Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
La novela ya está finalizada.
NovelToon tiene autorización de K-la.escrit. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Prólogo
Los pasillos de la preparatoria San Vicente no son simples corredores de concreto y luces fluorescentes que parpadean con un zumbido constante; son un ecosistema cruel, un organismo vivo que respira a través de sus estudiantes, alimentándose de sus jerarquías. Aquí, la arquitectura es una declaración de principios: los techos altos y los ventanales limpios de la planta noble pertenecen a los depredadores, aquellos cuyos apellidos son sinónimo de poder, de cuentas bancarias infinitas y de un futuro ya escrito con tinta indeleble. Abajo, en las sombras de los rincones menos iluminados, se agitan las presas, moviéndose con la cautela de quienes saben que un paso en falso puede costarles la reputación, o algo mucho más valioso.
En este laberinto de cristal y arrogancia, Alexia Mendoza ha perfeccionado el arte de la inexistencia. Camina pegada a las paredes, con la mirada fija en el suelo desgastado, como si buscara en las grietas del piso una salida que no existe. Para los demás, Alexia es solo un ruido de fondo, una estudiante becada que viste uniformes gastados y carga con el peso de una pobreza que intenta ocultar con libros prestados y un intelecto afilado que, lamentablemente, no sirve de moneda de cambio en este mercado de vanidades. Su mente, sin embargo, es un refugio vasto y turbulento, un lugar donde disecciona la sociedad que la margina. Ella observa. Observa cómo los privilegiados se pavonean con la seguridad de quienes nunca han tenido que preocuparse por el mañana, y nota cómo las sombras, en lugar de ocultar, a veces exponen las verdades más crudas: la soledad, el vacío detrás de las sonrisas perfectas y la ferocidad con la que se protegen sus pequeños feudos de cristal.
A menudo, Alexia se detiene en los descansillos de las escaleras, un punto ciego desde donde puede contemplar el flujo humano sin ser vista. Es ahí, en la periferia de la mirada de todos, donde aparece Milton Vance.
Milton es, para el resto del alumnado, el epicentro de la tormenta. Es una figura imponente que atraviesa el pasillo central con una elegancia depredadora, atrayendo todas las miradas, ya sea por miedo, por admiración o por una ambición servil. Él no camina; se desliza como si el espacio se plegara a su paso, como si las reglas de la gravedad y de la cortesía no se aplicaran a alguien que es dueño de gran parte del horizonte de la ciudad. Alexia lo observa con una curiosidad involuntaria, una chispa de fascinación que intenta sofocar cada vez que surge. Hay algo en la forma en que Milton sostiene la mirada, algo profundamente melancólico en la frialdad de sus ojos, que le recuerda que, a pesar del abismo de oro y concreto que los separa, ambos habitan la misma desolación.
Él es el sol abrasador que consume todo lo que toca, y ella, la sombra que se ha acostumbrado a vivir en el frío.
Entre ellos existe un muro de cristal, invisible para muchos, pero tangible para quienes saben dónde mirar. Es una barrera hecha de expectativas familiares, de prejuicios de clase y de un silencio cómplice que todos han acordado mantener. El cristal es grueso, pulido y parece indestructible, pero a veces, cuando la luz incide desde el ángulo correcto, Alexia puede ver las microfisuras que recorren su superficie. Siente una vibración en el aire, una estática que le eriza la piel, presagiando que la estructura que mantiene sus mundos separados está llegando al límite de su resistencia. No sabe si el impacto vendrá de un grito, de un roce accidental o de una verdad que finalmente se vuelva insoportable, pero sabe que el momento está cerca.
En el fondo, una parte de ella teme esa ruptura, pero otra, la parte que ha crecido alimentada por el anhelo de algo más grande que su propia supervivencia, lo desea con una intensidad que le quema el pecho. Es una premonición que le nubla el juicio: la certeza de que, cuando el cristal finalmente se haga añicos, los fragmentos no solo cortarán sus manos, sino que cambiarán el curso de sus existencias para siempre.
No es un encuentro destinado a la felicidad, ni siquiera a la calma. Es el choque inevitable de dos fuerzas que no deberían reconocerse, de dos soledades que, al encontrarse, crearán una brecha en el orden establecido de San Vicente. Alexia lo siente en la manera en que Milton, de pronto, detiene su andar y gira la cabeza, buscando algo que no sabe nombrar, algo que se esconde precisamente donde ella se encuentra.
El aire se vuelve denso, cargado de una electricidad oscura, y ella entiende entonces que ninguna barrera será suficiente para contener lo que está por nacer. El destino los empujará hacia un terreno baldío donde las etiquetas de "presa" y "depredador" perderán su significado, obligándolos a reconocerse en el otro, a verse reflejados en esa misma melancolía que ambos han intentado enterrar bajo la piel. Será un pacto sellado en la oscuridad, un acuerdo forjado por la necesidad de ser, por una vez, algo más que los roles que el mundo les ha impuesto; un pacto escrito en las sombras, tan peligroso y absoluto que nadie podrá perdonarlo.