Mateo Rivera es el capitán del equipo de fútbol: impulsivo, extrovertido y el centro de atención donde sea que va.
Izan Vogel es el capitán del equipo de natación: metódico, reservado y obsesionado con el control perfecto de su vida.
Para ellos, el instituto siempre ha sido un terreno de juego dividido en dos mundos que nunca deberían cruzarse. Pero cuando un recorte de presupuesto los obliga a compartir instalaciones y organizar juntos la Gala del colegio, la rivalidad entre ambos explota.
Lo que empieza como una tregua forzada a regañadientes se convierte rápidamente en una tensión difícil de ignorar. Entre vestidores vacíos, competencias decisivas y miradas que dicen más de lo que admiten, descubrirán que la distancia más peligrosa no está en el marcador, sino entre los dos.
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CAP 4: El detonante
Perspectiva de Mateo
El entrenamiento de esa tarde había sido un auténtico infierno bajo la lluvia. La cancha de fútbol era un charco gigante y el césped se había transformado en una trampa de lodo espeso. Corrimos hasta que las piernas nos quemaban, haciendo tacles directos al barro y pases rápidos bajo un aguacero helado. Para cuando el entrenador tocó el pitazo final, yo era literalmente una escultura de tierra húmeda. Tenía barro metido hasta en los bolsillos del pantalón, el uniforme pesado pegado al cuerpo y las piernas adoloridas.
El problema empezó cuando nos avisaron que las duchas de los vestidores de fútbol estaban fuera de servicio por una tubería rota. La única opción para no irnos a casa congelados era usar el área de regaderas traseras del complejo acuático. Honestamente, no tenía la intención de provocar un drama. Estaba cansado, hambriento y solo quería quitarme la mugre de encima.
Cometí el error de cortar camino cruzando por el pasillo lateral de la piscina olímpica en lugar de dar la vuelta completa por el pasillo exterior. Mis botas de fútbol dejaron una hilera de huellas oscuras y viscosas sobre el piso de baldosa blanca impecable.
En medio del agua cristalina, una silueta se desplazaba a una velocidad impresionante. Era Izan. Salió a la superficie con un impulso perfecto, pero al escuchar el choque de mis tacos contra el suelo y ver la mancha de lodo que avanzaba hacia su zona, se detuvo en seco. Al quitarse las gafas de natación y ver el desastre, su rostro pasó de la concentración absoluta a una furia desmedida.
—¡Rivera! —gritó. Su voz rebotó contra los techos altos del complejo con un eco ensordecedor.
Salió del agua de un solo salto, chorreando y caminando hacia mí con los puños apretados. Llevaba solo el bañador de competencia, con las gotas corriendo por su torso marcado y la piel pálida contrastando con el enrojecimiento de su cuello por la rabia.
—¿Eres estúpido o te lo haces? —me espetó, deteniéndose a solo centímetros de mi rostro—. Te dije mil veces que no quería la mugre de tu equipo cerca de la piscina. ¡Mira lo que le hiciste al piso!
—Oye, cálmate un poco, fue un accidente —dije, levantando las manos embarradas para intentar serenarlo, pero eso solo lo hizo enfurecer más—. Las duchas de la cancha no sirven y el agua de la lluvia me está congelando. Solo venía a lavarme.
—¡El acceso a las duchas secundarias está del otro lado! —exclamó, señalando el suelo con un dedo que le temblaba ligeramente por la indignación—. El filtro de la piscina es sensible. Si la tierra entra a los desagües, nos cierran la instalación dos días para limpiar. Pero claro, a ti te importa un carajo porque crees que todos debemos rendirnos ante tu maldito balón de fútbol.
Ese comentario me tocó una fibra sensible. Di un paso al frente, acortando la distancia hasta que el calor de mi cuerpo lleno de barro chocó directamente con el frío del agua que goteaba de su piel.
—No te confundas conmigo, Vogel —murmuré, bajando el tono de voz a un susurro áspero—. Cometí un error al pasar por aquí, de acuerdo, pero no soy un tipo egoísta y no voy a permitir que me hables como si fuera basura.
—Actúas como tal —respondió en un susurro igual de desafiante, sosteniéndome la mirada sin parpadear.
La escena era casi absurda: él mojado, tiritando ligeramente por el aire acondicionado del recinto y cubierto solo por una toalla sobre el hombro; yo sudado, pesado y cubierto de lodo de pies a cabeza. Sin embargo, en medio de esa discusión ridícula, la cercanía entre los dos se volvió sofocante. Pude ver las diminutas gotas de agua atrapadas en sus pestañas oscuras y la forma en que su pecho subía y bajaba agitado por la respiración. Mi mirada bajó sin permiso a sus labios entreabiertos, que temblaban un poco.
Izan notó el cambio inmediato en la atmósfera. Su ceño fruncido se suavizó por un segundo, reemplazado por un destello de pura conmoción. Nadie se movió. El silencio en el complejo se volvió tan denso que solo se escuchaba el choque continuo de las gotas cayendo de su cabello húmedo contra el suelo.
—Límpialo —dijo finalmente. Su voz ya no sonó firme ni autoritaria, sino rota y apenas audible. Dio un paso hacia atrás, rompiendo el contacto.
—Lo haré —respondí con la garganta seca, incapaz de apartar los ojos de los suyos mientras él tomaba su bolso y caminaba a paso rápido hacia los vestidores, dejándome a solas con el latido desbocado de mi corazón.