Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 31
Dos días después de que se decidiera el plan de luna de miel, Sebastián y Valeria partieron hacia la villa privada de Patricia, situada a orillas del mar. La idea era quedarse allí una semana, aunque Patricia les había insistido en que disfrutaran de su luna de miel durante dos semanas o incluso un mes.
Desde temprano, Sebastián conducía con calma. El paisaje que atravesaban fue cambiando poco a poco. Los edificios altos dieron paso a extensiones de cocoteros y arbustos verdes que crecían a lo largo de la costa. Cuanto más se alejaban del centro de la ciudad, más silenciosa se volvía la atmósfera. Solo de vez en cuando aparecía algún vehículo en sentido contrario.
Valeria, sentada en el asiento del copiloto, giró la cabeza varias veces hacia la ventanilla. Su curiosidad crecía a cada instante; a lo lejos, una línea azul comenzaba a dibujarse en el horizonte.
—Sebastián —llamó en voz baja, sin apartar la mirada de la vista que se desplegaba ante ella.
—¿Sí?
—¿Eso es el mar? —preguntó con entusiasmo apenas contenido.
Sebastián echó un vistazo fugaz en la dirección que señalaba Valeria y asintió.
—Sí.
La sonrisa de Valeria se ensanchó. Despacio, bajó un poco la ventanilla del auto. Al instante, la brisa marina se coló dentro y le levantó algunos mechones sueltos junto a las sienes. El aroma salado del océano inundó el interior.
Valeria cerró los ojos un momento y aspiró hondo.
—Huele distinto —murmuró.
Sebastián la miró de reojo. La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa discreta al contemplar la ingenuidad de su esposa.
Minutos más tarde, la extensión azul del mar se hizo cada vez más nítida. La luz del sol rebotaba en la superficie del agua y la hacía centellear como miles de fragmentos de cristal.
Los ojos de Valeria resplandecieron.
—¡Qué hermoso!
Estaba genuinamente deslumbrada. Toda su vida había transcurrido en las tierras altas; ahora veía el mar desde tan cerca por primera vez.
Al poco rato, el auto torció por un camino estrecho que ascendía hacia un acantilado. Al final del sendero se alzaba una villa imponente de estilo europeo clásico. La construcción estaba dominada por muros de piedra color crema y ventanales altos enmarcados en madera. El tejado se elevaba con elegancia, mientras que enredaderas cubrían parte de la fachada exterior, confiriéndole al edificio antiguo un aspecto exuberante.
Pese a contar con más de cien años de antigüedad, la villa lucía impecable. La pintura de las paredes seguía limpia, el jardín de flores estaba cuidadosamente dispuesto y cada rincón del inmueble revelaba una atención meticulosa.
En cuanto el auto se detuvo en el patio, el matrimonio encargado de custodiar la villa salió de inmediato a recibirlos.
—Bienvenidos, señor Sebastián. Señorita Valeria —saludó Braulio con amabilidad, inclinando levemente el cuerpo.
—Gracias, Braulio.
Sebastián respondió al saludo con cortesía. Valeria, por su parte, solo sonrió con timidez mientras los saludaba.
Al bajar del auto, los pasos de Valeria se detuvieron en seco. Sus ojos quedaron clavados en el panorama que se extendía frente a la villa.
Más allá de la barda de piedra, el mar azul se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista. El rugido de las olas se oía con nitidez al chocar contra las rocas al pie del acantilado. El viento soplaba con fuerza suficiente para hacer ondear las puntas del cabello de Valeria.
Valeria se quedó inmóvil. Sin saber por qué, el pecho se le oprimió de pronto. No era cansancio; era una emoción extraña que le llenó el corazón sin previo aviso. Un sentimiento difícil de explicar.
Aquel lugar le resultaba desconocido. Y, sin embargo, al mismo tiempo se sentía profundamente familiar. Sin darse cuenta, Valeria levantó una mano y se la apoyó en el pecho.
—Qué raro —susurró—. Es como si ya hubiera estado en un lugar así.
Sebastián, que estaba sacando las maletas del maletero, giró la cabeza al escuchar el murmullo de su esposa.
—¿Valeria?
Ella lo miró.
—¿Qué pasa?
Sebastián avanzó unos pasos hasta quedar frente a ella.
—Eso debería preguntarte yo. ¿Qué ocurre?
Valeria guardó silencio un instante. Después habló:
—Es la primera vez que vengo a la playa. Pero siento una nostalgia... como si la echara de menos.
Poco a poco, volvió a dirigir la mirada hacia el mar. Sus ojos se vaciaron de expresión, como si intentara atrapar algo que estaba a punto de asomar desde el fondo de su memoria. Sin embargo, la imagen se desvaneció sin más, dejando solo una curiosidad que le aceleró el pulso.
Sebastián caminó hasta ella.
—Tal vez cuando eras niña viniste alguna vez a la playa —dijo con suavidad—. Sin que te dieras cuenta, ese recuerdo se quedó guardado en tu memoria.
Valeria asintió despacio.
—Puede ser.
Cerró los ojos e intentó recordar. Poco a poco emergieron destellos sumamente borrosos. Un hombre adulto que levantaba en brazos a una niña pequeña mientras reía. Una mujer que corría sobre la arena con una sonrisa cálida. El sonido de las olas, un cielo despejado. Y entonces...
—Valeria... —La voz sonaba muy suave, rebosante de cariño—. Valeria, ¡ven aquí!
Los párpados de Valeria se abrieron de golpe. Giró la cabeza a derecha e izquierda. Pero no había nadie.
—Sebastián.
—¿Sí?
—Me pareció escuchar que alguien me llamaba por mi nombre.
Sebastián la observó unos segundos.
—Quizá solo fue tu imaginación.
Valeria asintió en silencio. No se percató en absoluto de que aquellos destellos eran fragmentos de un recuerdo junto a sus padres.
Un hermoso recuerdo de una semana antes de que ambos perdieran la vida en un accidente durante un viaje de trabajo. Un recuerdo que llevaba años sepultado en lo más profundo de su memoria.