Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 31 UN RINCON SOLO PARA ELLOS
Dante apareció a su lado, sin hacer ruido, como siempre.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No lo sé —respondió Maya, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero creo que voy a estarlo.
—¿Qué te dijo?
—Me pidió perdón.
—¿Y tú?
—Le dije que no la perdonaba. Pero que apreciaba que hubiera venido.
Dante asintió.
—Es un buen comienzo.
—¿Tú perdonarías? —preguntó Maya, levantando la vista hacia él—. Si alguien te traicionara, ¿lo perdonarías?
Dante tardó en responder.
—No —dijo al final—. Yo no perdono. Yo olvido. O sobrevivo. Pero perdonar… no sé hacerlo.
—Yo tampoco —admitió Maya—. Pero quiero aprender. No por ellas. Por mí. Para no cargar con esta rabia toda la vida.
Dante la rodeó con un brazo y la atrajo hacia él.
—Entonces aprendamos juntos.
Maya sonrió.
—Juntos —repitió.
*_*
Esa noche, después de cenar, Dante la llevó al local.
No habían ido juntos antes. Dante quería que fuera una sorpresa. El coche recorrió las calles del barrio norte, iluminadas por farolas antiguas, y se detuvo frente a un edificio de dos pisos, fachada de ladrillo visto, grandes ventanales que daban a la calle.
—Baja —dijo Dante.
Maya bajó del coche con las piernas temblorosas. Dante caminó hacia la puerta, metió una llave en la cerradura y la abrió. La luz interior se encendió automáticamente.
El local era espacioso, luminoso, con paredes blancas y suelo de madera. Las ventanas dejaban entrar la luz de la luna, proyectando sombras largas y plateadas. Arriba, una escalera de caracol llevaba a un segundo piso que Dante le había descrito: dos habitaciones, una cocina pequeña, un baño. Espacio para vivir, si algún día quería. Pero Maya no podía pensar en eso ahora. Solo podía mirar las paredes vacías y llenarlas con su imaginación.
Cuadros. Esculturas. Instalaciones. Artistas jóvenes, desconocidos, que merecían una oportunidad. Su galería. Su sueño.
—Es perfecto —susurró, con la voz quebrada.
—¿Te gusta?
Maya se volvió hacia él. Dante estaba de pie en el umbral, con las manos en los bolsillos y una expresión que no era la de un mafioso. Era la de un hombre que quería agradar, que quería verla feliz, que no estaba seguro de haberlo logrado.
—Me encanta —respondió Maya—. Es más de lo que nunca soñé.
—Entonces es tuyo.
Maya cruzó el local hacia él. Lo tomó de las manos y lo miró a los ojos.
—Nunca nadie había hecho algo así por mí —dijo—. Nunca nadie había escuchado mis sueños y los había tomado en serio. Nunca nadie había creído en mí como tú.
—Yo creo en ti —respondió Dante—. Desde el primer día.
Maya se puso de puntillas y lo besó. Fue un beso suave, lento, lleno de una gratitud que las palabras no podían expresar.
Cuando se separaron, Maya estaba llorando. Pero eran lágrimas buenas.
—Vamos a casa —dijo Dante, secándole las mejillas con los pulgares.
—Esta es mi casa —respondió Maya, mirando el local, las paredes vacías, las ventanas abiertas a la calle—. Este sueño. Contigo.
Dante la tomó de la mano.
—Entonces vamos a soñar juntos.
Salieron del local, cerraron la puerta con llave, y caminaron hacia el coche bajo la luz de la luna.
Maya no miró atrás.
Ya no necesitaba hacerlo.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de actividad. Maya se volcó de lleno en la galería con una energía que sorprendió incluso a Dante. Pasaba horas en el local, pintando paredes, eligiendo muebles, reuniéndose con artistas, aprendiendo el oficio de marchante con una voracidad que no había mostrado ni en sus años de universidad.
Elsa, que al principio había observado con escepticismo, terminó convirtiéndose en su aliada inesperada. La mujer mayor tenía un ojo para la estética que Maya no sospechaba, y juntas seleccionaron cada detalle: las luces cálidas que favorecían las pinturas al óleo, los pedestales de hierro forjado para las esculturas, el sofá de terciopelo burdeos donde los coleccionistas podrían sentarse a negociar.
Dante se mantenía al margen, observando desde la distancia. No intervenía, no daba órdenes, no imponía su gusto. Solo estaba allí, en las sombras, con el cheque abierto y la paciencia infinita de quien sabe que está viendo nacer algo hermoso.
—¿No vas a decir nada? —le preguntó Maya una tarde, mientras colgaban el último cuadro.
Dante estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que Maya no sabía leer.
—No sé nada de arte —respondió—. Mis comentarios no valen nada.
—Tus comentarios valen todo para mí.
Dante se incorporó lentamente. Caminó hacia ella, la miró a los ojos, y luego desvió la vista hacia el cuadro que acababan de colgar: un óleo abstracto de una artista local, lleno de azules profundos y destellos dorados.
—Me gusta este —dijo—. Parece una tormenta. Pero una tormenta bonita. De esas que dan miedo pero también dan ganas de quedarse a ver.
Maya sonrió.
—Eres más poeta de lo que aparentas, Dante Carusso.
—No se lo digas a nadie. Tengo una reputación que mantener.
Se besaron. Un beso breve, suave, que ya se había vuelto costumbre. Pero Maya notó que los besos de Dante cada vez duraban más. Y eso le gustaba.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias