Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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El precio de una hija
El aire en la pequeña sala de nuestra casa olía a humo de cigarro viejo, sudor y desesperación. Las paredes, manchadas por la humedad y el paso de los años, parecían cerrarse sobre nosotros como si quisieran tragarnos. Mi padre estaba sentado al borde de una silla de madera que crujía cada vez que él se movía, las manos temblorosas mientras contaba billetes una y otra vez, como si repitiendo el acto la cifra fuera a aumentar por arte de magia. Frente a él, tres hombres de aspecto rudo lo observaban sin paciencia, con los brazos cruzados y expresiones que no admitían súplicas. Eran usureros, y yo sabía que mi padre les había estado huyendo durante meses.
—Faltan veinte mil —dijo el más alto de los tres, con una voz áspera que me heló la sangre—. Y no me digas que busques más tiempo, porque ya te lo hemos dado demasiado. Hoy mismo, o nos llevamos algo que valga la pena.
Papá levantó la vista despacio. Sus ojos, que antes solían mirarme con cariño y esperanza, ahora solo reflejaban un miedo profundo y una vergüenza que dolía ver. Sus hombros, siempre caídos últimamente, se hundieron aún más bajo el peso de sus propias decisiones. Cuando su mirada se posó en mí, sentí un escalofrío recorrer toda mi columna vertebral, desde la nuca hasta la punta de los pies. Esa mirada no era de protección. Era la mirada de alguien que buscaba una salida, cualquier salida, sin importar el costo.
—Es todo lo que tengo —murmuró él, con voz que apenas se escuchaba—. Por favor, denme unos días más… solo unos días y les entrego el resto, lo juro.
—No hay juramentos que valgan aquí —lo cortó el segundo hombre, poniéndose de pie de golpe—. Usted apostó, perdió, y ahora paga las consecuencias. Si no tiene el dinero en efectivo, entonces hay otra forma de saldar la deuda. Algo que nos servirá igual de bien.
Mis piernas se debilitaron y di un paso atrás, chocando contra la pared fría. Sabía a qué se refería. Lo supe en el instante en que sus ojos se posaron en mí, como si estuvieran evaluando mercancía en un mercado. El corazón empezó a latirme tan rápido que creí que se me saldría del pecho, golpeando contra mis costillas como pidiendo escapar.
—No… —susurré, negando con la cabeza—. Papá, por favor, diles que no.
—Ella vale más que cincuenta mil —dijo el tercero, señalándome con la barbilla como si no estuviera ahí, como si fuera un objeto—. Joven, sana, bien educada. Nos la llevamos hoy, y quedamos a mano. Cincuenta mil por todo.
Papá abrió la boca como si fuera a protestar, pero luego miró la mesa vacía, el techo agrietado, la pobreza que nos había consumido durante años y de la que nunca logró salir. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer, y entonces hizo lo que jamás creí que haría. Bajó la cabeza. Cerró los ojos. Y no dijo ni una sola palabra en mi defensa. En ese silencio, mi destino quedó sellado con más firmeza que con cualquier grito o promesa.
—¡Papá, no! —grité, rompiendo a llorar, y corrí hacia él con los brazos extendidos—. ¡No dejes que me lleven, por favor, papá! ¡Soy tu hija!
Pero él no me miró. Se quedó mirando sus manos vacías, temblando, mientras dos de los hombres me tomaban por los brazos con una fuerza que me lastimaba la piel y me arrastraban hacia la puerta. Pataleé, grité, supliqué con toda mi alma, pero eran demasiado fuertes para mí. Mi padre se quedó allí, inmóvil, escuchando mis gritos sin hacer nada, mientras me sacaban de mi casa como si fuera una pertenencia que ya no le pertenecía. Cuando crucé el umbral, miré atrás por última vez, esperando que cambiara de opinión, que corriera tras de mí, que me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien. Pero no se movió. Solo se quedó allí, solo, entre las sombras de nuestra sala, y yo supe que para él, yo ya había dejado de existir.
El sol de la tarde me cegó al salir a la calle. Me empujaron bruscamente hacia una camioneta oscura y sucia, y las lágrimas no me dejaban ver con claridad. Mi mente corría más rápido que mis pies: ¿A dónde me llevaban? ¿Qué iban a hacerme? ¿Existía alguna forma de salir de esto? Mi vida entera pasó por mis ojos en ese instante: los libros que leía, los exámenes que preparaba, mis sueños de estudiar Finanzas en Oxford, todo aquello que creía que me esperaba en el futuro… todo se desmoronaba en cuestión de minutos. Entonces, vi mi oportunidad. Antes de que pudieran cerrar la puerta de la camioneta, logré soltarme del agarre descuidado del hombre que me sostenía, empujé con todas mis fuerzas y salí corriendo. No sabía hacia dónde iba, no tenía plan ni destino. Solo sabía que no podía dejar que me llevaran. Que cualquier lugar era mejor que lo que me esperaba con ellos.
Corrí hasta que mis pulmones ardían y me dolían las piernas. No miré hacia atrás, pero escuché sus gritos acercándose cada vez más, y eso me daba más fuerza para seguir adelante. Estaba tan desesperada por alejarme de ellos que no vi lo que tenía enfrente hasta que fue demasiado tarde. Chocé contra algo duro y firme como una pared, y caí hacia adelante, pero dos manos grandes y firmes me sujetaron por los hombros antes de que pudiera golpearme contra el suelo. Quedé de pie, temblando, y levanté la vista despacio, con el corazón en la garganta.
El hombre frente a mí no era como los que me perseguían. Vestía un traje oscuro impecable, hecho a medida, que destacaba su estatura imponente. Tenía el cabello oscuro peinado con orden, y unos ojos profundos y oscuros que parecían verlo todo, hasta lo más profundo de mis pensamientos. Su presencia imponía un silencio inmediato a su alrededor, una autoridad natural que hacía que cualquiera se sintiera pequeño solo con estar cerca. Detrás de él, dos hombres enormes esperaban en silencio, observando cada movimiento, sin mostrar ninguna expresión. Era Gino Esparza. El nombre que mi padre y todos en la ciudad pronunciaban con miedo, como si decirlo en voz alta pudiera traer desgracia.
—¿A dónde vas con tanta prisa, niña? —preguntó, con voz suave y tranquila, pero que no admitía respuesta alguna.
En ese momento llegaron mis captores. Se detuvieron en seco al verlo, y la arrogancia se les desvaneció del rostro en un instante. Se enderezaron la ropa nerviosamente, intercambiando miradas de temor entre ellos.
—Disculpe, señor Esparza —dijo el que parecía ser el líder, con la voz quebrada—. No queríamos molestarlo en absoluto. Solo… estábamos recuperando lo que nos pertenece. Es pago de una deuda. Su padre nos la vendió.
Gino no apartó sus ojos de mí. Observó mis lágrimas, mis manos temblorosas apretadas contra mi pecho, el terror puro en mi rostro. Me examinó de arriba abajo con una calma que me dio más miedo que cualquier grito.
—¿Cuánto? —preguntó, sin siquiera mirarlos a ellos.
—Cincuenta mil, señor —respondió el hombre rápidamente—. Cincuenta mil dólares por ella.
Gino soltó una pequeña risa seca, como si la cifra le pareciera insignificante, e hizo un gesto breve con la cabeza hacia uno de sus hombres. Este se acercó, sacó un fajo grueso de billetes del bolsillo, contó unos instantes, y se los lanzó al pecho a los hombres, quienes los atraparon torpemente, sin entender lo que estaba pasando.
—Ahí tienen sus cincuenta mil —dijo Gino con frialdad—. Ya no les debe nada. Y ella no es suya. Aléjense de aquí antes de que cambie de opinión y decida que me deben algo más por haberme interrumpido.
Los hombres asintieron frenéticamente, guardaron el dinero sin contar y se marcharon casi corriendo, sin mirar atrás ni una sola vez. En cuestión de segundos, la calle quedó en silencio, solo nosotros tres: él, sus guardaespaldas y yo, de pie allí, con el corazón latiéndome con fuerza.
Entonces Gino dio un paso hacia mí. Era alto, y tuve que levantar mucho la cabeza para encontrarlo a los ojos.
—Te he comprado —dijo, con naturalidad absoluta, como si me estuviera diciendo que iba a llover—. Cincuenta mil dólares. Ahora me perteneces. Sígueme.
Me quedé paralizada. Miré hacia donde estaba mi casa, sabiendo que no tenía a nadie esperándome allí, que mi propio padre me había vendido y no volvería por mí. Miré hacia la calle, vacía y desconocida, y luego hacia Gino Esparza, el hombre más temido de la ciudad, que acababa de decidir mi futuro en menos de un minuto. No tenía dinero, no tenía familia, no tenía adónde ir. Con el peso de cincuenta mil dólares sobre mi cabeza y la certeza de que mi vida ya no era mía, di un pequeño paso hacia él. No tenía otra opción.
Abrió la puerta trasera de su coche, un vehículo de lujo oscuro que olía a cuero limpio y madera fina. Subí, y cuando la puerta se cerró tras de mí, escuché el sonido que me pareció el cierre de una puerta que jamás podría abrirse de nuevo. Él se sentó a mi lado, y el coche arrancó en silencio. Miré por la ventana cómo las calles conocidas se alejaban detrás de nosotros, y supe con una certeza helada que acababa de entrar en una jaula dorada, hermosa y terrible, de la que quizás nunca lograría salir.