Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: El cerco invisible
El vuelo de regreso a Milán fue un ejercicio de guerra fría a tres mil metros de altura.
Giancarlo Castelli no paraba de dictar memorandos a su tableta, celebrando los cincuenta millones de dólares que ya habían sido liberados por las cámaras de compensación de Fráncfort. Pero en los asientos enfrentados del AgustaWestland, el aire pesaba como plomo fundido.
Matteo no volvió a abrir la boca. Mantuvo los ojos avellana fijos en Gabriela, con los brazos cruzados y una tensión en los hombros que hacía crujir el forro de su abrigo militar con cada turbulencia. Gabriela, por su parte, no levantó la vista de su pantalla industrial hasta que los patines del helicóptero tocaron el hormigón de la azotea en Porta Nuova.
Al descender, Gabriela no esperó a los directivos. Con los dos maletines técnicos en las manos y sus pasos medidos sobre los zapatos ortopédicos, tomó el ascensor de servicio y bajó directamente al subsótano dos.
La puerta magnética del departamento de ciberseguridad se abrió con el código de emergencia.
Chloe Bennett estaba de pie frente al panel central de servidores, mordiéndose las uñas con una ansiedad que no intentaba disimular. Las pantallas proyectaban cascadas de líneas rojas sobre un fondo negro.
—Tenemos un problema del tamaño del lago Michigan, Gaby —soltó Chloe en cuanto la compuerta se selló tras ella—. Y esta vez no se soluciona recitando el código ético de la empresa.
Gabriela soltó los maletines sobre la mesa metálica, se quitó las gafas de carey con un gesto seco y se pasó los dedos por las sienes, exhalando una bocanada de aire caliente:
—Dime qué hizo.
—Matteo no pasó por su despacho al bajar del helipuerto —explicó Chloe, tecleando con furia para abrir una ventana de intercepción de tráfico satelital—. Hizo una llamada cifrada desde el ascensor ejecutivo usando una línea privada que no pasa por la centralita de la torre. Contrató a Vanguard Intelligence, una firma de investigación forense en Londres especializada en espionaje corporativo y árboles genealógicos de multimillonarios.
Gabriela se congeló con las gafas en la mano. Sus ojos verdes se clavaron en la pantalla.
—¿Qué pidió exactamente?
—No pidió revisar el historial laboral de «Gabriela Novak» —respondió Chloe, bajando la voz a un susurro tenso—. Pidió el árbol genealógico completo de Arthur Hayes. Exigió los registros de nacimiento, las actas notariales de fideicomisos familiares y los registros de matrícula de escuelas privadas y universidades de cualquier descendiente directo del patriarca de Chicago. Pagó una tarifa de urgencia de cincuenta mil euros para tener el primer informe sobre su mesa antes de las diez de la noche.
Gabriela sintió una descarga helada bajándole por la espalda.
El italiano había dejado de buscar a la secretaria: estaba cazando a la heredera. La intuición de piloto de Matteo había perforado el velo de la farsa en el búnker de Módena. Si Vanguard cruzaba su fotografía con los registros de graduación de Wharton o con las patentes aeroespaciales registradas a nombre de Gabriela Hayes, el juego se terminaría en cuestión de horas.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que vulneren el cortafuegos de Chicago? —preguntó Gabriela, con una calma que sonó tan afilada como un bisturí.
—Tres horas, tal vez cuatro —calculó Chloe, girando la pantalla hacia ella—. Puse un bucle de desvío en los servidores del registro civil de Illinois y tu padre ordenó a sus abogados de confianza que congelaran el acceso a los archivos fiduciarios bajo secreto financiero suizo. Pero si Vanguard mete a un agente en el archivo físico de Filadelfia... estás acabada.
Gabriela se apoyó contra la mesa metálica, mirando el techo oscuro del subsótano. Una sonrisa fría, peligrosa y salvajemente encendida comenzó a curvarle los labios:
—No van a llegar a Filadelfia.
Chloe parpadeó, perpleja:
—¿Qué estás tramando?
—Matteo está jugando con el cronómetro de la empresa, Chloe. Cree que tiene el control porque maneja el dinero y la pista. Pero si quiere respuestas... le voy a dar una carnada tan grande que se va a atragantar con ella antes de que abra el informe de Londres.
Se colocó las gafas de carey de nuevo, alisándose el abrigo gris con un movimiento mecánico:
—Necesito que cargues un archivo encriptado con un protocolo de autodestrucción en mi cuenta de correo corporativo. Una supuesta auditoría confidencial sobre la venta ilegal de patentes de Castelli Automotive a una subsidiaria británica vinculada a Christian Vance.
Chloe abrió los ojos de par en par:
—¡Eso es una bomba atómica, Gaby! Si Matteo ve eso, va a pensar que Vance no solo quiere quitarle a Horizonte, sino que le está robando los secretos industriales de la compañía.
—Exactamente —sentenció Gabriela, tomando los maletines con un brillo letal en la mirada—. Si Matteo cree que estoy involucrada en una fuga de información con su mayor rival de carreras, su obsesión va a concentrarse en interrogarme a mí en persona esta misma noche. Y mientras intente romperme en su terreno... tú tendrás tiempo de sobra para demoler los servidores de Vanguard en Londres y dejar su investigación a ciegas.
A las ocho y media de la noche, el complejo de talleres de Castelli Automotive en la periferia de Milán estaba cerrado al público.
En el hangar central, bajo la luz cenital de los focos de alta potencia, Horizonte descansaba sobre la plataforma hidráulica. El motor V8 biturbo estaba al descubierto, emitiendo ese olor característico a refrigerante caliente y titanio templado tras las pruebas dinámicas de la tarde.
Matteo Castelli caminaba alrededor del coche con una copa de whisky en la mano izquierda y su teléfono satelital en la derecha.
Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa negra de lino remangada hasta los antebrazos, con el pelo desordenado y esa mirada de fiera enjaulada que solía preceder a sus peores batallas en la pista. Acababa de recibir una notificación de Vanguard: los servidores de Illinois estaban bloqueados por una orden judicial de emergencia emitida desde Chicago, pero los analistas en Londres habían detectado una anomalía en el flujo de datos de la planta cuarenta y dos.
Un archivo clasificado de transferencia de telemetría había sido enviado desde la terminal de Gabriela Novak con destino a una dirección IP en Northamptonshire... la sede de operaciones de Christian Vance.
La puerta lateral del hangar se abrió con un chirrido neumático.
Gabriela Novak entró.
Llevaba su abrigo gris tres cuartos abotonado hasta la base de la garganta, la falda de tablas oscura y sus inseparables gafas de carey. Sostenía una carpeta rígida bajo el brazo y avanzaba con esa tranquilidad insolente que a Matteo le quemaba las entrañas.
—Ocho y treinta y dos, señor Castelli —dijo ella, con una voz tan neutra que pareció helar el hangar—. El jefe de taller me informó que solicitó la conciliación física de los repuestos de suspensión antes del turno de noche.
Matteo no respondió de inmediato. Dejó la copa de whisky sobre el banco de herramientas con un golpe seco que hizo tintinear el cristal, guardó el teléfono en el bolsillo trasero y avanzó hacia ella con pasos pesados, elásticos y silenciosos.
Se detuvo a un metro de distancia.
La luz blanca de los focos caía sobre el rostro de Matteo, acentuando la dureza de su mandíbula y esa sombra peligrosa en sus ojos avellana:
—Cancele la comedia, Novak. Ya no hay nadie en este edificio a quien tenga que engañar con esa ropa de hospicio.
Gabriela sostuvo su mirada detrás de los cristales gruesos:
—No comprendo a qué se refiere, señor Castelli. Si el informe de suspensión no es de su interés, me retiro a mi domicilio. Mi horario extraordinario...
En un solo movimiento, fluido, fulminante y cargado de una aceleración de piloto de élite, Matteo dio un paso al frente, extendió su mano derecha y atrapó a Gabriela por el cuello del abrigo gris, empujándola hacia atrás con una fuerza controlada pero imparable.
La espalda de Gabriela impactó suavemente contra el pontón de fibra de carbono de Horizonte.
Antes de que ella pudiera recuperar el equilibrio, Matteo apoyó ambas manos sobre el borde del monocasco, a cada lado de las caderas de la chica, enjaulándola por completo contra el chasis del coche de carreras.
La distancia se redujo a cero.
El calor del cuerpo de Matteo cayó sobre ella como una marea sofocante: el olor a whisky seco, cedro y la ferocidad pura de un hombre que ha decidido quemar todas las naves. Sus ojos avellana ardían a escasos diez centímetros de su rostro, devorando cada milímetro de su piel blanca.
—¿A quién le responde, Gabriela? —gruñó él en un susurro gutural, con la voz rasgada por una furia visceral—. ¿A Arthur Hayes? ¿O a Christian Vance?
Gabriela sintió el frío del carbono en la espalda y el calor abrasador del pecho de Matteo presionando casi contra el suyo a través de las capas de ropa. Su pulso se aceleró en un latigazo de adrenalina pura, pero sus pupilas no vacilaron.
Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una quietud imperial:
—Le respondo a mi contrato, señor Castelli. Y usted está violando tres leyes federales sobre coacción física en el ámbito laboral.
Matteo soltó una risa seca, rota, peligrosa:
—¡Al diablo con las leyes laborales! —rugió en un susurro áspero—. Sé que envió un paquete de datos a Inglaterra esta tarde. Sé que desvió información del túnel de viento a los servidores de Vance. Y sé que en Chicago no existe ninguna secretaria llamada Gabriela Novak con la capacidad de burlar al consejo de administración de Hayes Global en mi propia cara.
Matteo levantó su mano izquierda. Esta vez no hubo vacilación ni advertencia: sus dedos se cerraron sobre la montura de las gafas de carey y las arrancó del rostro de Gabriela con un tirón limpio.
Las gafas cayeron sobre la plataforma metálica con un chasquido sordo.
El aire en el hangar se congeló de golpe.
Sin los cristales gruesos que le reducían visualmente los ojos y le distorsionaban la línea de las cejas, el rostro de Gabriela emergió en toda su devastadora verdad bajo las luces halógenas: unos ojos verde esmeralda de una intensidad hipnótica, salpicados de oro en el centro del iris, enmarcados por pestañas oscuras y densas; unos pómulos altos y aristocráticos esculpidos con una perfección milimétrica y una boca carnosa, firme y encendida por la rabia que desafiaba cualquier concepto de sumisión.
Matteo se quedó petrificado.
La respiración se le cortó en seco en los pulmones.
Sus ojos avellana recorrieron las facciones descubiertas de la mujer con una conmoción tan profunda que sus dedos sobre el carbono temblaron levemente. Era ella. Era la mujer que había vislumbrado en la penumbra del despacho, la fiera indomable de la pista de baile, la piloto fantasma que le había desafiado la gravedad en la carretera de Monza... y la criatura más arrebatadoramente hermosa y letal que había pisado su vida.
—Por todos los santos... —susurró Matteo, con la voz completamente rota, incapaz de apartar los ojos de su mirada verde—. Mírese...
Gabriela no bajó la cabeza. No intentó cubrirse el rostro ni desviar los ojos. Sostuvo la mirada del italiano con una soberbia gélida que hizo vibrar el aire entre ambos:
—¿Ya terminó su inspección visual, señor Castelli? ¿O necesita medir la aerodinámica de mis facciones para justificar su incompetencia directiva?
Matteo no la escuchó. La sangre le rugía en los oídos a trescientas pulsaciones por minuto.
La tentación que llevaba semanas carcomiéndole el juicio estalló en su pecho como una mezcla de combustible fuera de control. Dejó caer el peso de su cuerpo hacia adelante, atrapó la mandíbula de Gabriela con su mano derecha, hundiendo los dedos en su piel suave y tibia con una posesividad salvaje, y bajó la boca sobre la de ella con la violencia de un choque frontal.
El beso fue un incendio de titanio y fuego puro.
No hubo ternura ni cortesía corporativa: fue una colisión de voluntades, un reclamo territorial hambriento y desesperado donde Matteo devoró los labios de Gabriela buscando arrancarle cada secreto, cada mentira y cada átomo de resistencia. Sabía a almendras amargas, a desafío puro y a una adrenalina tan densa que le nubló la vista.
Durante una fracción de segundo, Gabriela quedó paralizada por la violencia del impacto.
Pero en el siguiente latido, el orgullo de la mujer y la sangre de los Hayes se encendieron en sus venas con una fuerza demoledora.
En lugar de retroceder, Gabriela alzó los brazos, cerró los dedos con fuerza alrededor de las solapas de la camisa negra de Matteo y le devolvió el beso con la misma furia despiadada, mordiéndole el labio inferior con una agresividad que le arrancó al italiano un gemido gutural contra su boca.
El hangar desapareció. Horizonte, Milán, la empresa y el mundo entero se redujeron a la fricción salvaje de sus bocas, al calor asfixiante de sus cuerpos aplastados contra la fibra de carbono y a una guerra visceral que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
Matteo deslizó su mano izquierda por la cintura de ella, buscando bajo el abrigo gris la curva estrecha que había memorizado en el vals, pegándola contra su pelvis con una urgencia que amenazaba con hacerle perder la cordura en mitad del taller vacío.
Gabriela rompió el beso de golpe.
Respiraba con jadeos cortos y calientes, con los labios encendidos y los ojos verdes llameando en una tormenta de fuego puro a escasos tres centímetros de la boca ensangrentada de Matteo.
Con un movimiento elástico y preciso de su rodilla derecha, Gabriela golpeó levemente la cara interna del muslo de Matteo, desestabilizándole la base de apoyo, y empujó su pecho con ambas manos con la fuerza de un resorte mecánico, liberándose del encierro contra el coche.
Matteo retrocedió dos pasos, tambaleándose sobre las botas, respirando como si acabara de escapar de un incendio en boxes. Se pasó el dorso de la mano por el labio inferior, retirándolo con un rastro diminuto de sangre fresca.
Clavó los ojos en ella, desorbitado, devorado por una fascinación que rozaba la locura.
Gabriela permanecía de pie junto a Horizonte, con el abrigo ligeramente abierto dejando entrever la tensión salvaje de su pecho, la melena oscura comenzando a soltarse del moño sobre sus hombros y la mirada más peligrosa que Matteo había visto en su existencia:
—Un beso pésimamente calibrado, señor Castelli —dijo ella, con una voz que temblaba levemente por la adrenalina, pero cortaba como un diamante—. Demasiada presión en la entrada y una absoluta falta de control en la salida de curva.
Se agachó con una elegancia imperial, recogió sus gafas de carey del suelo sin apartar los ojos de él y se las volvió a colocar sobre el puente de la nariz con un movimiento seco de nudillo, restaurando la barrera entre ambos:
—El paquete de datos que vio en su terminal no iba dirigido a Christian Vance; era una trampa de seguridad para verificar si sus analistas en Londres estaban interceptando mis comunicaciones privadas sin orden judicial. Acaba de violar la ley de protección de datos de la Unión Europea y el código penal italiano por agresión física.
Gabriela dio un paso hacia la salida del hangar, deteniéndose a la altura de Matteo para mirarlo desde una distancia que lo pulverizó:
—Su coche sigue siendo suyo por ahora, Castelli... Pero le juro que la próxima vez que intente tocarme sin mi permiso, no va a ser Christian Vance quien se quede con las llaves de Horizonte. Voy a ser yo quien se lo quite en la pista delante de toda Europa.
Gabriela cruzó la compuerta neumática del taller con pasos firmes que resonaron en la noche, dejando a Matteo solo en mitad del hangar, con el sabor de su sangre en la boca, el corazón latiéndole desbocado a doscientas pulsaciones por minuto y la aterradora certeza de que la guerra acababa de convertirse en una cacería... donde ya no estaba seguro de quién era el cazador y quién la presa.