Valentina nunca fue suficiente.
Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.
Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.
Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.
A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.
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Capítulo 33 — «Vive bien»
La puerta se abrió a medias.
Lo suficiente para derrumbar el mundo de Ricardo una vez más.
Vale estaba en el umbral, la muleta en la mano izquierda. El color se le fue del rostro al instante, como quien ve al pasado cobrar vida ante sus ojos. Le temblaron los labios, se le agrandaron los ojos y los dedos se le aferraron al marco de la puerta con más fuerza.
—¿Ri... Ricardo?
La voz le salió queda. Casi vacilante.
Ricardo permaneció clavado en su sitio. Los separaban apenas dos pasos, pero se sentían como un abismo imposible de cruzar. Quería avanzar, quería decir tantas cosas, pero los pies se le negaron a moverse.
—Sí —respondió apenas—. Solo... quería ver que estuvieras bien.
Vale bajó la cabeza de inmediato. La mirada le cayó al suelo, como si temiera que sus ojos se encontraran demasiado tiempo. No abrió más la puerta. Tampoco la cerró.
—Ricardo... disculpe —dijo en voz baja—. No puede entrar.
La frase era sencilla. Pero Ricardo la entendió al instante.
Límites.
Decoro.
Y su condición.
—Mi esposo no está en casa.
—Sí... entiendo —dijo Ricardo con rapidez, casi atropellándose, como si temiera que Vale creyera que la presionaba—. No voy a entrar.
El silencio se coló entre los dos. La brisa matutina movió la punta del jilbab de Vale. Le temblaba un poco la mano sobre la muleta.
Ricardo miró hacia el corredor, donde había una silla de madera y un banco. —Me siento aquí afuera —dijo, y caminó hasta la silla para sentarse.
Vale se quedó inmóvil en el umbral. Mateo no estaba en casa; no quería dar una mala impresión si alguien la veía recibiendo visitas.
—¿Estás... bien de salud? —Ricardo tragó saliva.
Vale asintió levemente. Sin responder con palabras.
—¿Tu pierna?
Silencio.
Ricardo miró la muleta. El pecho se le estrujó. —¿Todavía te duele?
Vale negó con la cabeza. Más despacio esta vez. La mano apretó el mango de la muleta, como si fuera lo único que la sostenía.
—Ya estoy acostumbrada —dijo.
Ricardo inspiró hondo. —Vale... ya recuerdo todo.
Vale levantó la cabeza de golpe. Los ojos se le redondearon. El rostro que un momento antes miraba al suelo ahora observaba a Ricardo con un asombro imposible de disimular.
—¿Recuerda...? —la voz le tembló.
—Sí —Ricardo sonrió con amargura—. Todo. Aquella noche... Mi propuesta de matrimonio... Y... todos nuestros recuerdos.
Vale retrocedió medio paso por reflejo. La mano se le fue al pecho; la respiración se le aceleró un poco.
—Ricardo...
Se detuvo. Luego negó despacio. —Yo ya me casé.
Esa frase fue como un cuchillo que se hundía lento, pero justo en el corazón.
—Sí, lo sé —respondió Ricardo con premura—. Lo vi esta mañana con mis propios ojos.
Vale calló. Se le demudó el semblante, no por dolor físico, sino porque la vieja herida que llevaba tiempo enterrada se vio sacudida.
—Parece... que eres feliz.
Vale no dijo nada.
—¿Por qué vino? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo supo dónde vivo?
Ricardo la contempló largo rato. El rostro que antes protegió, que cuidó en silencio.
—Simplemente lo supe —respondió con franqueza—. Simplemente lo supe, Vale.
Vale no preguntó más. Solo asintió, como eligiendo creer sin querer reabrir heridas más hondas.
—Ricardo... me tengo que ir —dijo al fin—. No puedo quedarme mucho tiempo atendiendo visitas afuera así.
Ricardo sonrió apenas. Se dio cuenta de que lo estaban despidiendo con amabilidad. —Sí. Yo también debo irme.
Se levantó de la silla, avanzó un paso. El pecho le oprimía, pero se inclinó con cortesía. —Perdón por molestarte esta mañana.
Vale asintió despacio. Ricardo empezó a alejarse; le costaba moverse, pero debía hacerlo. El pie tocó el último escalón del corredor. Habría querido que ella lo retuviera, o al menos que pronunciara su nombre. Ricardo sonrió con acidez. ¿Qué esperaba?
—Ricardo...
La llamada llegó; algo se le infiltró de pronto en el pecho y le dibujó una leve sonrisa. —¿Sí?
Ricardo se volvió.
—Viva bien.
Eso fue todo.
Una sola frase sencilla.
Pero bastó para que Ricardo casi se derrumbara.
Asintió. —Tú también.
Ricardo dio media vuelta. Se marchó sin voltear de nuevo, porque sabía que si lo hacía una sola vez, no tendría fuerzas para irse.
Detrás de la puerta, Vale la cerró despacio. La espalda se le recargó contra la madera fría. La respiración le temblaba.
—Ya Allah... —susurró.
Había una herida recién abierta. Y una vieja que volvía a sangrar. Lo que sentía por Ricardo ya no era igual que antes, pero algo quedaba.
«Vale... ahora Mateo es tu esposo. Él es tu guía.»
En el camino, Ricardo iba en silencio. En silencio. Llorando. El dolor se le expandía más hondo y más ancho después de haber visto a Vale...
La vista se le nublaba, las mejillas mojadas, pero... ningún sonido le salió de los labios.
Desde la casa de Vale fue directo a la oficina. Se lavó la cara en el baño antes de entrar. Por más destrozado que estuviera el corazón, por más revueltos que tuviera los pensamientos, necesitaba parecer normal en el trabajo. Después de cambiarse la camisa, Ricardo caminó por el pasillo hacia su área.
De pronto, Diana le bloqueó el paso.
—¿De dónde vienes? —le espetó—. ¿Dónde dormiste anoche?
Ricardo no contestó; siguió caminando hacia su escritorio.
—¿Con quién estuviste anoche? —Diana exigió más—. ¿De verdad fuiste a casa de Vale? ¿Estuviste con ella?
Ricardo dejó de moverse. Se volvió despacio. La mirada gélida, ajena.
—Eso no es asunto tuyo —dijo en voz baja.
Diana se sobresaltó. —¡La viste, ¿verdad?! ¡De verdad la viste!
Ricardo la miró de frente. —No quiero verte ahora, Diana.
—¡Eres mi esposo! —Diana alzó la voz—. ¡Soy tu esposa! ¡Tengo derecho a saber!
Ricardo esbozó una sonrisa helada. —Quédate tranquila. Eso puede cambiar.
Diana sintió que se le iban las fuerzas. Las rodillas casi no le respondieron.
—Quieres decir... —la respiración se le aceleró, los ojos se le desorbitaron.
—¿Me vas... a dejar? —la voz se le quebró.
Ricardo no respondió. Se sentó, abrió la computadora portátil, como si Diana no existiera.
—¡No puedes dejarme!
Esa tarde, Diana no podía estarse quieta. La cabeza le hervía de rencor hacia un solo nombre.
—Vale. ¡Todo es culpa de ella! ¡Ya se casó y todavía quiere meterse con Ricardo! —mascullaba con los dientes apretados—. Vas a ver. No me voy a quedar de brazos cruzados, Vale.
Diana golpeó la mesa. —¡Piensa, Diana, piensa! ¿Qué tengo que hacer para que Ricardo no me deje?
A la hora del almuerzo salió de la oficina. Fue a comer a un restaurante con el único propósito de reunirse con una vieja amiga que estaba embarazada.
—¿Estás segura de que estás embarazada? —preguntó Diana de sopetón.
—Sí... dos meses —respondió la amiga, desconcertada.
—¿Tienes la prueba?
La amiga asintió. —¿Por qué?
—Toma. —Diana sacó una prueba de embarazo nueva que había comprado antes—. Hazte el test ahora.
—Diana...
—Yo te pago. —Le deslizó un fajo de billetes dentro del bolso—. Sé que necesitas dinero. Solo tienes que hacerte la prueba.
La amiga titubeó, pero acabó aceptando.
De vuelta en la oficina, Diana sostenía la prueba en la mano. Contempló aquella barrita plana con las dos líneas bien marcadas.
Por la tarde, le cortó el paso a Ricardo en el estacionamiento.
—Estoy embarazada —soltó de pronto, enseñándole la prueba.
Ricardo la miró un largo rato. Luego se rio por lo bajo.
No de alegría.
Sino de devastación.