Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Episodio 33
Álvar estaba sentado en una vieja silla de madera en el corredor de la casa, frente a su madre. El sol de la mañana ya había subido, pero su calor no le llegaba de verdad. Sobre la mesa, varios apuntes desgastados y una libreta pequeña con cálculos yacían abiertos: números que ahora resultaban asfixiantes.
—Ya hice las cuentas —dijo Doña Susana en voz baja, con cautela—. Las pérdidas son enormes, Var.
Álvar asintió sin levantar la vista. Ya lo sabía. Incluso antes de que su madre hablara, el pecho ya le pesaba.
—La cebolla que se quemó… —ella se detuvo un instante y tragó saliva—. Era nuestro capital más grande.
Álvar cerró los ojos. En su cabeza, los planes que durante tanto tiempo había guardado con esmero empezaron a derrumbarse uno por uno. Las ganancias de aquella cosecha de cebolla, que debían servirle para abrir su propio consultorio pequeño. Había ahorrado durante mucho tiempo, contenido sus deseos, postergado tantas cosas. Quería comprar una casa sencilla. Un auto pequeño para que Clara no sufriera el calor en la moto cuando estuviera en la aldea. Una vida pausada, pero segura.
Ahora, todo se había esfumado.
—Todavía tengo otros ahorros —dijo Álvar al fin, con voz inexpresiva—. Pero tengo que usarlos para pagarles a los trabajadores de papá… y reconstruir la bodega.
Su madre lo observó largamente.
—Esos son tus ahorros, hijo. Para tu futuro.
Álvar esbozó una sonrisa débil, una sonrisa que no le alcanzó los ojos.
—Si a los trabajadores de papá no les pago, ¿de qué van a comer, mamá? Sin bodega, ¿con qué vamos a sostenernos?
El silencio cayó entre ambos.
Álvar agachó la cabeza, los dedos entrelazados.
—Apenas estoy empezando a vivir con Clara… —murmuró en voz casi inaudible, más para sí mismo—. Quiero ser un esposo digno. Que no la haga preocuparse.
Su madre se acercó y le puso la mano en el hombro.
—Ya eres un buen esposo, Var. Esta prueba no es porque te falte algo.
Álvar exhaló un largo suspiro. No era un hombre que se quejara con facilidad, pero aquella mañana la carga se sentía demasiado pesada. Tenía que ser fuerte: como hijo, como dueño de un negocio y ahora como esposo.
Se puso de pie despacio; la mirada se le fue hacia el patio, y más allá, hacia el arrozal y la bodega de la que solo quedaban restos.
Esa tarde, el cielo sobre la aldea era de un naranja opaco. El viento soplaba despacio y arrastraba olor a tierra y restos de carbón de la bodega incendiada. Álvar estaba sentado en la sala cuando se oyó acercarse el ruido de una moto vieja. Segundos después, su padre entró con paso fatigado.
—Tal como dijiste, Var —dijo Don Higinio dejando el sombrero sobre la mesa—. Ya fui a poner la denuncia ante la policía local. Prometieron investigar. Yo también estoy convencido de que esto no fue casualidad. Alguien lo hizo por maldad… o a propósito.
Álvar asintió despacio; su rostro se veía sereno, pero sus ojos guardaban muchos pensamientos.
—Yo pienso lo mismo, papá. Esa bodega no pudo haberse quemado sola. Menos aún con tan poco viento esa noche; aquí el clima es frío, usted lo sabe.
Antes de que la conversación pudiera continuar, volvió a escucharse el ruido de una moto, esta vez solo de paso. Álvar giró la cabeza por instinto hacia la ventana. Patricio pasó despacio frente a la casa, sin casco, el rostro deliberadamente vuelto hacia ellos. Sus labios se curvaron en una sonrisa cínica, breve pero inconfundible.
La mirada de Álvar se endureció. No devolvió la sonrisa; solo observó de frente, frío, como si registrara algo en su mente.
Doña Susana, que hasta entonces había permanecido callada, por fin habló; la voz baja, cargada de inquietud.
—Desde el día del incendio, Patricio ya ha pasado dos veces frente a nuestra casa.
Álvar aspiró hondo. Había un malestar asentado en su pecho, el mismo que sintió la primera vez que volvió a pisar la aldea.
—¿Dos veces? —repitió en voz baja.
Doña Susana asintió.
—Sí. Dice que solo va de paso, pero sus ojos… no me gustan.
Don Higinio miró a su hijo como queriendo cerciorarse.
—¿Sospechas de él?
Álvar no respondió de inmediato. Se levantó y caminó hasta la ventana que daba al camino de la aldea. La moto de Patricio ya había desaparecido en la curva, pero aquella sonrisa cínica seguía grabada con nitidez.
—Todavía no hay pruebas, papá —dijo Álvar al fin, sereno pero firme—. Pero tampoco puedo hacerme de la vista gorda. Alguien que no tiene nada que hacer aquí no andaría rondando de esta manera.
Se volvió hacia sus padres.
—Por ahora, solo tengamos cuidado. No acusemos, pero tampoco bajemos la guardia.
Esa noche, la casa se sentía más silenciosa que de costumbre. La luz del corredor alumbraba tenuemente cuando dos figuras aparecieron por el camino de la aldea. Álvar, que estaba sentado en la sala, se puso de pie en cuanto los reconoció.
Citlali estaba de pie junto a un hombre de mediana edad: Germán, su padre. Uno de los empleados más antiguos de Don Higinio. Citlali lucía arreglada, pero sus ojos delataban una incomodidad que no lograba disimular.
—Pase, Don Germán —dijo Álvar con cortesía.
Germán sonrió levemente, algo apenado.
—Disculpe que vengamos a estas horas, Var. La verdad, me da pena molestar, pero… hay un asunto.
Álvar asintió e hizo un gesto para que se sentaran.
—No se preocupe. ¿Qué se le ofrece?
Germán tomó aire antes de hablar.
—Vengo a pedirle el pago, Var. No es por presionar, pero… Citlali está por casarse. Necesitamos cubrir los gastos.
Las palabras dejaron a Álvar inmóvil un instante; luego su expresión se suavizó. Se volvió hacia Citlali.
—¿De verdad? —una sonrisa leve se dibujó en sus labios—. Felicidades, Citlali.
Citlali sonrió, un poco cohibida.
—Gracias, Álvar.
No había envidia en los ojos de Citlali, ni arrepentimiento. Solo sinceridad. Era cierto que alguna vez le había gustado Álvar —no era un secreto—, pero ella conocía sus límites. Y desde que Álvar se casó, guardó sus sentimientos con discreción, sin intención alguna de interponerse o causar problemas.
—¿Y Clara cómo está? —preguntó Citlali en voz baja, con tono genuino—. ¿Bien de salud?
Álvar asintió.
—Está bien. Anda en la capital. Tiene unos pendientes de trabajo que resolver.
La respuesta fue breve, apenas lo indispensable; había una añoranza que no pronunció. Luego se volvió de nuevo hacia Germán.
—En cuanto al pago, Don Germán… se lo doy mañana. Necesito ir por el dinero primero. No es que no quiera pagarle ahora, solo que…
—Lo entiendo, Var —lo atajó Germán enseguida—. Sabemos que la situación está difícil para usted.
Guardó silencio un momento y después inclinó la cabeza con respeto.
—Le doy mi pésame, Var. Lo de la bodega… nos dolió mucho a todos.
Aquellas palabras le golpearon el corazón a Álvar con suavidad. Asintió, esforzándose por mantenerse entero.
—Gracias, Don Germán.
Citlali también se puso de pie.
—Ojalá todo se le facilite, Álvar. Lo de la bodega, el trabajo y… su matrimonio.
Álvar sonrió levemente, con sinceridad.
—Amén. Gracias, Citlali. Y que tu boda salga muy bien.
—Gracias, Álvar.
Después de que ambos se despidieron y sus pasos se alejaron de la casa, Álvar volvió a sentarse solo.
Los pasos de Álvar se detuvieron justo frente a la puerta del cuarto. Su mano, que ya estaba a punto de girar la perilla, descendió lentamente cuando un rugido de motor se escuchó afuera, fuerte, bronco y deliberado.
Álvar frunció el ceño; aquel ruido no era el de alguien que simplemente pasaba. Caminó hasta la ventana del frente y se asomó detrás de la cortina delgada. Afuera, bajo la luz pálida del farol de la calle, Patricio estaba parado junto a su moto vieja. El hombre aceleraba una y otra vez, ensordecedor, como si quisiera asegurarse de que Álvar supiera que estaba ahí.
El pecho de Álvar ardió de irritación. Aspiró hondo y abrió la puerta principal con decisión.
—¡Patricio! —gritó Álvar—. ¿Qué problema tienes para venir a armar escándalo frente a la casa ajena a estas horas de la noche?
Patricio apagó el motor. Una sonrisa torcida le cruzó los labios, una sonrisa que nunca traía buenas intenciones.
—Te fuiste hasta la ciudad —respondió a gritos—, ¿para qué vuelves a la aldea, Var?
Álvar dio un paso al frente, la mirada afilada.
—Que yo esté en la ciudad o en la aldea no es asunto tuyo.
La sonrisa de Patricio se borró, reemplazada por una mirada gélida. Inclinó el cuerpo ligeramente; bajó la voz, pero el tono sonó aún más amenazante.
—Aléjate de Ester.
Álvar se tensó.
—¿De qué hablas?
—Si no lo haces —prosiguió Patricio—, te vas a arrepentir.
En ese mismo instante, los puños de Álvar se apretaron. Sin embargo, se contuvo. Sabía que un paso imprudente esa noche podía traer consecuencias largas. Se limitó a mirar a Patricio sin un atisbo de temor.
—Yo nunca he molestado a nadie —dijo Álvar con frialdad—. Y no le tengo miedo a amenazas baratas.
Patricio soltó una risa corta. Sin añadir una palabra más, encendió su moto y se alejó a toda velocidad, dejando tras de sí polvo y un estruendo de escape que rasgó el silencio.
¿Qué es lo que Patricio realmente quiere? Sabe que estoy casado… ¿para qué me advierte sobre Ester?, se dijo Álvar.
Exhaló con pesadez y sus pasos lo llevaron hasta el dormitorio. La habitación que Clara había ocupado durante aquellas semanas en la aldea.
sther