Monique es médica, independiente y decidida. Después de que su ex la traicionara, tomó una resolución radical: tener un hijo sola mediante inseminación artificial en una clínica de Albania. El procedimiento salió bien —o eso creyó—, hasta que un desconocido irrumpió en la sala en el peor momento posible.
Meses después, con una bebé preciosa en brazos y una vida reconstruida al lado de su familia en casa, Monique está convencida de que lo peor ya quedó atrás. Hasta que veinte hombres armados invaden el comedor durante el desayuno.
Al frente de ellos está Drilon Meksi: segundo hijo de la mafia albanesa Exilio, ejecutor implacable y —según él— el verdadero padre biológico de Estela.
Drilon no vino solo a reclamar a su hija. Vino a llevarse a las dos.
Arrancada de su mundo y encerrada en la mansión de una de las familias más temidas de Albania, Monique descubre que su única opción es aprender a sobrevivir entre mafiosos. Pero la matriarca Hana le enseñará que las batallas más importantes no se ganan con rabia, sino con inteligencia. Que el respeto pesa más que la imposición. Y que a veces los muros más gruesos no están en las fortalezas, sino dentro de las personas.
Mientras Monique lucha por proteger a Estela y recuperar su libertad, algo inesperado empieza a crecer entre ella y el hombre que juró odiar: pequeños gestos, conversaciones honestas, un padre que arrulla a su hija con una ternura que contradice todo lo que representa.
¿Puede una mujer libre enamorarse de un mafioso sin perderse a sí misma?
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capítulo 31
El amanecer trajo un clima diferente a toda la propiedad. Era el día de la boda. Desde temprano, la casa bullía de actividad.
En la habitación de Monique, Hana, Mónica, Sofía, Era e Isabela ayudaban con los últimos detalles del vestido.
Mientras tanto, al otro lado de la casa, Agim, Altin, Besnik, Augusto, Eliot y Leon acompañaban a Drilon, que terminaba de ponerse el tradicional traje oscuro usado en las ceremonias familiares.
ALTIN— Nunca pensé que te vería nervioso.
DRILON— Ni yo.
BESNIK— Todavía estás a tiempo de huir.
AGIM— Ni se te ocurra.
Todos rieron.
AUGUSTO— Cuida bien a mi hija.
DRILON— Cuidaré de ella y de Estela el resto de mi vida.
Augusto hizo un gesto de aprobación. En la habitación de Monique, Mónica le acomodó el velo a su hija.
MÓNICA— Estás hermosa.
MONIQUE— Estoy nerviosa.
HANA— Eso le pasa a toda novia.
ISABELA— En un rato se te pasa.
SOFÍA— Disfruta cada momento.
Monique respiró hondo.
HANA— Es la hora, querida.
MONIQUE— Vamos. —Siguió a las mujeres.
La ceremonia tuvo lugar en el gran salón de la propiedad, siguiendo la tradición familiar. El jefe del consejo aguardaba junto a Drilon.
Todos los invitados se pusieron de pie. La música comenzó. Augusto entró del brazo de Monique.
Ella avanzaba lentamente por el pasillo. Drilon no lograba apartar los ojos de ella. Cuando llegaron al altar, Augusto le tomó la mano a su hija.
AUGUSTO— Sé feliz.
MONIQUE— Gracias, papá.
Él colocó con delicadeza la mano de ella sobre la de Drilon. El jefe del consejo inició la ceremonia.
JEFE DEL CONSEJO— Hoy dos familias se convierten en una sola.
El salón permaneció en absoluto silencio. Siguiendo la tradición, Drilon repitió cada juramento pronunciado por el jefe del consejo.
Después le tocó a Monique. Aunque emocionada, repitió cada palabra con firmeza. Cuando ambos terminaron, el jefe del consejo sonrió.
JEFE DEL CONSEJO— Ante esta familia y las antiguas tradiciones, los declaro marido y mujer.
Los aplausos resonaron por el salón. Drilon observó a Monique.
DRILON— Bienvenida a nuestra nueva vida.
Ella sonrió.
MONIQUE— Gracias.
La fiesta continuó durante horas. Los niños corrían por el jardín. Viviane, Ivy y Benjamín jugaban juntos mientras Estela era disputada por los abuelos.
Agim reía al verla intentando alcanzar un pedazo de pastel. Hana conversaba animadamente con Mónica.
La música se adueñó de la noche. Cuando los últimos invitados comenzaron a despedirse, Drilon se acercó a Monique.
DRILON— ¿Estás cansada?
MONIQUE— Un poco.
DRILON— Vamos.
Ella asintió. Los dos caminaron uno al lado del otro por los pasillos de la casa hasta llegar a la habitación preparada para ella. La habitación estaba en silencio.
Las celebraciones por fin habían terminado y, por primera vez en todo el día, Drilon y Monique estaban solos.
Ella se retiró lentamente algunos pasadores del cabello, dejando que los mechones le cayeran sobre los hombros.
Drilon permaneció cerca de la puerta durante unos segundos. Era extraño.
El hombre que jamás mostraba miedo ante rivales ni en reuniones de la mafia parecía completamente inseguro. Monique lo notó.
MONIQUE— Estás nervioso.
Él esbozó una sonrisa incómoda.
DRILON— Un poco.
Ella se giró para encararlo.
MONIQUE— No tienes que quedarte.
Drilon respiró hondo.
DRILON— En mi familia existe una tradición. —Lo soltó de golpe.
MONIQUE— ¿Qué tradición?
DRILON— Mi padre la hizo con mi madre. Mi abuelo con mi abuela. Y muchos otros antes que yo. Solo no la hice con mi exesposa. —Ella no dijo nada; aguardó, curiosa—. Es una forma de desear protección, paz y felicidad a la esposa en el primer día de casados.
MONIQUE— ¿Y qué necesitas hacer?
DRILON— Solo si tú me lo permites.
Ella asintió.
MONIQUE— Te lo permito.
Drilon se acercó despacio. Con delicadeza, se colocó detrás de ella. Sin decir una palabra, le apartó cuidadosamente el cabello hacia un lado.
Ella sintió un leve escalofrío. Las manos de él se posaron con suavidad sobre sus hombros. Los movimientos eran lentos y tranquilos: apenas una caricia delicada, como si quisiera aliviar todo el peso de aquel largo día.
Monique cerró los ojos. La tensión que arrastraba desde la mañana empezó a desvanecerse.
Drilon deslizó las manos por los brazos de ella en un gesto sereno. Después volvió a los hombros, haciéndole un suave masaje.
Ella respiró hondo. Por primera vez desde que lo conocía, no había miedo en aquel contacto. Solo cuidado.
Él acercó el rostro y rozó con delicadeza los labios contra su mejilla. Después permaneció unos instantes abrazándola por la espalda.
Monique simplemente disfrutó aquel momento. No dijo nada. Tampoco intentó apartarse. Se sentía sorprendentemente cómoda.
Drilon esbozó una sonrisa discreta al notar que ella se había relajado. Permaneció unos segundos más en aquel abrazo silencioso, mientras recitaba en voz baja unas palabras en albanés. Entonces, muy despacio, la soltó.
MONIQUE— ¿Se acabó? —Preguntó confundida.
DRILON— Se acabó.
Ella se giró hacia él, todavía un poco desconcertada.
MONIQUE— Yo pensé que...
A Drilon se le dibujó una sonrisa.
DRILON— ¿Que sería diferente?
Ella soltó una risita tímida.
MONIQUE— Un poco.
DRILON— Todavía tenemos mucho tiempo por delante.
Caminó hasta la puerta.
MONIQUE— ¿Te vas?
DRILON— Sí.
Ella frunció el ceño.
MONIQUE— ¿Vas a dormir en la otra habitación?
DRILON— Sí.
MONIQUE— ¿Por qué?
DRILON— Porque prometí que nunca te haría sentir presionada. —Abrió la puerta—. Cuando llegue el día en que quieras compartir esta habitación conmigo, esa decisión será tuya.
Monique se quedó en silencio. Drilon sonrió una última vez.
DRILON— Buenas noches, Monique.
MONIQUE— Buenas noches.
Él salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Monique permaneció de pie unos instantes, contemplando la puerta cerrada.
Realmente esperaba que aquella noche terminara de otra manera. Se pasó las manos por los propios brazos, recordando el abrazo sereno y la delicadeza de Drilon. Negó con la cabeza, todavía sin poder creerlo.
DIOS MÍO... SE FUE.
Una pequeña sonrisa se le escapó de los labios. Una sonrisa incrédula. Al mismo tiempo, sintió una inesperada punzada de frustración porque aquella cercanía hubiera terminado tan pronto.
Refunfuñando bajito para sí misma, apagó la luz de la habitación.
MONIQUE— Este mafioso del demonio me las va a pagar. —Dijo camino al baño.
Se quitó el vestido, se bañó, se puso un pijama y, con los pensamientos puestos en Drilon, se acostó en la cama y, poco a poco, se quedó dormida.