de guerra mira a un hombre nuevo: de arriba abajo, deteniéndose en las botas, en las manos, en la manera de estar de pie.
—¿Tu nombre?
—Adriano, mi señor.
—¿Adriano de dónde?
—De ninguna parte, mi señor. Nací en el norte. Mi padre fue soldado y me murió en la frontera cuando yo tenía nueve años. Desde entonces vendo la espada donde me la compren.
—Mercenario.
—Sí, mi señor.
—Los mercenarios no se meten gratis en peleas ajenas. —El duque dio un paso—. Se meten cuando les pagan. ¿Quién te pagó?
—Nadie.
—¿Y entonces?
Adriano lo miró a los ojos, y contestó una cosa que Cassidy no le había enseñado ni habían ensayado, y que fue exactamente la correcta.
—Vi a dos hombres contra una mujer, mi señor. No hice ningún cálculo. Si me hubiera dado tiempo de hacerlo, quizá no me habría metido.
El duque lo miró un momento eterno. Después miró el brazo abierto. Después hizo algo que a Cassidy le paró el corazón.
—Beltrán. Dale tu espada.
—Padre… —empezó ella.
—Silencio, hija. —El duque se quitó la capa—. Un hombre miente con la boca. Con el acero, no. En guardia, muchacho.
Ay, no. No, no, no, no. Este es el momento en que se nos cae todo. Adriano, escúchame aunque no puedas oírme: pelea mal. Pelea como un mercenario del montón. Si le enseñas a mi padre lo que sabes hacer de verdad, ese hombre va a saber en tres golpes que no eres un pobre diablo del norte, sino alguien a quien entrenaron desde niño para pelear como pelean los que nacen con sangre de rey.
Cruzaron acero en el patio, delante de medio castillo.
Cassidy no respiró en todo el rato. Vio a Adriano moverse pesado, torpe de un lado, dejando huecos, sudando más de lo necesario. Vio al duque presionar, probar, buscar. Y vio, en un momento, cómo Adriano paraba un golpe con un giro de muñeca que era demasiado limpio, demasiado bueno, demasiado enseñado.
El duque se detuvo. Bajó la espada.
Y a Cassidy le pasó por la cabeza, en un segundo larguísimo, exactamente cómo iba a sonar la palabra "prendedlo".
—Tienes buena escuela para ser hijo de un soldado raso —dijo el duque.
—Mi padre era terco, mi señor. Me hizo repetir cada cosa mil veces. Decía que un hombre pobre solo tiene lo que sabe hacer con las manos.
El duque lo miró un momento más. Después, por primera vez en toda la escena, asintió.
—Tu padre tenía razón. —Le devolvió la espada a Beltrán—. Que le curen ese brazo. Y que le den de comer.
Esa noche, el duque mandó llamar a Adriano al salón. Cassidy se sentó en su rincón, con las manos en el regazo y la cara de siempre.
—Te voy a ofrecer una cosa, muchacho, y te la voy a explicar sin adornos, porque no soy hombre de adornos. —El duque se sirvió vino—. Mi hija ha estado a punto de morir tres veces en dos meses. Un caballo. Un secuestro. Y ahora esto. Y yo soy ministro de guerra, lo que quiere decir que paso más tiempo en el barro de la frontera que bajo mi propio techo. —Bebió—. Necesito un hombre que esté donde yo no puedo estar. Que la acompañe a todas partes. Que duerma en su puerta. Que coma cuando ella coma y monte cuando ella monte. Un perro guardián que no le pertenezca a nadie de esta casa.
—Mi señor…
—Todavía no he terminado. —El duque dejó la copa—. Te elijo a ti por una razón muy simple: eres el único hombre en este reino que ya demostró, con sangre y sin que nadie le pagara, que se pone delante de ella. Aquí adentro hay mucha gente que sonríe. Ninguno ha sangrado por mi hija. —Lo miró fijo—. Y te lo advierto una sola vez. Si algún día descubro que me equivoqué contigo, no habrá juicio, ni consejo, ni cárcel. ¿Nos entendemos?
—Nos entendemos, mi señor.
—Entonces, desde mañana, la vida de la princesa Aurora es tuya. —El duque le tendió la mano—. Que Dios te ayude, porque es más terca que yo.
Y así, delante de todos, con honores, con el agradecimiento de un padre y el aplauso de la servidumbre, Cassidy metió al enemigo de la corona dentro de su propia casa.
Y ahí lo tienes, dios tramposo. El nieto del rey al que este reino destronó, cobrando sueldo de la guardia del ministro de guerra, con permiso escrito para dormir en mi puerta. Si esto no te divierte a ti, no sé qué te divierta.
La convivencia empezó a la mañana siguiente, y fue un desastre desde el primer minuto.
Cassidy abrió los ojos, se sentó en la cama, se estiró, y descubrió a un hombre de pie junto a su puerta, dentro de la habitación, con la espalda contra la pared y los brazos cruzados.
—¡¿Qué haces ahí?!
—Mi trabajo.
—¡Tu trabajo es la puerta! ¡Del otro lado de la puerta!
—Tu ventana da a un tejado. —Adriano no se movió—. Un hombre entra por ahí en menos de lo que tardas en gritar. Ya te metieron una víbora en la cama una vez.
—¡Estaba durmiendo!
—Sí. Muy tranquila, por cierto. Roncas.
—¡No ronco!
—Roncas cuando estás boca arriba.
Cassidy agarró una almohada y se la tiró. Él ni se molestó en esquivarla; la dejó darle en el pecho y caer al suelo.
Yo lo maté. A este lo mato yo, y después le explico a sus hermanos que fue un accidente doméstico.
La cosa no mejoró.
La siguió al desayuno. La siguió a los establos. La siguió a la biblioteca y se quedó tres horas de pie mientras ella leía, sin quejarse, mirando la puerta. La siguió al jardín. La siguió al pasillo. Y cuando Cassidy, ya al límite, entró a su cuarto a hacer lo que hace todo el mundo dos o tres veces al día y él se plantó otra vez adentro, ella explotó.
—Fuera.
—No.
—Adriano. —Cassidy señaló el biombo detrás del cual estaba el bacín—. Voy a usar eso.
—Úsalo.
—¡Contigo aquí no!
—No voy a mirar.
—¡Me da igual que no mires! —Cassidy se pasó las dos manos por la cara—. Escúchame bien, porque esta es la última vez que lo explico. Yo peleé la guerra más importante de mi vida en esta casa para conseguir hacer eso sola. Sola. Sin damas, sin criadas, sin público. Fue mi primera victoria y no la voy a perder por ti. Si tú te quedas ahí parado, entonces todo lo que gané no sirvió de nada.
Adriano la miró, y algo en la cara de ella debió decirle que aquello, por absurdo que sonara, iba en serio.
—Del otro lado de la puerta —cedió—. Con la puerta entreabierta.
—Con la puerta cerrada.
—Entreabierta.
—Cerrada, y yo canto.
—¿Que cantas?
—Canto. Así sabes que estoy viva y no me están estrangulando. —Cassidy le señaló la salida—. Es eso o me buscas otro escolta.
Adriano salió. Y desde el otro lado de la puerta cerrada, con la voz más plana del mundo, la oyó cantar una canción que no era de ese reino, ni de ese siglo, y que no se parecía a nada que él hubiera escuchado nunca.
Se quedó mirando la madera, con el ceño fruncido.
¿Qué demonios eres tú, mujer?
Después, con el paso de los días, empezó la otra parte. La útil.
Porque Cassidy no lo tenía ahí de adorno. En los ratos muertos, mientras caminaban por las galerías, le fue enseñando el reino que él solo conocía desde el bosque: quién era cada noble que entraba al castillo, con quién estaba emparentado, a quién le debía dinero, qué casa odiaba a qué otra casa y por qué. Le explicó cómo se leía una corte: quién saluda primero a quién, dónde se sienta cada uno, cuál sonrisa significa alianza y cuál significa cuchillo.
—Estás enseñándome a moverme en tu mundo —dijo él una tarde.
—Estoy enseñándote a moverte en el mundo al que vamos a entrar los dos. —Cassidy siguió caminando—. Porque cuando estemos en el palacio del rey, esto va a ser diez veces peor, y tú vas a ser mis ojos en los sitios donde a mí no me dejen entrar. Un guardia oye cosas que una reina no. Los hombres hablan delante de los criados y de los soldados como si fueran muebles.
Adriano tardó un momento en contestar.
—Piensas en todo con muchísima anticipación.
—Es lo único que me ha mantenido viva. —Cassidy se detuvo y lo miró—. Dilo de una vez.
—¿Que diga qué?
—Lo que llevas cuatro días queriendo decirme y no te sale.
Adriano apretó la mandíbula.
—Que no sé quién eres —dijo—. Sé el nombre que llevas, sé de quién eres hija y sé lo que quieres. Pero no sé quién eres. Ninguna mujer criada entre estas paredes sabe lo que tú sabes. Ninguna piensa como tú piensas, ni canta lo que tú cantas, ni pelea por cosas por las que tú peleas. —Bajó la voz—. Y mientras no lo sepa, no voy a poder confiar en ti del todo. Por más que me convenga.
Cassidy le sostuvo la mirada.
Buena pregunta, guapo. La mejor que me han hecho en dos vidas. Y ni loca te la contesto.
—Cuando confíes en mí de verdad —dijo, echando a andar otra vez—, te lo cuento. Y no me vas a creer ni una palabra.
Quien sí empezó a atar cabos fue Ismenia.
Lo hizo como hacen las criadas: sin decir nada, viendo todo. Vio que ese guardia no bajaba los ojos delante de los nobles, cuando cualquier soldado del reino los baja por costumbre. Vio que no comía con la tropa. Vio que la princesa le hablaba de una manera en que no le hablaba a nadie, ni siquiera a su padre; sin bajar la voz, sin cuidarse, como se le habla a un igual.
Y una noche, mientras le desataba los lazos del vestido, se decidió.
—Alteza… ese hombre no es un mercenario.
Cassidy no se movió.
—¿Por qué lo dices?
—Porque los mercenarios tienen hambre, alteza. —Ismenia siguió con los lazos, sin levantar la vista—. Y ese hombre no tiene hambre de nada. Tiene otra cosa.
Silencio.
—Ismenia. —Cassidy se giró y la miró de frente—. ¿Tú de quién eres?
La mujer se puso muy tiesa. Después, muy despacio, se llevó una mano al pecho.
—De usted, alteza. Desde la noche en que echó a todo el mundo del cuarto para que yo no tuviera que mirarla en el bacín. —Le tembló un poco la voz—. Nadie en esta casa me había tratado como a una persona en veinte años.
—Bien. —Cassidy le sostuvo la mirada—. Entonces esto es lo que vas a hacer con lo que sospechas: nada. Ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada de más. Y a cambio te doy mi palabra de que ese hombre está aquí para que yo siga viva. ¿Te alcanza con eso?
Ismenia asintió, tragando saliva.
—Me alcanza, alteza.
Y volvió a los lazos, como si nada, con las manos temblando un poco.
Faltaban seis días para el baile del rey cuando el duque volvió del consejo.
Cassidy lo estaba esperando en lo alto de la escalera, porque llevaba toda la mañana con un peso raro en el estómago. Oyó los cascos en el patio, oyó las botas en el corredor, y bajó a recibirlo con Adriano tres pasos detrás.
Y en cuanto le vio la cara, supo.
El ministro de guerra, el hombre que había arrasado ciudades, que había peleado dos años seguidos en la frontera, que le había puesto un cuchillo en la garganta a un príncipe desnudo en su propio salón, entró a su casa con el color de un cadáver.
—¿Padre?
El duque la miró. Abrió la boca. La cerró.
—Padre, me estás asustando. ¿Qué pasó en el consejo?
—No me dejó negociar —dijo el duque al fin, y la voz le salió rota—. No me dejó hablar, hija. No hubo discusión. Ni consulta. Ni tiempo.
Se sostuvo del respaldo de una silla.
—El rey pidió tu mano formalmente delante del consejo entero. Ya está firmado. Ya está sellado.
Y detrás de Cassidy, en el silencio del salón, se oyó cómo la mano de Adriano se cerraba sobre la empuñadura de su espada.