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Papá Por Accidente

Papá Por Accidente

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Malentendidos / Aventura
Popularitas:3.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Migu

La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.

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Capitulo 10

El despertador de las seis de la mañana sonó con una insistencia criminal, pero no hizo falta que me llamara dos veces. Ya estaba despierto, sentado al borde de la cama, terminando de acomodar las correas de lona de color gris oscuro del portabebés que había comprado de segunda mano un par de días atrás. Mi mamá tenía una cita médica urgente esa mañana en el otro extremo de la ciudad, y papá se había marchado al trabajo antes de que saliera el sol. Por primera vez desde que Isabella había llegado a mi vida, me tocaba enfrentarme al mundo exterior con ella completamente a solas. Y lo peor de todo es que tenía examen parcial de administración de empresas a las ocho de la mañana. No podía faltar. Si perdía esa materia, el semestre entero se iría por el desagüe.

—Muy bien, pequeña guerrera, hoy nos toca ir de aventura escolar —susurré en voz baja, inclinándome hacia la cuna mientras Isabella abría los ojos con un parpadeo lento y perezoso—. Prepárate para conocer la temida facultad de economía. Te prometo que está tan aburrida como suena.

La levanté con cuidado, cuidando de sostenerle bien la cabeza como me había enseñado la pediatra, y la pegué con suavidad contra mi pecho. Ajusté los seguros del portabebés, asegurándome de que la tela firme y acolchada la abrazara de forma segura, dejando su carita rosada cerca de mi barbilla. Isabella soltó un pequeño suspiro, arrugó la nariz y apoyó la mejilla contra la tela de mi camiseta antes de volver a quedarse dormida.

Colgué una enorme pañalera abultada en mi hombro derecho —cargada hasta el tope con pañales de repuesto, biberones con fórmula tibia, toallitas húmedas, tres mudas de ropa por si acaso y una cobija extra— y respiré hondo frente al espejo del pasillo. Tenía el cabello revuelto, ojeras oscuras marcadas bajo los ojos por las desveladas y una expresión de tensión que intenté disimular con una mueca.

—Tranquilo, Esteban. Todo va a salir bien —me dije a mí mismo, aunque las piernas me temblaban un poco mientras bajaba las escaleras hacia la salida.

El trayecto en coche fue una prueba de fuego para mis nervios. Conducía a una velocidad ridículamente lenta, mirando los espejos retrovisores cada cinco segundos, aterrorizado de que cualquier conductor imprudente pudiera frenar de golpe frente a mí. Por suerte, Isabella dormía tan plácidamente que ni siquiera se enteró del tráfico de la hora pico.

Cuando aparqué el coche en el estacionamiento de la universidad, el corazón me latía a mil por hora. Apagué el motor y me quedé sentado en el asiento del piloto durante unos minutos largos, observando a través del parabrisas el edificio principal de la facultad de economía. Los grupos de estudiantes caminaban de un lado a otro con carpetas bajo el brazo, riendo, discutiendo sobre los apuntes del examen y hablando de fiestas. Era la misma rutina de siempre, el mismo ambiente del que yo había formado parte hasta hacía dos semanas. Pero ahora, sentado detrás del volante con una bebé amarrada al pecho y una pañalera gigante al hombro, me sentía como un marciano recién llegado de otra galaxia.

—Bueno, pequeña, llegó la hora de la verdad. No me hagas quedar mal —murmuré, abriendo la puerta del auto y saliendo al aire fresco de la mañana.

Caminé por el sendero pavimentado que llevaba a la entrada principal del edificio. A medida que avanzaba, sentí cómo el peso del mundo se concentraba en mi pecho, no solo por el arnés que sostenía a Isabella, sino por la absoluta certeza de que todas las miradas a mi alrededor se estaban clavando en mí.

Y no me equivoqué.

Apenas crucé las puertas de cristal del vestíbulo, el bullicio de los pasillos pareció apagarse por un segundo. Un grupo de chicas de primer semestre que revisaban sus apuntes en una banca se quedaron mudas al verme pasar, abriendo los ojos de par en par mientras disimulaban murmullos detrás de sus carpetas. Dos muchachos del equipo de fútbol que venían en dirección contraria frenaron en seco, me miraron de arriba a abajo con incredulidad y soltaron una risita nerviosa antes de seguir su camino.

Sentí que el calor me subía directo a las orejas, quemándome las mejillas. La tentación de dar media vuelta, regresar al coche y huir de allí fue gigantesca. Por un instante, el miedo al ridículo, a las burlas y a las preguntas incómodas me pesó más que el cansancio físico.

Pero entonces, desde el interior del portabebés, sentí un leve movimiento. Isabella se despertó de golpe. Abrió sus ojitos oscuros y soltó un pequeño bostezo, moviendo con torpeza sus manecillas diminutas contra mi pecho antes de emitir un suave y tierno gorgorito.

Aquel pequeño sonido fue suficiente para disipar todas mis inseguridades. Me detuve un segundo en medio del pasillo abarrotado, ajusté con suavidad el borde de la manta para protegerla del aire acondicionado y le dirigí una sonrisa cálida. Las miradas curiosas de los demás estudiantes, los murmullos y los comentarios despectivos que flotaban en el aire dejaron de importar de golpe. Que pensaran lo que quisieran. Yo ya no era el chico preocupado por encajar en un grupo o por mantener una falsa reputación de fiestero. Yo era el padre de Isabella, y eso era lo único que definía mi presente.

Caminé con la espalda recta y el paso firme por el pasillo principal, ignorando las caras de asombro de la gente, hasta llegar al aula magna donde se iba a aplicar el examen parcial.

Al entrar al salón, el profesor Benítez, un hombre de edad avanzada, muy estricto y de lentes cuadrados, levantó la vista de sus papeles y se quedó petrificado frente al escritorio. Los demás compañeros que ya estaban sentados en las bancas giraron la cabeza al unísono, abriendo la boca al verme avanzar con la pañalera al hombro y la bebé asegurada al pecho.

El profesor Benítez se quitó los lentes lentamente, parpadeó un par de veces como si estuviera alucinando y caminó hacia mí con el ceño fruncido.

—Anderson... ¿se puede saber qué significa esto? —preguntó el profesor con voz severa, señalando con la pluma el portabebés que colgaba de mi pecho—. ¿Acaso trajiste una mascota o una broma a mi clase?

Tragué saliva con fuerza, sintiendo que todas las miradas del salón estaban fijas en nosotros, esperando mi respuesta. Respiré hondo y miré al profesor a los ojos con absoluta seriedad.

—No es ninguna broma, profesor Benítez. Es mi hija Isabella —respondí con voz clara, sin vacilar ni un solo segundo—. No tenía con quién dejarla hoy y necesitaba presentar este examen con urgencia. Le prometo que se va a portar bien y que no hará ruido. Solo necesito una banca al fondo.

El profesor me examinó en silencio durante unos segundos largos. Sus ojos recorrieron mi rostro cansado, la ropa limpia pero sencilla, y luego bajaron hasta la pequeña criatura que dormía plácidamente contra mi pecho. Su expresión severa fue ablandándose poco a poco, transformándose en una mueca de comprensión y respeto silencioso.

—Muy bien, Anderson —dijo el profesor Benítez con un suspiro, dando media vuelta hacia la pizarra—. Toma asiento en la última fila. Pero si la niña llora y altera el examen, tendrás que salir al pasillo. ¿Entendido?

—Entendido, profesor. Muchas gracias —respondí con una mezcla de alivio y orgullo brotando en el pecho.

Caminé hacia el fondo del aula, me senté en la última banca de madera y acomodé la pañalera en el suelo junto a mis pies. Saqué los lápices y el cuadernillo de examen mientras Isabella seguía durmiendo plácidamente contra mi pecho, ajena al ruido de los papeles y a la tensión del momento. Mientras pasaba la primera página de la prueba, sentí una paz absoluta recorriendo mi cuerpo. Había atravesado las puertas de la facultad sintiendo el peso de la vergüenza, pero salía de allí con la certeza de que podía con esto y con mucho más. El camino apenas era largo, pero mi hija y yo lo estábamos recorriendo juntos.

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Cliente anónimo
Quiero leerla , se ve interesante
bruja de la imaginación 👿😇
q manera de llorar 😭 senti como si su dolor fuera mío
bruja de la imaginación 👿😇
ay no😭😭 por favor
Jazmín Adriana Muelas Morales
me encanta 😍es hermoso como muestra todo lo que puede llegar a pasar
Jazmín Adriana Muelas Morales
me alegro 🥰 todo esfuerzo tiene recompensa 👏
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia y más está parte donde le explican a veces los adultos intentan tapar verdades o mentirle a los niños Pero verdaderamente no es necesario darles la cruda realidad Pero tampoco envolverlos en cuentos de hadas con paciencia y amor ellos pueden comprender
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia 🥰
Kookie
que chico más irresponsable algún día tendrá consecuencias
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