A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 32
Capítulo 32: Tu nombre en el anillo
Emilio, todavía rojo de vergüenza, se escabulló del cuarto en cuanto pudo, murmurando algo de "ir a ver cómo seguían los demás". Max ni lo miró salir. No me soltaba.
Me hizo sentarme a su lado en la camilla, me revisó él a mí —como si la accidentada fuera yo y no él—, me quitó el abrigo empapado, me secó la cara con la manga sana, me apartó el pelo mojado del oído malo con esa delicadeza de siempre.
—Estás congelada —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Viniste de México? ¿Sola? ¿En medio de la noche?
—¿Qué querías que hiciera? —Se me escapó, entre risa y llanto—. ¿Quedarme sentada en la casa esperando una llamada? Te dieron por desaparecido, Max. "Sin señales del vuelo." Leí "víctimas" en una nota. Le rogué a tu papá hasta que me subió a un avión. —Le golpeé el pecho sano, sin fuerza, más reproche que golpe—. No vuelvas a hacerme esto. No vuelvas a subirte a una avioneta con mal clima. No vuelvas a desaparecer cuatro horas. ¿Me oíste? No te doy permiso.
—No me das permiso —repitió él, y por debajo del cansancio le asomó esa diversión suya—. Ahora resulta que necesito permiso.
—Ahora resulta que sí. —Le tomé la mano grande entre las mías heladas—. Resulta que sí, Maximiliano. Porque si te pasa algo, a mí me pasa todo. Eso lo aprendí esta noche, en el peor susto de mi vida. Así que sí: de ahora en adelante, para todo lo peligroso, me pides permiso.
Algo se le suavizó en la cara al oírme usar su nombre completo, ese que solo me salía cuando hablaba en serio.
—Está bien —dijo, y por una vez no discutió—. Permiso. Para todo. —Me apartó un mechón mojado de la frente—. ¿Y cómo llegaste hasta acá, a este pueblo perdido?
—Me trajo el avión de tu papá. —Le toqué el corte de la ceja, los puntos, con la yema temblorosa—. ¿Te duele? ¿Qué te pasó? Dime que no es grave, Max, dime la verdad, sin "estoy bien".
Esbozó esa media sonrisa suya.
—Mira quién habla de decir la verdad. —Me dejó tocarle la herida—. Unos puntos en la ceja, un brazo raspado, dos costillas golpeadas. Nada roto. El piloto es bueno; bajó la avioneta entre los árboles sin que se partiera. Los que iban atrás se llevaron la peor parte. —Se le ensombreció la cara un segundo, pensando, supuse, en las bolsas del pasillo—. Yo tuve suerte.
Suerte. La palabra me revolvió todo. Porque la suerte podría haber caído del otro lado tan fácil. Y entonces, sin poder evitarlo, dije en voz alta lo que llevaba clavado desde el avión:
—Es mi culpa.
Max levantó la vista.
—¿Qué?
—Si yo no… —Se me quebró la voz—. Tú andabas de viaje tranquilo, y yo aquí extrañándote como una tonta, deseando que volvieras pronto. A lo mejor por eso adelantaste el regreso, por mí, y te subiste a esa avioneta con ese clima, y… —Me tapé la boca con la mano—. Si te hubiera pasado algo, habría sido por mi culpa. Por quererte cerca.
Esperaba que me consolara. Que me dijera que no, que claro que no era mi culpa.
En lugar de eso, se le endureció la cara. Algo se le cerró por dentro, de golpe, como una puerta.
—No —dijo, cortante, casi áspero—. No tuvo nada que ver contigo. Ni con que me extrañaras. Yo volví por mis razones, que no son las que te imaginas. No te eches encima cosas que no te tocan, Renata. —Apartó un poco la mirada—. Lo último que quiero es que cargues una culpa que no es tuya.
Me dejó descolocada. Su negación fue tan rotunda, tan rara, que por un momento pensé que escondía algo. Pero estaba demasiado cansada, demasiado vaciada por el susto, para insistir. Lo entendería después, cuando supiera la verdad de por qué había hecho ese viaje. En ese momento solo me dolió un poquito que me apartara, justo cuando creí que nos habíamos acercado tanto.
—Ya, no pienses en eso —suavizó él al verme la cara, y me jaló para que apoyara la cabeza en su hombro bueno—. Estoy aquí. Estás aquí. Duérmete un rato. Llevas toda la noche despierta.
Y tenía razón. El cansancio, ahora que el miedo se había ido, me cayó encima como una losa. Me acurruqué contra su costado, con cuidado de no apretarle las costillas, escuchándole el corazón —ese sonido que unas horas antes había creído perder para siempre—, y me quedé dormida casi al instante, vencida.
Lo que pasó después me lo contó él, mucho tiempo más tarde, una noche en que se le soltó la lengua.
Que se quedó un rato mirándome dormir, despeinada y con la cara hinchada de llorar, y que pensó que nunca nadie en su vida había cruzado un país de madrugada, bajo una tormenta, solo por la posibilidad de encontrarlo vivo. Ni su padre, en aquellos años de pelea fría entre los dos. Ni una sola de las mujeres que se le habían colgado del brazo buscando su apellido. Nadie. Solo yo, la mujer que le había llegado por un arreglo, por un golpe de suerte amarga, y que ahora dormía aferrada a su camisa rota como si soltarlo fuera morirse.
Que eso, a un hombre al que de niño le habían hecho creer que su existencia era una carga, que le había costado la vida a su madre, que vivía castigándose con trabajo para demostrar que merecía estar vivo, le rompió algo por dentro, en el buen sentido. Algo que llevaba treinta años endurecido y que esa madrugada, en un cuarto de hospital de pueblo, por fin cedió.
Me contó que estuvo tentado de despertarme solo para decirme lo que sentía, y que no se atrevió, porque las palabras grandes a él tampoco le salían de noche, ni siquiera entonces. Que somos, los dos, la misma clase de cobardes: capaces de cruzar el mundo el uno por el otro, e incapaces de decir "te quiero" con la luz prendida.
Y que, al acomodarme la manta, sintió un bulto duro en el bolsillo de mi abrigo, todavía húmedo. Con cuidado de no despertarme, lo sacó. Era un estuche pequeño, de joyería, hecho a mano, forrado de terciopelo gastado. Lo abrió apenas, con una sola mano, en la penumbra del cuarto.
Y en el reverso de la tapa, grabado con buril, con una letra cuidadosa y temblorosa, leyó un nombre que le detuvo el corazón mucho más que el aterrizaje de emergencia.
El suyo.
"Maximiliano."
Me dijo que se quedó mirando esa palabra mucho rato, con el estuche en la palma de la mano, mientras yo dormía a su lado sin saber nada. Que un hombre que tenía bóvedas llenas de joyas, que podía comprar la mina entera de donde salían los diamantes, se quedó sin aire por dos aros de oro hechos a mano con su nombre adentro. Porque esos no se compraban. Esos significaban que alguien, de madrugada y a escondidas, había pensado en él. Solo en él. Y eso, me confesó, era lo único que nunca había tenido y que más le había hecho falta en la vida.