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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

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CAPÍTULO 13 EL NIÑO QUE NADIE SABÍA QUE EXISTÍA

Dos semanas después de la llegada de Pilar al colegio.

La vida en la casa había encontrado un nuevo ritmo, una extraña mezcla de rutina feliz y alerta constante. Por las mañanas todo era normal: desayuno juntos, risas de los niños, Elisa en su taller de costura, Eduardo en la oficina, Doña Marisa cuidando su pequeña huerta de tomates y albahaca en el rincón del jardín, Doña Carmen pasando a tomar café y a controlar que todo estuviera en orden. Pero por las noches, cuando los niños dormían, las cuatro puertas de la planta baja se cerraban con doble llave, la alarma se activaba, las cámaras se revisaban una por una, y nadie se atrevía a bajar las escaleras sin encender todas las luces primero.

Pilar había vuelto al colegio tres veces más. Siempre amable, siempre sonriente, siempre preguntando cosas que no le correspondían: cómo se llevaban Elisa y Eduardo, si discutían mucho, si los niños alguna vez preguntaban por "su otra mamá", si habían tenido visitas raras últimamente. Cada vez, Elisa respondía con calma, con media verdad, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, mientras Doña Carmen, escondida en el auto al final de la calle, tomaba fotos de la mujer cuando salía del colegio y se subía a un auto oscuro con vidrios ahumados que nadie había visto antes.

—No es una psicóloga —había dicho la anciana esa mañana, poniendo las fotos sobre la mesa del despacho—. Es una espía. Y trabaja para alguien que tiene dinero. Ese auto cuesta más que mi casa entera.

Pero nada los había preparado para lo que llegó esa tarde.

Eran las cuatro y media. Los niños acababan de volver del colegio. Lucas y Sofía corrían por el jardín persiguiendo una mariposa amarilla, Mateo estaba sentado en el porche haciendo la tarea, Elisa ayudaba a su madre a regar las plantas. Eduardo había vuelto temprano de la oficina y charlaba con Doña Carmen cerca de la entrada. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Hasta que sonó el timbre.

No una vez, cortés, como siempre. Largo. Insistente. Una, dos, tres veces seguidas.

Todos se quedaron quietos de golpe. Eduardo se acercó al interfono, miró por la pantalla.

En la verja había una mujer. Delgada, desaliñada, el pelo castaño revuelto, la ropa sucia y mojada por la llovizna que empezaba a caer. No tenía abrigo, no tenía bolso, no tenía nada. Solo sostenía de la mano a un niño pequeño, de unos nueve años, pálido, flaco, con los ojos hundidos y una bufanda demasiado grande para él que le cubría hasta la mitad de la cara.

Eduardo no reconoció a la mujer. Pero Elisa sí.

Aunque llevaba meses sin verla, aunque estaba cambiada, casi irreconocible por el cansancio y el hambre… lo supo en cuanto vio sus ojos. Esos mismos ojos oscuros, igualitos a los suyos, que la habían mirado con odio toda la vida.

Era Valeria.

—Dios mío —susurró Elisa, y se le cayó la regadera de las manos, golpeando el suelo con un ruido seco.

Doña Marisa se giró de inmediato. En cuanto vio la cara de su hija, entendió todo. Apretó el bastón con fuerza, su cara se puso dura como una roca.

—¿Es ella? —preguntó, baja.

Elisa solo asintió, sin poder hablar.

—Ábreme —dijo Valeria por el micrófono del interfono, y su voz sonaba rota, agotada, nada que ver con el tono arrogante de siempre—. Por favor, Eduardo. Abre. No vengo a pelear. Vengo a pedir ayuda. Por él.

El niño levantó la cabeza en ese momento. Y cuando su cara quedó descubierta, todos contuvieron el aliento al mismo tiempo.

Tenía los mismos ojos oscuros de Valeria. La misma forma de la nariz. La misma boca. Pero también… también tenía la misma mandíbula dura y marcada de Ramiro Salgado.

—No dejes que entre —dijo Doña Carmen de inmediato, agarrando a Eduardo del brazo—. Es una trampa. Seguro que tiene a sus hombres escondidos por los arbustos. Seguro que…

—Mira al niño —lo cortó Doña Marisa, con la voz temblando un poco de compasión—. Mira cómo está. Se va a desmayar de un momento a otro. Esa mujer puede ser el demonio mismo, pero ese crío no tiene culpa de nada. No podemos dejarlo ahí afuera, bajo la lluvia.

Hubo cinco segundos de silencio tenso. Cinco segundos en los que todos miraban a Eduardo esperando su decisión. Él miró a Elisa, buscando su aprobación. Ella pensó en la carta, en las amenazas, en todo el daño que su hermana le había hecho. Pero luego miró al niño, que se tambaleaba un poco apoyado en la pierna de Valeria, y su corazón no se lo permitió.

Asintió despacio.

—Abre —le dijo a Eduardo.

La verja se abrió.

Valeria entró caminando despacio, casi arrastrando los pies, con el niño pegado a su lado como si fuera su única protección. Cuando cruzó la puerta principal y entró en la sala, todos se quedaron mudos. Estaba verdaderamente destrozada: tenía moretones en la cara, los labios partidos, las manos llenas de cortes pequeños y cicatrices. No era la mujer elegante, fría y arrogante que todos recordaban. Era solo una mujer rota. Y un niño enfermo.

El niño no soltaba la mano de su madre ni un segundo. No miraba a nadie. Tenía los ojos fijos en el suelo, como si le hubieran enseñado que era peligroso levantar la vista.

—Gracias —dijo Valeria, con la voz quebrada. Miró a todos alrededor: a Doña Carmen, que la miraba con odio contenido; a Doña Marisa, que la miraba con una mezcla de dolor y rechazo; a Eduardo, serio y alerta; y finalmente a Elisa. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Sé que me odias. Y tienes toda la razón. Pero… —se agachó y tomó al niño en brazos, aunque le costaba por lo débil que estaba—. Este es Martín. Mi hijo. Tiene nueve años. Y se está muriendo.

Un silencio absoluto cayó sobre toda la sala. Ni siquiera los niños que jugaban afuera se oían ya.

—¿Tu hijo? —repitió Elisa, sin poder creerlo.

—Sí —asintió Valeria, y una lágrima por fin se le escapó rodando por la mejilla—. Es hijo de Ramiro Salgado. Lo tuve cuando me fui a vivir con él, hace diez años. Nadie lo sabía. Se lo escondí a todos. A ti, a mamá, a Eduardo, a todo el mundo. Porque sabía que si Ramiro se aburría de mí, me lo quitaría. O peor.

Se sentó en el borde del sofá, sin atreverse a apoyar la espalda, como si no se considerara digna de estar ahí. Siguió hablando rápido, como si temiera que en cualquier momento la echaran y no pudiera terminar.

—Martín tiene leucemia. Un tipo muy agresivo. Necesita un tratamiento que cuesta muchísimo dinero. Más de lo que yo nunca tuve. Cuando me llevé los quince millones de la caja fuerte de Ramiro, pensé que con eso alcanzaba. Pero no. Se me acabó todo en dos meses. Ramiro me encontró hace una semana. Me golpeó, me quitó lo poco que me quedaba, se quedó con Martín tres días como castigo por haberlo robado. Lo soltó anoche. Me dijo que si no le pagaba todo lo que le debía —sesenta millones más los quince que robé, setenta y cinco en total— antes de quince días… se lo llevaba para siempre. Y no me lo devolvía nunca más.

Se tapó la cara con las manos y rompió a llorar de verdad, sin vergüenza ya, sin orgullo. Solo dolor.

—Yo no tengo a nadie más —dijo entre sollozos—. No tengo amigos, no tengo familia, no tengo dinero. Solo tenía a ustedes. Sé que no me lo merezco. Sé que soy la peor persona que conocieron. Pero Martín es inocente. Él no hizo nada. Por favor. Ayúdenlo a él. A mí me hacen lo que quieran. Pueden llamar a la policía, pueden entregarme a Ramiro, lo que sea. Pero por favor… no dejen que mi hijo muera.

Martín, que había estado callado todo el tiempo, levantó la cabeza en ese momento. Miró a Elisa con esos ojos grandes y tristes, igualitos a los suyos. Y le dijo, con una vocecita débil y dulce que partió el corazón a todos los presentes:

—Por favor, tía Elisa. No quiero morir. Quiero jugar al fútbol como los otros niños. Quiero ser grande.

Nadie dijo nada. Doña Carmen había bajado la mirada, incapaz de seguir mirando al niño sin llorar. Doña Marisa tenía las mejillas mojadas. Eduardo apretaba los puños con rabia contra Ramiro, contra todo el mal que había en el mundo. Y Elisa… Elisa no podía apartar los ojos de Martín. Era como mirar a un espejo del pasado. Como mirarse a sí misma de niña, pequeña, asustada, pidiendo ayuda que nunca llegaba.

Se acercó despacio a Valeria. Se agachó hasta quedar a su altura. No la abrazó. No le dijo que la perdonaba. Aún no podía. Pero le habló con una calma y una firmeza que nadie esperaba.

—No vamos a dejar que le pase nada a Martín —dijo, mirándola a los ojos—. Él se queda aquí. Con nosotros. Vamos a llamar al mejor médico de la ciudad, vamos a hacerle todos los exámenes, vamos a pagar el tratamiento completo. Cueste lo que cueste. Tú también te puedes quedar… pero solo en el cuarto de huéspedes, con llave por fuera, sin hablar con los niños, sin salir sola sin que alguien te acompañe. Hasta que decidamos qué hacer. ¿Aceptas?

Valeria abrió los ojos como platos, incrédula. No podía creer lo que estaba escuchando. Su hermana, a la que ella había intentado destruir tantas veces, le estaba dando refugio. Le estaba salvando la vida a su hijo.

Asintió desesperada, una y otra vez, sin poder hablar de la emoción.

—Sí —logró decir finalmente—. Sí, acepto todo. Lo que sea. Gracias. Gracias… no sé cómo pagarte esto nunca.

—No tienes que pagarme a mí —respondió Elisa, levantándose y mirando a Martín con ternura—. Se lo debes a él. Y si alguna vez vuelves a intentar hacernos daño a cualquiera de nosotros… te juro por él que no habrá una segunda oportunidad. ¿Me entiendes?

—Perfectamente —dijo Valeria, seria, por primera vez en su vida sin rencores, sin mentiras.

Mientras Eduardo llamaba al médico de urgencia y Doña Marisa preparaba una habitación cómoda y calientita para Martín, Elisa se quedó un rato a solas en el porche, mirando caer la lluvia. Necesitaba aire. Necesitaba pensar.

Había tomado la decisión sola, sin consultar a nadie. Y sabía que era peligrosa. Muy peligrosa. Valeria en su casa otra vez. El secreto de un hijo de Ramiro. Setenta y cinco millones de pesos de deuda con un hombre que no tenía escrúpulos. Una guerra que parecía no terminar nunca.

—Fue lo correcto —dijo una voz a su lado.

Era Doña Carmen. Se paró junto a ella, mirando también la lluvia, con el rostro serio pero suave.

—Lo sé —respondió Elisa, suspirando—. Pero también fue lo más peligroso que he hecho en mi vida. Ramiro va a venir a buscarlo. Va a venir a buscarla a ella. Y va a venir con todo. Ahora tenemos dos niños más que proteger. Y una enemiga que duerme bajo nuestro propio techo.

Doña Carmen asintió.

—Sí —dijo—. Pero también tenemos una baza nueva. Valeria ahora está de nuestro lado. Sabe todo de Ramiro. Dónde vive, cómo piensa, quiénes son sus hombres, cuáles son sus puntos débiles. Ella es la única persona en el mundo que lo conoce de verdad. Y ahora, por su hijo, hará cualquier cosa para destruirlo. Incluso ayudarnos.

Elisa la miró, sorprendida. Nunca se le había ocurrido pensar así. Pero la anciana tenía razón. La enemiga de su enemiga… podía ser su aliada. Por Martín. Por la única cosa que Valeria parecía amar de verdad en toda su vida.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió. Valeria salió al porche, con la cara aún húmeda de lágrimas. Se detuvo a dos metros de ellas, sin acercarse demasiado, respetando el límite.

—Oí lo que dijeron —dijo, baja—. Y tienen razón. Yo sé todo de Ramiro. Sé que ya está en la ciudad. Sé que Pilar Quinteros trabaja para él, no para mí. Ella es su abogada y su mano derecha. La mandó para destruirlos a ustedes, para quitarles a los niños, para quedarse con la empresa de Eduardo. Yo no sabía nada de eso hasta hace tres días. Y si quieren… les cuento todo. Cada detalle. Cada nombre. Cada plan. Él se llevó a mi hijo una vez. No se lo voy a dejar volver a hacer nunca más.

Elisa y Doña Carmen se miraron. El plan de Ramiro saliendo a la luz. Pilar al descubierto. La guerra declarada oficialmente.

—Mañana —dijo Elisa finalmente, con decisión—. Mañana por la mañana, cuando los niños se vayan al colegio, nos sentamos los cuatro —tú, yo, Eduardo y Doña Carmen— y me cuentas absolutamente todo. Sin omitir nada. Sin mentiras. Si quieres que confiemos en ti aunque sea un poquito… esta es tu única oportunidad.

Valeria asintió con fuerza.

—No les mentiré más —dijo, y por primera vez en toda su vida, sonó sincera—. Nunca más.

Entró de nuevo en la casa para estar con Martín. Elisa se quedó mirando la lluvia, sintiendo cómo todo daba vueltas a su alrededor en una espiral cada vez más rápida.

Lo que había empezado como una simple sustitución de identidad para salvar a su madre, se había convertido en algo mucho más grande. Ahora había niños enfermos, deudas imposibles, prestamistas violentos, espías en el colegio, alianzas imposibles entre hermanas que se habían odiado toda la vida.

Y ella, la mujer que una vez solo quería vivir en paz con su madre, estaba en el centro de todo.

Pero esta vez no tenía miedo. Porque ahora sabía que no estaba sola. Tenía a Eduardo. A Doña Carmen. A su madre. A los tres niños que amaba como propios. Y, aunque le costara admitirlo… ahora también tenía a Valeria. Porque el amor por un hijo era más fuerte que cualquier odio del pasado.

Muy lejos, en una oficina oscura y lujosa del centro de la ciudad, Ramiro Salgado colgó el teléfono con rabia. Sabía que Valeria estaba en la casa. Sabía que le habían dado refugio. Sabía que ahora estaban todos juntos.

Sonrió, una sonrisa fría y cruel. Golpeó la mesa con el puño con tanta fuerza que los vasos saltaron.

—Quieren jugar en equipo, ¿verdad? —murmuró para sí mismo, mirando por la ventana la ciudad que creía gobernar—. Muy bien. Jugaremos. Pero yo pongo las reglas. Y esta vez… no gana el más bueno. Gana el que esté dispuesto a perderlo todo.

Apretó un botón del intercomunicador.

—Pilar —dijo cuando ella contestó—. Ya es hora de acelerar todo. Dile al juez amigo mío que prepare la orden. En tres días entramos en esa casa. Nos llevamos a los tres niños. Y nos quedamos con todo lo que tienen. No importa cómo. No importa quién salga lastimado. Quiero esa familia destruida antes del fin de semana. ¿Entendido?

—Entendido perfectamente —respondió la voz fría de Pilar al otro lado de la línea—. No se preocupe. Para el sábado, Elisa estará en la cárcel. Y Eduardo no tendrá ni empresa ni familia.

Ramiro sonrió de nuevo, satisfecho. Colgó el teléfono.

Nadie en aquella casa de la calle de las rosas sabía aún que la cuenta atrás había empezado.

Tres días.

Setenta y dos horas.

Y entonces, todo cambiaría para siempre.

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Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
total 1 replies
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