Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 3: A los lobos no se les ruega. Se les da un motivo.
🌸 Mensaje del día 🌸
Mis hermosas lectoras... ❤️
Quiero comenzar dándoles las gracias de todo corazón por el increíble apoyo y la hermosa acogida que le han dado a esta segunda versión de Cassidy. 🥹✨
Estoy muy feliz de volver a escribir sobre ella, y quiero contarles un secreto... Si hoy existe esta segunda parte, es gracias a ustedes. 💕
Sus comentarios, su cariño y todo el apoyo que le dieron hicieron que Cassidy ganara el concurso de la temporada pasada, y eso me motivó muchísimo a traerla de regreso.
Pero creo que cometí un pequeño error... 😈
Pensé que solo le daría una segunda oportunidad... ¡y resulta que ustedes se enamoraron tanto de Cassidy que ya estoy pensando en darle muchas más vidas! 😂📚
Así que díganme... ¿les gustaría convertir a Cassidy en una saga? 👀
Porque después de esta segunda parte... quién sabe... tal vez llegue una tercera, una cuarta... todo dependerá del apoyo que ustedes le den a esta historia. ❤️
Y tengo otra idea...
Estoy pensando en hacer imágenes de los protagonistas para que podamos ponerles rostro mientras leemos. ¿Les gustaría? 😍
Comenten si quieren conocer a Cassidy y a los demás personajes principales. Me encantaría compartir esas fotitos con ustedes y hacer la experiencia todavía más divertida.
Como siempre, no olviden dejarme su comentario. Los leo todos y créanme que cada mensaje me motiva a seguir escribiendo. 🥹💖
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Gracias por estar aquí, por creer en mis historias y por acompañarme capítulo tras capítulo.
Las quiero muchísimo. 💕
¡Ahora sí... a disfrutar de esta nueva aventura con Cassidy! 📖✨
CAPÍTULO 3: A los lobos no se les ruega. Se les da un motivo.
El castillo amaneció convertido en un hospital de campaña, y Cassidy no recordaba haber dormido tan bien en dos vidas.
Desde la ventana los vio pasar: cortesanos que la noche anterior brillaban de seda y perfume, ahora arrastrándose por el patio con el color de una rana, doblados, sosteniéndose de las paredes, corriendo con toda la dignidad que se les había quedado en el bacín. Alguien vomitó contra la fuente. Otro no llegó a la letrina y decidió, con buen criterio de emergencia, que un rosal servía igual.
Buenos días, corte. ¿Descansaron? Yo, divinamente.
El olor había subido hasta su cuarto, ese olor que ella conocía bien porque lo había mandado a hacer, y hasta el olor le supo a triunfo. Por una vez el castillo entero apestaba por fuera lo que apestaba por dentro, y a Cassidy le pareció el aroma más honesto que había respirado desde que la metieron en ese cuerpo.
Ismenia entró tapándose la nariz con el delantal, pálida.
—Alteza… medio castillo está enfermo. Dicen que fue algo en la cena. La señora Ágata no ha salido del… —bajó la voz, escandalizada— no ha salido desde la medianoche.
—Qué pena tan grande —dijo Cassidy, mordiendo una manzana con toda la calma del mundo—. Una tiene que cuidar lo que se lleva a la boca en estos tiempos. —Masticó despacio—. Yo, por ejemplo, anoche no cené. No me dio hambre.
Ismenia la miró un segundo de más. Algo se le movió detrás de los ojos, algo que no era miedo sino la primera astilla de una sospecha: que la niña gorda y tonta a la que llevaba años vistiendo a lo mejor no era ni tonta ni tan niña.
Cassidy le sostuvo la mirada, tranquila, y le guiñó un ojo.
Y ahí, sin una palabra más, las dos entendieron que acababan de firmar algo.
Pero Cassidy no era mujer de quedarse celebrando. Celebrar es lo que hacen los que creen que ya ganaron, y ella tenía dos vidas de cicatrices para saber que nadie gana nada de forma permanente. Había ganado la noche. La guerra seguía igual de perdida.
El problema era el mismo de siempre, y se lo fue repitiendo mientras se apretaba ella sola los lazos del vestido que ninguna criada le apretaba bien.
Uno: este cuerpo era una desgracia. Blando, lento, sin aire. Subía diez escalones y resoplaba como un fuelle roto. Y algo había aprendido entre balaceras y juntas de accionistas: puedes ser la persona más lista del cuarto, que si no puedes correr cuando el cuarto se prende en llamas, te achicharrás igual de muerta que el tonto.
Dos: el caballo.
A esta niña la mataron montando. Rienda cortada, caída, cuello roto, accidente, entierro, y a otra cosa. Y mientras yo no sepa montar de verdad, ese truquito les sigue funcionando. Lo pueden repetir el martes que viene y nadie va a pestañear en el velorio.
Se miró en el espejo manchado. Una cara redonda, joven, con unos ojos que ya no eran los de Aurora.
Así que se acabó lo de caerse. Voy a aprender a montar, aunque me parta el trasero en dos. El día que me vuelvan a cortar una rienda, señores, me van a encontrar arriba del caballo, no debajo. Diferencia chiquita. Diferencia de vida o muerte.
Salir fue lo más fácil que había hecho en semanas. Un castillo que se está vaciando entero por dentro no tiene ojos para vigilar a una princesa. Ágata, encerrada. Leonor, encerrada. Los guardias que debían seguirla, la mitad verdes y temblando. Le asignaron a dos de los hombres del duque —los únicos con el estómago entero— y a un mozo de cuadra que no llegaba a los quince años, y con esa escolta de lujo se fue a los establos.
El primer encuentro con el caballo fue humillante.
Era una yegua parda, mansa, de buen ojo, la clase de animal que no le hace daño ni a un saco de papas. Y aun así el saco de papas no lograba subírsele encima. Cassidy metió el pie en el estribo, empujó, y el cuerpo pesado se le quedó a media altura, colgando, pataleando, mientras el mozo hacía un esfuerzo heroico por no reírse y fracasaba redondo.
—¿Necesita… ayuda, alteza?
—Necesito otro cuerpo, muchacho, pero con este me tocó. Empujá.
Subió al tercer intento, roja, sudada, con la respiración hecha trizas.
Perfecto. Cassidy Boone, que domó potros en Texas, que cabalgó tres días sin bajarse huyendo de la ley, colgada de una yegua vieja como un ternero de la ubre. Si me vieran los muchachos del Oeste me pegan un tiro de pura vergüenza, y hacen bien.
Pero debajo de toda esa carne inútil, la memoria seguía ahí. Las manos sabían. Las rodillas sabían. Y de a poco, mientras el cuerpo se quejaba, el instinto le fue ganando terreno a la torpeza.
Se cayó una vez, de lado, a lo bruto, y aterrizó en el barro con un ruido feo. El mozo corrió, Ismenia gritó, y Cassidy se quedó un segundo boca arriba, mirando el cielo gris, con la boca llena de tierra y medio reino de dolor en la cadera.
—Estoy bien —escupió—. Estoy divina. No me toquen. —Se levantó sola, agarrándose de lo que había—. La que se cae y se queda en el suelo, se queda en el suelo para siempre. Otra vez.
Y volvió a subir.
Para el mediodía ya no se caía. Para media tarde, la yegua y ella habían llegado a un acuerdo tácito: Cassidy no le pegaba tirones de idiota a la boca, y la yegua no la tiraba al barro. Un matrimonio más sano que el que le tenían arreglado con el príncipe, la verdad.
Y una vez que dejó de pelearse con el animal, por fin levantó la cabeza y miró el mundo donde el destino la había ido a tirar.
El castillo se alzaba sobre una colina pelada. Alrededor, campos, un río flaco y perezoso, un camino de tierra que bajaba al pueblo. Y al sur, cerrando el horizonte como un telón negro, un bosque espeso, quieto, de esos que no dejan pasar la luz.
La memoria de Aurora le fue nombrando las cosas con vocecita asustada: el camino al pueblo, el molino, los sembrados, y el lindero de aquel bosque, que nadie cruzaba, del que se contaban cosas, del que —según las criadas— no volvía la gente.
Del bosque no vuelve la gente. Con lo bien que venía el día.
Cassidy debió dejarlo ahí. Cualquier persona sensata lo habría dejado ahí. Pero ella no era sensata, era curiosa, y la curiosidad, en dos vidas, la había mantenido viva más veces de las que había estado a punto de matarla. Porque una verdad se la habían enseñado a golpes las dos: al terreno se lo conoce antes de necesitarlo, no cuando ya vas corriendo por él con alguien pisándote los talones.
Así que, con sus dos guardias mareados y su mozo de quince años, dejó que la yegua la fuera acercando al lindero. Solo para ver. Solo para saber por dónde se entra. Por dónde se sale.
Nota mental, Boone: la próxima vez que te oigas pensar "solo para ver", date la vuelta y arrancá.
No los oyó llegar. Y eso, en su experiencia, solo lo lograba una clase muy específica de hombre: el que se dedica a esto.
Salieron del bosque sin un ruido, que es la peor forma en que puede aparecer alguien.
El primer guardia cayó antes de tocar la espada, de un golpe seco en la nuca; se desplomó como un costal de trigo. El segundo alcanzó a girar, a gritar, a sacar media hoja, y una mano lo agarró, lo silenció y lo dejó en el suelo con una eficiencia que a Cassidy, muy en el fondo, le pareció casi elegante. El mozo salió disparado hacia el castillo, gritando, y nadie se molestó en perseguirlo. Ismenia se quedó tiesa, blanca como sábana, y a ella no la tocó nadie: una criada no vale el esfuerzo.
A Cassidy la bajaron de la yegua dos brazos que parecían de piedra, antes de que su flamante media tarde de equitación le sirviera de algo.
Bárbaro. Aprendí a montar justo a tiempo para que me secuestren a pie. Qué eficiente el universo.
La pusieron de rodillas en el pasto, y cuando levantó la cara, los vio.
Tres.
Y los tres, se dio cuenta de golpe, tenían la misma cara. La misma mandíbula, la misma nariz, los mismos ojos oscuros. Trillizos. Como si la naturaleza hubiera repartido una sola cara entre tres almas que no se parecían en nada.
El que la sujetaba era una montaña callada, con una cicatriz vieja partiéndole el labio y una mirada que no parpadeaba nunca. No dijo una palabra en todo el rato, y de algún modo fue el que más miedo le dio. Los que hablan quieren algo. Los que callan ya decidieron.
El segundo estaba recostado contra un árbol, de brazos cruzados y con una sonrisa torcida, como si todo aquello le pareciera divertidísimo. Guapo de una forma peligrosa, de las que sonríen igual cuando te saludan que cuando te entierran.
Y el tercero era el que mandaba. No hacía falta que nadie se lo dijera. Estaba más quieto que los otros dos, la miraba desde arriba con una frialdad de contador —sumando cuánto valía viva, cuánto muerta—, y era evidente que la columna de "muerta" iba ganando.
Y olían —lo notó hasta ahí, de rodillas, con el corazón golpeándole las costillas— a bosque, a humo de leña, a cuero, a sudor limpio de hombre que trabaja. Olían a real. Después de semanas ahogándose en el perfume rancio de la corte, ese olor honesto casi la reconfortó, y esa fue, sin discusión, la idea más estúpida que se le podía cruzar a alguien a quien están por degollar.
Felicitaciones, Boone. Te van a matar, y lo último que se te ocurre es que por fin conociste hombres que huelen bien. Prioridades de reina.
—La prometida del principito —dijo el frío, y no lo dijo como pregunta—. Miren nada más. Salió a pasear solita, sin ejército, hasta la puerta de nuestra casa. Nos la mandaron envuelta para regalo.
—Yo no me mandé sola —dijo Cassidy—. Me trajo la curiosidad, que es peor consejera que el vino. Pero ya que estoy aquí.
El de la sonrisa soltó una risa corta.
—Miren qué graciosa la princesa. Habla, gorda, a ver con qué nos sale.
—Damián. —El frío no levantó la voz, y el otro se calló igual.
Ajá. El bromista se llama Damián, y le hace caso al jefe. El jefe todavía anda sin nombre. Paciencia, Boone: los nombres se juntan solos.
El frío hizo un gesto con dos dedos, apenas, y la montaña callada sacó un cuchillo. No con rabia. Sin apuro. Como quien saca la herramienta que usa todos los días. Se lo apoyó en el cuello, del lado por donde la vida se va rápido, y el metal estaba tan frío que le ardió.
Aurora, en su lugar, habría gritado. Habría llorado, habría suplicado, se habría orinado encima y habría muerto rogando por una vida que nunca fue del todo suya.
Pero Cassidy Boone ya había tenido metal en el cuello antes. Dos vidas de metal en el cuello. Y había aprendido una regla vieja: el que ruega, muere; el que da un motivo, a veces zafa.
Así que no rogó. Tragó saliva con cuidado, para no cortarse ella sola contra el filo, y habló despacio, con la voz firme aunque el pulso le retumbara en la lengua.
—Antes de que tu hermano me abra como a un pescado —dijo, mirando al frío a los ojos—, una pregunta. Una sola. ¿A quién quieren muerto?
Silencio.
—Porque ustedes no salieron de ese bosque, de noche, jugándose el pellejo, por una princesa gorda que no le importa a nadie. A mí me agarraron de paso, de suerte. Ustedes van por algo más grande. —Vio cómo los ojos del jefe se entrecerraban un milímetro, y supo que había pisado tierra firme—. El rey. O el príncipe. O los dos. ¿Me equivoco?
El cuchillo no se movió. Pero el jefe tampoco dijo que cortara.
—Seguí —murmuró.
—Es simple. —Cassidy respiró hondo, con el filo subiéndole y bajándole en la garganta—. Ustedes quieren muerto al príncipe. Yo también. Ese hijo de perra perfumado me tiró de un caballo para revolcarse tranquilo con la ramera de mi hermanastra y quedarse con lo mío. La única diferencia entre ustedes y yo es que yo duermo dentro de ese castillo. Camino sus pasillos. Ceno en su mesa. Sé qué puerta chirría y cuál no, quién odia a quién, quién se acuesta con quién. —Ladeó apenas la cabeza, cuidándose del cuchillo—. Ustedes tienen tres espadas y un bosque. Yo tengo algo mucho más útil: estoy adentro. Y me quieren muerta los mismos que a ustedes.
—O sea que quieres que te soltemos —dijo Damián, ya sin sonrisa— porque, según yo, eres nuestra amiga. Qué conveniente, con el cuchillo en el pescuezo.
—No dije amiga. —Cassidy lo miró—. Las amigas se quieren. Yo no los quiero a ustedes ni ustedes a mí, y así estamos bien. Dije aliada. Una aliada es otra cosa: es la que gana lo mismo que ustedes ganan. Y ahora mismo, guapo, yo gano exactamente lo mismo que ustedes. Mátenme, y pierden a la única persona del reino capaz de abrirles esa puerta desde adentro. Déjenme viva, y a lo mejor —solo a lo mejor— les entrego en bandeja lo que llevan años sin poder tocar.
—Adriano, esto es perder el tiempo —soltó Damián—. Nos va a enredar con labia hasta que salga el sol.
Adriano. Ya son dos. El frío se llama Adriano.
Pero Adriano no contestó. La miraba largo, fijo, un rato que a Cassidy se le hizo eterno, con el corazón subiéndosele a la boca, la cara de oveja bien puesta por fuera y la calculadora echando humo por dentro.
Vamos, frío. Pensá. Los números no mienten. Muerta valgo un cadáver y un problema. Viva, valgo una llave. Y eres de los que hacen la cuenta antes de matar, se te nota en la cara. Hace la cuenta.
Por fin, Adriano levantó la mano.
—Tobías.
Fue todo lo que dijo. Y el cuchillo se apartó de su cuello, apenas un dedo, lo justo para volver a respirar completo.
Y ahí está el tercero. Tobías, el callado del cuchillo. Colección completa, señores: Adriano el que suma, Damián el que ríe, Tobías el que corta. Un gusto conocerlos. Ojalá no sea la última vez, y lo digo muy en serio.
—No te voy a soltar —dijo Adriano—. Ni te voy a creer. Todavía no. —Hizo un gesto hacia la oscuridad de donde habían salido—. Te venís con nosotros. Si lo que decís es verdad, hablamos como gente. Si me mentiste… —se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos, y por primera vez algo casi humano le cruzó la cara, algo viejo, cansado y sin una gota de piedad— …el bosque está lleno de sitios donde nadie va a buscar a una princesa.
Tobías la levantó del suelo de un tirón, como si pesara lo que un abrigo. Damián recogió las riendas de la yegua. Y a Ismenia, que temblaba abrazándose a sí misma sin atreverse a huir, Adriano apenas la miró.
—Vos. Volvé al castillo. Deciles que se la tragó el bosque. —Y como Ismenia no se movía, agregó, sin subir la voz—: Corré, mujer, antes de que decida para qué otra cosa servís.
Ismenia buscó los ojos de Cassidy, aterrada, sin saber si obedecer o morir ahí de miedo.
Y Cassidy —con dos hombres empujándola hacia un bosque del que no volvía la gente, camino de un juicio donde ella era la acusada, el jurado y la posible ahorcada— le sostuvo la mirada a su dama de compañía y le regaló, contra todo pronóstico, media sonrisa.
—Tranquila —le dijo—. He negociado en lugares peores.
Era mentira. Pero sonó bien, que a veces es lo único que importa.
Bueno, dios. Vos dijiste que me necesitabas para algo grande. Más te vale que sea muy grande, porque me estás metiendo en un bosque negro con tres lobos que comparten una sola cara, uno de ellos con un cuchillo que ya me tiene cariño. Y todavía, para colmo de males, ni desayuné.