Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 20: Una decisión inquebrantable
Jonás.
A la mañana siguiente, me levanté temprano. Oriana todavía dormía cuando me vestí y bajé a desayunar. No quise despertarla; después de lo ocurrido la noche anterior, necesitaba descansar y, sobre todo, tener un poco de tranquilidad.
Antes de salir, le pedí a Matilde que estuviera pendiente de ella y que, si necesitaba algo, no dudara en llamarme.
Tenía varios asuntos que resolver. No pensaba quedarme de brazos cruzados esperando a que mi padre decidiera qué hacer con mi vida. Si algo tenía claro era que no regresaría a la empresa familiar bajo sus condiciones. Sin embargo, eso no significaba que fuera a quedarme sin hacer nada.
Durante mis años de estudio había adquirido conocimientos que podía aprovechar para construir algo propio. Además, contaba con recursos suficientes para hacerlo.
Mi primer paso sería reunirme con un viejo amigo que dirigía una empresa financiera. Su compañía ya tenía una posición sólida en el mercado, pero sabía que podía llegar mucho más lejos. Mi intención era proponerle una asociación en la que aportaría capital y mis conocimientos en administración y finanzas para impulsar su crecimiento.
Cuando llegué, uno de sus empleados me recibió y me acompañó hasta su despacho.
—¡O'Neil! —exclamó mi amigo al verme entrar—. ¡Cuánto tiempo!
—Demasiado —respondí, estrechándole la mano.
—Pensé que estarías ocupado disfrutando de tu regreso.
—Tengo algunas cosas que resolver. Y precisamente por eso estoy aquí.
Me invitó a sentarme y, después de intercambiar unas palabras, fui directo al asunto.
—He estado siguiendo el crecimiento de tu empresa. Has hecho un buen trabajo, Andrés.
—Gracias. No ha sido sencillo, pero hemos conseguido posicionarnos bastante bien.
—Lo sé. Y creo que todavía puedes llegar mucho más lejos.
Saqué una carpeta que había preparado y la coloqué sobre su escritorio.
—Quiero proponerte una asociación.
Andrés abrió la carpeta y comenzó a revisar los documentos. Le expliqué mi propuesta con detenimiento: aportaría una inversión considerable de capital y pondría a disposición de la empresa mis conocimientos para desarrollar nuevas estrategias, ampliar sus operaciones y fortalecer su presencia en el mercado.
—Tu empresa ya es sólida —continué—. No vengo a cambiar lo que has construido ni a quitarte el control de tu negocio. Quiero que trabajemos juntos para llevarlo a otro nivel.
Andrés levantó la mirada.
—¿Estás hablando de una sociedad?
—Exactamente. Tú tienes una estructura que funciona y conoces el mercado. Yo puedo aportar capital, experiencia y una visión que nos permita expandirnos. Si unimos nuestros recursos, podemos conseguir resultados mucho mayores.
Se quedó unos segundos contemplando los documentos.
—No voy a mentirte, Jonás. Es una propuesta interesante. Pero quiero saber algo: ¿por qué?
Me recosté ligeramente en el asiento.
—Porque ha llegado el momento de tomar mis propias decisiones. No pienso depender de la empresa de mi padre para construir mi futuro.
Andrés asintió lentamente.
—Entonces, cuenta conmigo. Me interesa la propuesta y creo que podemos hacer grandes cosas juntos.
Le extendí la mano.
—No te arrepentirás.
—Eso espero, socio.
Estrechamos nuestras manos y comenzamos a hablar de los siguientes pasos. Por primera vez, sentí que estaba tomando las riendas de mi futuro.
No necesitaba el apellido O’Neil para demostrar de lo que era capaz. Y mucho menos necesitaba la aprobación de mi padre.
Ahora tenía algo más importante por lo que luchar: mi esposa y la vida que quería construir a su lado.
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Andrés Harris.
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Oriana.
Me encontraba en la sala cuando escuché el timbre de la entrada, cuando abrí la y vi quiénes estaban del otro lado, mi expresión cambió por completo.
—Buenos días —saludó Leandro, con una seriedad que no intentaba disimular.
—Buenos días, Jonás no está —dije.
Zaida me recorrió con la mirada antes de responder.
—Tenemos que hablar contigo.
No me aparté inmediatamente para dejarlos pasar. No me parecía correcto recibirlos después de la manera en que me habían tratado, pero tampoco quería darles motivos para decir que era una maleducada.
Finalmente, me hice a un lado.
—Pasen.
Ambos entraron y se acomodaron en la sala como si estuvieran en su propia casa. Me quedé de pie frente a ellos, esperando que alguno explicara el motivo de aquella visita.
—Voy a ser directa —comenzó Zaida—. Mi hijo está cometiendo un grave error contigo.
Respiré profundamente.
—Jonás es un hombre adulto. Sabe perfectamente lo que hace.
—No tienes idea de lo que estás diciendo —respondió con desprecio—. Mi hijo nació para ocupar un lugar importante. Tiene una responsabilidad con nuestra familia y con la empresa. No puede echarlo todo a perder por una mujer como tú.
—¿Una mujer como yo?
—Sí. Una mujer sin posición, sin apellido y sin nada que ofrecerle.
Sentí cómo sus palabras me lastimaban, pero no pensaba permitir que lo notara.
—No necesito tener su apellido para saber cuánto valgo.
Leandro intervino entonces.
—Oriana, creo que podemos resolver esto de una manera conveniente para todos.
Lo miré con desconfianza.
—¿A qué se refiere?
—Jonás necesita recuperar la cordura. Queremos que regrese a casa y ocupe el lugar que le corresponde en la empresa. Tú puedes facilitar las cosas.
—No entiendo qué esperan que haga.
Leandro se inclinó ligeramente hacia delante.
—Que aceptes terminar este matrimonio.
Me quedé mirándolo, incapaz de creer que realmente estuviera proponiéndome aquello.
—¿Y qué recibiría yo a cambio?
Él pareció satisfecho con mi pregunta.
—Podría darte una cantidad de dinero suficiente para que vivas cómodamente durante el resto de tu vida. Mucho más de lo que podrías conseguir por tu cuenta.
Zaida cruzó las piernas y añadió:
—Sería lo mejor para todos. Tú regresarías a tu vida y Jonás podría recuperar la suya.
No pude evitar soltar una pequeña risa de incredulidad.
—¿De verdad creen que solo estoy buscando dinero?
—No intentes engañarnos —espetó Zaida—. Sabes perfectamente quién es mi hijo y lo que puede ofrecerte.
La miré directamente a los ojos.
—Cuando conocí a Jonás, no sabía quién era su familia, cuánto dinero tenía ni qué posición ocupaba. Me enamoré de él cuando creía que era un hombre completamente ajeno a todo este mundo del que ustedes tanto presumen.
Leandro mantuvo el rostro serio.
—Piénsalo bien. Podría darte un dinero que jamás verás en tu vida.
—Toda su fortuna no vale más que Jonás para mí.
Zaida se levantó de golpe.
—¡Eres una corriente!