Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La horrible espera
Fabiano
Nunca imaginé que esperar pudiera doler tanto.
He enfrentado guerras.
He negociado con hombres que habrían vendido a sus propias madres por un puñado de dinero.
He sostenido un arma contra la cabeza de capos que duplicaban mi edad.
Nada de eso se compara con estos malditos minutos.
Camino de un extremo al otro de mi despacho. Una y otra vez.
Miro el reloj. Solo han pasado cuatro minutos.
Golpeo el escritorio con el puño.
Necesito hacer algo. Lo que sea.
Subir a ver a Cloe.
Llamar a Dylan.
Salir yo mismo a buscar a Alessia.
Cualquier cosa menos seguir esperando.
Pero no puedo. Le prometí a Cloe que no me iría.
Y Dylan ya está haciendo todo lo que está en sus manos.
Solo queda esperar.
Odio esperar.
La puerta se abre.
Mattheo entra sin molestarse en llamar.
—¿Todavía sin noticias?
Niego con la cabeza.
—Nada.
Se queda observándome mientras vuelvo a caminar.
—Vas a hacer un hoyo en el suelo.
—Cambiaremos el piso… No me importa.
No responde. Sabe que no estoy de humor.
Se acerca al ventanal.
—Llegará —dice después de un rato.
—No lo sabes.
—No. —Guarda silencio unos segundos—. Pero Dylan nunca ha fallado.
Aprieto la mandíbula.
No.
Nunca ha fallado.
Pero nunca antes le había pedido que cruzara medio mundo para detener una boda.
Miro nuevamente el reloj. Cinco minutos más han pasado.
¿Cómo demonios pueden pasar tan lento cinco minutos?
Mi teléfono continúa sobre el escritorio.
Silencioso.
Maldita sea.
—Si no alcanza...
—No termines esa frase —siseo.
Mi voz sale tan fría que incluso Mattheo guarda silencio.
No voy a escucharla.
No voy a imaginar a Alessia encerrada con Adriano.
No después de verla sonreír.
No después de verla cocinar.
No después de verla bailar descalza por mi comedor mientras creyó que nadie la estaba mirando.
No.
La puerta vuelve a abrirse. Uno de mis hombres entra apresuradamente.
—Señor.
Mi corazón golpea una sola vez. Muy fuerte.
—¿Qué pasa?
—Acaba de llegar un vehículo.
No espero a que diga nada más. Salgo del despacho prácticamente corriendo.
Escucho a Mattheo detrás de mí.
Atravesamos el hall, las puertas de la mansión y los escalones.
El aire golpea mi rostro cuando salgo al exterior. Hay un automóvil negro detenido frente a la entrada.
Mi respiración desaparece.
Dylan baja primero.
Tiene la camisa salpicada de sangre.
Por un instante el mundo entero deja de existir.
—¿Dónde está? —pregunto antes incluso de llegar hasta él.
No responde.
Solo rodea el vehículo.
Abre la puerta trasera, y entonces la veo.
El tiempo se detiene.
Tiene el vestido completamente destrozado.
El cabello revuelto.
Las mejillas cubiertas de lágrimas.
Sus ojos buscan desesperadamente entre las personas reunidas frente a la mansión.
Hasta que encuentran los míos.
Todo su rostro se ilumina.
—¡Fabi!
Su voz rompe algo dentro de mi pecho.
Dylan apenas alcanza a tenderle una mano, pero es en vano. Ella ya viene hacia mí.
No camina.
Corre.
No parece recordar que el vestido apenas cubre su cuerpo.
Que está descalza.
Que todos la están mirando.
No le importa.
Solo corre.
—¡Fabi!
Abro los brazos por puro instinto.
Alessia salta y la atrapo antes siquiera de pensar en hacerlo.
Sus piernas rodean mi cintura con fuerza.
Sus brazos se aferran a mi cuello.
Esconde el rostro contra mi pecho y rompe a llorar.
No son lágrimas silenciosas. Todo su cuerpo tiembla.
Cada sollozo atraviesa mi pecho.
La abrazo tan fuerte como me atrevo.
Tengo miedo.
Miedo de romperla.
Miedo de que desaparezca si la suelto.
—Ya pasó... —susurro contra su cabello.
Niega con la cabeza. Llora todavía más fuerte.
—Estoy aquí —digo sobre su cabecita rubia.
Vuelve a negar.
Sus dedos se aferran con desesperación a mi camisa. Como si soltarme significara volver a perderlo todo.
Paso una mano por su espalda para tranquilizarla.
Entonces la siento.
Tiembla.
No de frío.
De terror.
Cierro los ojos un instante.
—Ya estás en casa, pequeña Castelli.
Su respiración se rompe.
Sus brazos aprietan todavía más mi cuello.
—Pensé... pensé que no volvería a verte.
Las palabras apenas consiguen salir entre sus sollozos.
Mi garganta deja de responder.
Solo puedo abrazarla.
Solo puedo besar la cima de su cabeza una y otra vez.
Está aquí.
Está viva.
Eso es lo único que importa.
Entonces bajo la vista y el alivio desaparece.
El vestido está rasgado desde el pecho hasta las piernas. Su rostro está cubierto de moretones. Hay marcas violáceas alrededor de sus muñecas.
Y sangre.
Demasiada sangre.
La furia comienza a hervir dentro de mí.
—¿Te hizo daño?
Alessia tarda varios segundos en responder. Como si recién recordara todo lo que acaba de ocurrir.
Finalmente asiente apenas. Un movimiento tan pequeño que casi pasa desapercibido. Pero para mí basta.
Todo mi cuerpo se endurece.
—Lo maté. —Levanto la vista. Dylan guarda la pistola en la parte trasera de su pantalón—. Llegué justo cuando estaba empezando —continúa.
Mi respiración se corta.
Alessia esconde todavía más el rostro contra mi cuello.
—No quiero que me vea nadie.
Bastan esas seis palabras.
Me quito la chaqueta sin soltarla ni un solo segundo. La envuelvo con ella con todo el cuidado del mundo.
No porque me incomode verla, porque no permitiré que nadie más vuelva a mirarla.
Nunca.
Ella levanta apenas el rostro. Sus ojos están completamente rojos.
—¿De verdad estoy en casa?
Sonrío mientras aparto un mechón de cabello de su mejilla.
—Sí, pequeña Castelli.
Estás en casa.
Y esta vez... Nadie volverá a arrebatármela.
🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Saludos desde México.
🌟🌟🌟🌟🌟