Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 31
...Seb....
Firmé los papeles a las nueve de la mañana en la sala de juntas de Grupo Cielo.
Cuarenta y dos pisos de cristal y acero en el centro financiero. El logo de la aerolínea — un águila plateada cruzando un cielo azul— ocupaba media pared de la recepción. Yo había jurado que nunca pisaría ese edificio como algo más que un piloto. Y ahí estaba, sentado en una silla de cuero negro con mi nombre grabado en una placa de bronce, firmando un contrato de gestión temporal como vicepresidente ejecutivo de operaciones.
Daniela Linares estaba sentada frente a mí. Treinta y cinco años, traje gris, pelo corto, ojos que procesaban información más rápido que cualquier computadora. Era la secretaria ejecutiva de mi abuelo, su mano derecha y la persona en quien más confiaba después de mí.
—Bienvenido oficialmente, Sebastián —dijo, sin sonreír—. Tu abuelo estará contento.
—Mi abuelo está en el hospital. No sé cuánto le importa un papel con mi firma.
—Le importa más de lo que crees. —Abrió su carpeta—. Necesito informarte de varias cosas. Primero: Grupo Mendoza ha intentado comprar acciones minoritarias de tres subsidiarias nuestras en los últimos dos meses. Fernando Mendoza está usando intermediarios para disimular.
—Lo sé.
—Segundo: Luciano Reyes, a través de su empresa Grupo Reyes, adquirió el 35% de Clínica Santa Lucía. Ahora tiene voz en la junta directiva.
Apreté la mandíbula.
—¿Y qué tiene que ver Clínica Santa Lucía con Grupo Cielo?
—Nada directamente. Pero tiene que ver con Valentina Mendoza. Y si tú estás con ella, tiene que ver contigo. —Me miró directo—. Sebastián, necesito saber algo. ¿Tu relación con Valentina es personal o es estratégica?
—Es personal.
—¿Solo personal?
—Daniela, estoy enamorado de ella desde los diecisiete años. No hay nada de estratégico en eso.
Daniela me sostuvo la mirada tres segundos. Asintió.
—Bien. Entonces déjame ser clara: yo trabajo para Grupo Cielo, no para tus sentimientos. Si tu relación con Valentina en algún momento compromete los intereses de la empresa, voy a decírtelo. Y voy a esperar que actúes como vicepresidente, no como novio.
—Entendido.
—Perfecto. —Cerró la carpeta—. Ah, y una cosa más. La prensa va a querer saber quién eres. Hasta ahora has sido un fantasma. Piloto de línea comercial, sin redes sociales, sin perfil público. Pero en cuanto se sepa que un Del Fuego está al frente de Grupo Cielo, la discreción se acaba.
Lo sabía. Llevaba diez años evitándolo. Diez años volando bajo el radar, usando mi uniforme de piloto como escudo, rechazando cada intento de mi abuelo de meterme en la empresa. Porque yo no quería ser un heredero. Quería ser un piloto.
Pero mi abuelo estaba en el hospital con el corazón fallándole. Y alguien tenía que sentarse en esa silla.
—Lo manejo —dije.
Salí del edificio. Me subí a la camioneta. Y en vez de ir al aeropuerto, manejé hacia Casa Mendoza.
No porque quisiera. Porque Val me lo pidió.
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...Val....
Le pedí a Seb que no fuera. Pero se lo pedí sabiendo que no me iba a hacer caso.
Mi padre me convocó a Casa Mendoza a las cinco de la tarde. "Ven. Necesitamos hablar de tu madre." Sabía que era una trampa. Pero la palabra "madre" era el único anzuelo que siempre me pescaba.
Llegué sola. Susana me abrió. Mi padre estaba en la sala con Camila. Los tres me miraron cuando entré.
—Valentina —dijo mi padre—. Siéntate.
—Dime lo que tengas que decirme. No me voy a quedar.
—Siéntate.
Me senté.
—Me enteré de lo del aeropuerto —dijo, con un tono que pretendía ser decepcionado pero que era pura estrategia—. Tu hermana casi pierde la vida por tu negligencia.
—¿Mi negligencia?
—¡Yo no sabía que mi teléfono podía hacer eso! —gimió Camila desde el sillón, con los ojos rojos de llorar o de frotárselos—. ¡No es mi culpa!
—Camila dejó un teléfono transmitiendo en vivo dentro de una torre de control —dije, mirando a mi padre—. Casi provoca un accidente aéreo con 242 personas a bordo. La autoridad de aviación civil tiene el reporte. No hay discusión.
—Hay discusión cuando mi hija está siendo tratada como criminal por un error inocente.
—No fue inocente. Y la que salvó esas 242 vidas fui yo.
Mi padre me miró con los ojos que le conocía. Los mismos ojos de la noche del bastón. Fríos. Calculadores. Buscando dónde golpear.
—Vas a retirar la queja contra tu hermana.
—No.
—Valentina—
—No voy a retirar nada. La ley es la ley. Y Camila va a asumir las consecuencias.
—¡Papá! —lloriqueó Camila—. ¡Dile que pare!
Mi padre se levantó. Caminó hacia mí. Y yo vi cómo su mano se movía hacia el bastón que estaba recargado contra el sillón.
—Al oratorio de la abuela —dijo—. Ahora.
En la casa de mi padre había un oratorio pequeño al fondo del pasillo, con una imagen de la Virgen de Guadalupe, un crucifijo, veladoras y retratos familiares. Mi padre nunca fue devoto, pero conservaba el cuarto porque "daba respetabilidad a la casa". Y cuando quería castigarme, me mandaba a arrodillarme ahí durante horas.
Caminé al oratorio. Me arrodillé en el piso de madera. Mi padre me siguió.
—Vas a quedarte aquí hasta que recapacites.
—¿Cuánto tiempo?
—El que haga falta.
Se fue. Cerró la puerta.
Me quedé arrodillada. Las rodillas me dolían contra la madera. La cera vieja de las veladoras olía a polvo. Los retratos familiares me miraban desde la pared con expresiones serias que podían ser reproche o compasión.
Pasaron veinte minutos. La puerta se abrió. Camila asomó la cabeza.
—¿Ya vas a cooperar, hermanita?
La miré. Arrodillada en el piso, con las rodillas adoloridas y la dignidad intacta, miré a Camila Mendoza y dije:
—¿Sabes qué es lo bueno de estar arrodillada frente a los retratos de la familia?
—¿Qué?
—Que puedo hablarles de ti. Contarles cómo su nieta casi mata a 242 personas por un live de Instagram. Seguro estarían muy orgullosos.
A Camila se le cayó la sonrisa.
—Eres una—
—¿Qué? ¿Ingrata? ¿Difícil? ¿Mala hermana? —Me enderecé sobre las rodillas—. Soy la que salvó esas vidas mientras tú llorabas en un sillón, Camila. Y ningún castigo de papá va a cambiar eso.
Camila azotó la puerta.
Me quedé sola. Saqué el teléfono del bolsillo. Tenía un mensaje de Seb:
«Sé dónde estás. Espérame.»
Miré el mensaje. Miré el oratorio. Miré los retratos familiares.
Y por primera vez en mucho tiempo, arrodillada en el piso de la casa donde crecí odiándome, sentí algo que no era dolor ni rabia ni miedo.
Era algo pequeño y caliente y frágil.
Se parecía a la esperanza.
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