Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 4
Cap. 04: Pan dulce en una casa pobre
Marta Rojas abrió la puerta con una vela en la mano y se quedó mirando al hombre que caminaba junto a su hija.
Durante tres segundos no dijo nada.
Eso, en Marta, era un acontecimiento.
Luego vio la mejilla roja de Camila, los papeles mojados contra su pecho y los dos guardias de Sierra Clara que esperaban a distancia bajo la lluvia. Su aroma se llenó de miedo, cebolla frita y culpa.
—¿Qué pasó?
Camila estaba tan cansada que la pregunta casi le dio risa.
«Todo», pensó.
Pero dijo:
—Damián me siguió.
Marta se llevó una mano a la boca.
—Ay, Cami...
Gabriel no entró al umbral. Se quedó un paso atrás, bajo la lluvia, como si esa línea de madera vieja fuera una frontera de manada que no cruzaría sin permiso.
—Señora Rojas —dijo—. Su hija está bajo la protección provisional de Sierra Clara hasta la audiencia de mañana.
Marta parpadeó.
—¿Sierra Clara?
Su voz cambió. No mucho. Lo suficiente para que Camila lo escuchara.
La misma mujer que hacía unas horas había calculado cuántas monedas podía valer la compasión de Casa Vega ahora olía a posibilidad nueva.
Camila cerró los ojos un instante.
No podía culparla del todo. La pobreza afinaba los dientes de cualquiera. Pero estar cansada de entender a todos también era un derecho.
—Solo vino a asegurarse de que llegara viva —dijo Camila.
Gabriel bajó la mirada hacia ella.
—Y con sus documentos.
—Medio ahogados.
—La copia del tribunal no lo está.
Marta apretó la vela.
—Alfa Gabriel, pase, por favor. No se quede ahí mojándose. Tenemos café. No es buen café, pero está caliente.
Camila giró hacia su madre con lentitud.
—¿De verdad?
—¿Qué? Es un alfa.
—También es un desconocido.
—Que te trajo a casa.
—Caminando.
—Entonces peor, hija, el hombre tiene frío.
La boca de Gabriel se movió apenas. No fue una sonrisa completa, pero le suavizó la mirada.
—Agradezco la invitación, señora Rojas. No entraré esta noche. Si la señorita Rojas necesita algo antes de la audiencia, mis guardias permanecerán en la esquina hasta el amanecer.
Camila levantó la cabeza.
—No pedí guardias.
—Lo sé.
—Alfa Gabriel.
El modo en que dijo su título tenía advertencia.
Gabriel la miró como si la advertencia le pareciera razonable.
—No estarán frente a su puerta. No hablarán con sus vecinos. No entrarán a su casa. Si usted sale, no la seguirán salvo que lo pida. Si Vega se acerca, intervendrán.
Marta abrió los ojos con alivio.
Camila, con fastidio, descubrió que no podía discutir mucho con eso.
—¿Y si no quiero que Vega sepa que me asusté?
—Vega ya sabe que la golpeó en una calle pública. Que usted tome medidas después de eso no es miedo. Es inteligencia.
La frase le entró más hondo de lo que esperaba.
Marta miró a Gabriel con una gratitud tan visible que Camila quiso esconderse.
—Gracias, alfa.
—No me agradezca a mí —dijo Gabriel—. Mañana, su hija tendrá que hablar por sí misma.
—Ella sabe hablar.
La respuesta salió de Marta rápida, casi feroz.
Camila la miró.
Marta también pareció sorprenderse de sus propias palabras. Bajó los ojos, acomodó la vela y se hizo a un lado.
—Entra, Cami. Estás empapada.
Camila dio un paso hacia la casa y se detuvo.
No quería hacerlo.
La parte sensata de ella dijo que no era necesario. Que el alfa había cumplido. Que agradecer demasiado era abrir una puerta a deudas.
Pero la loba bajo su piel aún estaba despierta. Y el aroma de Gabriel, abeto y café en la lluvia, seguía junto a ella como una manta que no se atreviera a tocarla.
—Gracias —dijo, sin mirarlo mucho.
—Descanse, Camila.
Su nombre, en esa voz, hizo que el pecho le ardiera otra vez.
Camila entró antes de hacer una tontería.
Marta cerró la puerta. Al instante pegó la espalda a la madera y soltó todo el aire.
—Ese era Gabriel Serrano.
—Ya lo dijo él.
—El alfa juez de Sierra Clara.
—También lo dijo él.
—Y te acompañó caminando.
Camila dejó la carpeta sobre la mesa con mucho cuidado.
—Mamá.
—¿Qué?
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
Camila la miró.
Marta resistió tres segundos.
—Pero un alfa como ese no camina bajo la lluvia por cualquiera.
—Caminó por una ciudadana bajo la protección del tribunal.
La frase sonaba peor repetida en voz alta. Como si se la hubiera aprendido para no pensar en el roce de sus dedos.
Marta resopló.
—Sí. Claro. Y yo soy la alta anciana.
Nico salió del cuarto con el cabello aplastado y una manta sobre los hombros.
—¿Cami?
Vio la marca en su mejilla y se quedó helado.
—¿Quién te pegó?
Camila no había querido que su hermano la viera así. La furia en el aroma del muchacho era joven, verde, inútil. Le recordó que, aunque Nico tuviera catorce años y aún se manchara los dedos con tinta, también era un lobo. Uno pequeño, pero lobo.
—Nadie que vaya a volver a hacerlo gratis —dijo.
Nico apretó los puños.
—Fue Vega.
Marta intentó callarlo.
—Nico.
—Fue él, ¿verdad? El señor Damián.
—No le digas señor.
La voz de Camila salió más dura de lo previsto.
Nico cerró la boca.
Camila se frotó la frente. Estaba agotada. El agua le había empapado el vestido hasta la piel, la mejilla palpitaba, los documentos estaban arruinados y mañana tendría que sentarse frente a Damián, Beatriz y un tribunal.
También tenía hambre.
Eso último la ofendió un poco.
—¿Quedó pan?
Marta se quedó mirándola.
—¿Tu mejilla está morada y preguntas por pan?
—Si me voy a enfrentar a la manada Vega mañana, no pienso hacerlo con el estómago vacío.
Nico soltó una risa nerviosa. Marta se limpió los ojos con el dorso de la mano y fue a la cocina.
—Quedó pan dulce. Y caldo.
—Caldo primero.
—Mandona.
—Libre —corrigió Camila.
Marta se detuvo un instante, de espaldas.
—Libre —repitió, más bajo.
La palabra se sentó en la cocina con ellas.
Camila se cambió el vestido empapado por uno viejo, se lavó la cara con agua fría y dejó que Marta le pusiera un trapo con árnica sobre la mejilla. No hablaron mientras comía. Nico se sentó frente a ella como si pudiera hacer guardia con los ojos. Cada vez que un ruido sonaba en la calle, se enderezaba.
La presencia de los guardias en la esquina no se veía desde la ventana.
Pero se sentía.
No como una jaula.
Como una puerta con cerradura por dentro.
Cuando terminó el caldo, Marta sacó el sobre de dinero que Beatriz había entregado esa tarde.
Camila dejó la cuchara.
—No.
—Ni siquiera dije nada.
—Tu mano sí.
Marta miró el sobre, luego a ella.
—Esta casa tiene deudas, Cami.
—Lo sé.
—Los libros de Nico cuestan. El alquiler subió. Bruno manda menos porque el aserradero...
—Lo sé.
—Entonces también sabes que una mujer sola no puede vivir solo de orgullo.
Camila respiró hondo.
La loba bajo su piel, aún sensible por la presión de rango de Damián, mostró los dientes.
—Una mujer que no tiene orgullo termina viviendo de lo que otros quieren darle.
—No te estoy vendiendo.
—Ayer querías que pidiera una pensión por haber dormido fuera de la puerta de Damián.
Marta se puso roja.
—Estaba asustada.
—Yo también.
Eso la calló.
Camila tomó el sobre y lo puso en medio de la mesa.
—Voy a pagar tres meses de alquiler, los libros de Nico y comida para la casa. El resto se queda conmigo. Si necesito mudarme, usarlo para un abogado o comprar un vestido que no huela a Casa Vega, no voy a pedir permiso.
Marta apretó los labios.
—Soy tu madre.
—Entonces firma como mi madre. No como mi dueña.
Nico dejó de respirar.
Camila se levantó, fue al estante y sacó papel, tinta y la pluma barata que Nico usaba para practicar caligrafía. Escribió despacio, con la mano firme pese al cansancio:
«Yo, Marta Rojas, reconozco que Camila Rojas Marín es libre de administrar su compensación y su trabajo. Ninguna deuda familiar podrá obligarla a entrar en servicio, matrimonio o juramento sin su consentimiento».
Marta leyó la hoja como si fuera una serpiente.
—Esto es demasiado.
—Damián también pensó que pedir mi liberación era demasiado.
—No me compares con él.
—Entonces no hagas lo que él haría.
La frase dolió. Camila lo vio.
No retiró la hoja.
Marta tenía lágrimas en los ojos cuando tomó la pluma.
—Tu padre me enseñó a escribir mi nombre para que nadie me engañara con papeles —murmuró—. Nunca pensé que mi hija me pediría uno para no tenerme miedo.
Camila sintió un nudo en la garganta.
—Yo tampoco.
La pluma tembló sobre el papel.
Marta firmó.
Después empujó la hoja hacia Camila como si pesara más que la mesa.
—Ahí está.
Camila la tomó.
No se sintió feliz.
Se sintió un poco más segura.
Esa era una clase de felicidad más pequeña, pero quizás más útil.
Nico se limpió la nariz con la manga.
—Yo puedo firmar como testigo.
Camila miró su rostro serio, las manchas de tinta, el intento desesperado de ser grande.
—Firma.
Nico firmó con letras torcidas.
Marta fue a guardar el caldo y regresó con un plato de pan dulce. Lo puso frente a Camila sin mirarla.
—Come más. Mañana tendrás que hablar fuerte.
Camila tomó un pan.
—No tengo que hablar fuerte. Solo claro.
Marta soltó un sonido que pudo ser risa o llanto.
—Eso es peor para ellos.
Por la mañana, la casa olía a café quemado, papel seco y nervios.
Los guardias de Sierra Clara seguían en la esquina, discretos como sombras con buenos modales. Ningún Vega se acercó. Nadie llamó a la puerta.
Camila durmió poco, pero comió bien. Dos panes, café, un trozo de queso y media naranja que Nico le cedió con solemnidad de sacrificio.
—Para que ganes —dijo.
—No es una pelea.
Nico la miró como solo un chico de catorce años podía mirar a una hermana adulta que evidentemente no entendía nada.
—Todo es una pelea si el otro quiere pegarte.
Camila no tuvo argumento contra eso.
A media mañana, un coche gris se detuvo frente a la casa. Marta casi tiró una taza. Nico corrió a la ventana.
—No es Vega —dijo—. Tiene el sello de Sierra Clara.
Un mensajero entregó un sobre.
Camila lo abrió con cuidado.
Dentro había una citación formal para la audiencia, una copia nueva y seca de su registro provisional, y una nota breve escrita con letra firme:
«La audiencia se traslada a la residencia Salazar por solicitud del observador del consejo. Habrá testigos de Vega, Sierra Clara y la manada Salazar.
No vaya sola si no desea hacerlo.
G. Serrano».
Marta leyó por encima de su hombro.
—Residencia Salazar. Eso es peor que una oficina.
Camila pensó en Elena Salazar, perfecta y serena junto a Damián en el salón. Pensó en la risa de los invitados. En la mano de Damián sobre su brazo. En Gabriel preguntando si ella era Vega.
«No vaya sola si no desea hacerlo».
Camila dobló la nota.
—Entonces no iré sola.
Marta se enderezó.
—Iré contigo.
Nico también.
—Yo también.
—No —dijo Camila.
Los dos protestaron a la vez.
Camila levantó una mano.
—Mamá, si vas, Damián va a oler miedo y deuda. Nico, si vas, va a provocarte para que parezcas un cachorro malcriado. Necesito a alguien que no puedan usar contra mí.
—¿Y quién? —preguntó Marta.
Camila miró por la ventana.
En la esquina, uno de los guardias de Sierra Clara levantó la vista, como si hubiera sentido su atención.
La respuesta era obvia.
Demasiado obvia.
Y por eso mismo, peligrosa.
Camila bajó la cortina.
—Voy a pedir un favor.
La palabra «pedir» le supo rara.
No amarga.
Rara.
Como si todavía no supiera cómo usarla.